Traducción de José Antonio Moreno Jurado
El salvador
Mido en los dedos de mis manos cortadas
las horas en que vago por estas tierras del viento.
No tengo otras manos, amor mío, y las puertas
no quieren cerrarse y los perros son inflexibles.
Con mis pies desnudos y hundidos en estas sucias aguas,
con mi corazón desnudo, busco (no para mí)
una ventana azul,
¿cómo construyeron tantas habitaciones, tantos libros trágicos,
sin una hendidura de luz,
sin una respiración de oxígeno
para el lector enfermo?
Si cada habitación es una herida abierta,
¿cómo bajar otra vez las escaleras que se hacen pedazos
entre el cieno y los perros salvajes,
y traer remedios y gasas rosas
aunque encuentre la farmacia cerrada,
aunque encuentre muerto al farmacéutico,
aunque encuentre mi corazón desnudo en la vitrina de la farmacia?
No, no terminó; no hay salvación.
Quedarán las habitaciones como están,
con el viento y con sus cañas,
con los fragmentos de los rostros de cristal que gimen,
con sus hemorragias incoloras,
con manos de porcelana que se extienden hacia mí,
con el olvido imperdonable.
Mis manos de carne cortadas olvidaron
la hora en que medía su agonía.
La muerte
A este hombre no lo mató nadie.
No era guarda del puerto.
No era combatiente en la batalla.
Llevaba en los trenes fieras acorazadas
y su corazón anidaba en las altas montañas.
Un día hablará su sangre
y, entonces, negras aves oscuras ahogarán a las nubes,
negros aires barbudos salvarán el campo,
los perales cantarán su historia;
en la casa de la llama, con las fieras salvajes,
estarán las tazas de la muerte sobre las mesas,
cortinas sin sol, lámpara y frías palabras,
lámpara y fríos besos sin amor,
con las obscenas muchachas del silencio
que cerraban cada tarde las ventanas,
que crucificaban cada tarde el Sueño,
que hendían y comían cada tarde sus enaguas,
caían boca arriba y escupían sus sueños.
Las palomas del muerto
A Odysseas Elytis
Sin dar sangre a las venas de las aves
mis ríos sostuvieron sus aguas.
He puesto tres centinelas en las altas montañas.
Desde mi cueva, vigilé a las águilas.
Venid, salid al campo, palomas mías,
con cintas azules en el cuello.
Venid, salid con la luna al corazón
cuando levante la piedra de mi sepulcro.
Mueren lentamente a mi alrededor las otras aves.
Venid, salid al campo, palomas mías.
Venid, salid, palomas mías degolladas.
El recorrido
Cuando subía las calles
y la luna me quemaba las manos,
despertaba la hija del panadero, la lechuza
salía entonces y gritaba a la Noche.
Cuando bajaba el río,
su secreto me ensangrentaba el pecho,
el curtidor no tenía dónde dormir,
entonces yo salía y gritaba a la Noche.
Cuando subía las escaleras
y se enredaban las codornices a mis pies
y arrastraban al hombre por los cabellos,
entonces yo salía y gritaba a la Noche.
Cuando bajaba las escaleras.
y me esperaban abajo para que les hablara
y germinaban las rosas en el lavadero,
entonces yo salía y gritaba a la Noche.
Y, cuando cogía las calles otra vez
y los hierros subían desde el suelo
y en la sangre bullía el «te doy las gracias»,
entonces yo salía y gritaba a la Noche.
Mis hermanos
Mis hermanos, que se perdieron aquí abajo, en el mundo,
son las estrellas que se encienden ahora, una a una, en el cielo.
El mayor,
con una negra corbata primaveral,
que se perdió en las cuevas completamente ciegas
cuando andaba jugando
con anémonas rojas,
se deslizó
en la boca sangrienta de una fiera salvaje.
Después, mi otro hermano, que se quemó,
vendía bengalas amarillas,
vendía y encendía bengalas amarillas.
«Cuando encendamos fuego -decía-,
expulsaremos de los jardines a los fantasmas,
dejarán de contaminar los jardines los fantasmas».
«Cuando encendamos -decía- bengalas amarillas,
se encenderá un día el cielo azul».
Y, más tarde, mi tercer hermano, el más pequeño,
que decía que era un murciélago,
amaba, por eso, a las lunas,
y las lunas una noche lo salvaron,
se pegaron a su alrededor y lo encerraron,
se pegaron a su alrededor y lo ahogaron,
las lunas a su alrededor lo disolvieron.
Mis hermanos, que se perdieron aquí abajo, en el mundo,
son las estrellas que ahora se encienden, una a una, en el cielo.
Pensamientos
Tranquilos féretros del sueño.
Camas de la muerte terrible.
Cuando dio vueltas al viento de esta tierra,
el viento se desbocó y mordió.
La tierra se volvió del revés
por la parte en que florecían las cosas.
Entonces, se quedó
pensativo,
polícromo,
al lado del mar,
como espantapájaros en la playa.
Domingo
Olas de domingo son mis ojos.
Olas de soledad, mis manos.
Rechinan de sueño inocente
los dientes en mi corazón.
El niño muerto
no se expatría.
Va con un perrito rojo
en su pañuelo.
Monstruos pisotean
del revés en los sueños.
Sopla un aire salvaje
sobre las limonadas.
Un murciélago vuela
como evangelio amargo.
Con un paño negro
una mujer
cubre la luna.
Miltos Satjuris nació en Atenas en 1919 y estudió en la Escuela de Derecho de su Universidad desde 1937 hasta 1940. Realizó su primera aparición poética, en mayo de 1944. en las páginas de la revista Ta nea grammata, en su segunda época, y colaboró más tarde en Tetradio. Ta nea eliniká y Tram.
Sus poemas, traducidos a distintas lenguas, fueron musicados por Jatsidakis.Kunadis y Spanós. Obtuvo el Segundo Premio Nacional de Poesía en 1963 y el primero en 1972.
Entre sus obras destacamos: La olvidada (1945), Canciones (1948), Con la cara en la pared (1952), Cuando os hablo (1956), Los espectros y la alegría en la otra calle (1958), El paseo (1960), Los estigmas (1962), La marca o la octava luna (1964), La herramienta (1971) y Poemas 1945-1971 (1977).


