Quién va a creerte ahora, vieja poesía de los ojos de alambre, hija de la tatuada y del inventor del telégrafo, quien sino el mendicante de la brevedad que respira en las cánulas, el que ha cerrado su comercio con las estrellas y lo impacienta la muerte. Quién, poesía de los valles, égloga encanecida por el olvido de las muchedumbres, sino el solitario ante la espada de la injusticia, el orfebre del hielo. Acaso el que dice tu yerta palabra junto a los escombros o el que te arroja en la oscuridad al diamante de los roedores. Quién entre ellos, creadora de la bondad que has leído las frentes, vendrá a velar el recinto con pájaros, el sueño de los durmientes en la humillación. Materia de la aparecida, quién sino el habitante de la conciencia, aquel cuyo signo, aquel cuyo estigma conservó la videncia, trajo a la ciudad una piedra imantada, hubo voces y lluvia. Sea nombrada así la que duerme junto a la herida abierta de la mañana, la vea el vidriero, la vean al separarse las sombras de los amantes, el comprador de bujías de aceite y horquillas de hueso. Poesía de los sentimientos, escritura en que hablan los portadores de ausencia. Sonajas de la hechicera ante la tumba del que fue necesario en la magia de la similitud, respiración de lo subterráneo en el templo de la armadura y los caparazones. Quién va a reconocerte sin obsesión, testiga de lo indescifrable, báculo de la pereza, azada pulida por el infortunio. Quién, poesía de las estaciones rojas y los horarios de la felicidad, dará de silbar al pájaro el hálito de los lenguajes en su rama secreta, quién el meteoro de los astrónomos a lo fugaz del ojo de los transeúntes, quién la muchacha y su bello triángulo al agonizante que mira la nieve con sus ojos azules. Te verá el hijo de aquel cuyo fósforo alimenta las ceremonias del olvido, y por los que desobedecieron ante el dibujo de los hambrientos serás también invocada, poesía con labios de madera edificada sobre las llanuras, piedra de los pueblos cansados, tímida como el ámbar de los patriotas en los pebeteros anónimos. Poesía de los religiosos líquidos que labran la mejilla de las adoratrices, charca perfumada por la fecundidad de las estaciones junto a los arroyos del duelo, roída por los cascabeles de la infancia ante los edificios donde se ejerció la beneficencia. No entrará en ti el que falsea la medida de los conjuros, ni aquel cuyo infortunio lo ha hecho feliz junto a las grasientas poleas de la esclavitud. No el hombre único cuyo poder reside en la destilación de las semillas sagradas, ni aquel cuya inspiración hace comercio con el diluvio. Te ofrecerá la mujer su cestillo de clavos, abrirá el joven la médula de lo brillante para la castigada por el es fuerzo de la fealdad, para el herrero de ojos torpes que adivina la fugacidad del tiempo en el martirio de los metales. Poesía del azar, poesía mano del acróbata libador de los cráneos, el que tuvo grandes sueño en las riberas de la simplicidad y oyó el enjambre de párpados de las necrópolis. Quién va a creerte, sangre de la superstición, dadora del ruido del ángel en el sufrimiento sin materia del ángel. Dónde, voz de las máscaras en el rito de la fundación, sino en las llamas que absorbe la palabra fuego, en la imaginación de las rosas en cuya bella crueldad dura el sobreviviente. No para el asombro es la bondad de la ironía del Ser, no para la tragedia de los pueblos marcados por la evidencia de la decrepitud, sino para la desnuda y su collar de verdes insectos a la orilla del sufrimiento, esto es: la madre y su tierna caracola de nieve, y también el fatigado fumador que escucha la tormenta y aspira los anillos del tiempo, y para el que ante ellos discrepa y ante ellos murmura contra desconocidos parientes. Hablas para el impaciente triunfo de las cosas elegidas por el deseo, tú hablas como el diamante anciano al que ofende la oscuridad, y tallas el reclinatorio de ébano en la lengua del agonizante, y repites los himnos de la lamentación ante el rostro aún tibio de cera. Poesía de los mendigos en las cámaras de la soledad, poesía del pensamiento de los animales, tú eres la presentida tras los ojos de niebla, tú eres la pulsera de estaño de la suicida olvidada. Camine contigo el cazador de sombras, y el furtivo de los panales que roba las joyas del amanecer con su vara celeste. Sigan tus pasos la huella de los dormidos, lo inacabable de los arrieros que transportan arena para la edificación de los faros. Sigan al vacilante por el sendero de los consentidos, persuadan al díscolo en los ámbitos de la ternura. Poesía de las piedras, eco de las rocas estremecidas por un mar de cenizas. Poesía de los astros confiados al vacío por el sembrador de la lejana intemperie. Quién va a creerte ahora voz en el teatro de lámparas, madre de los desaparecidos ante el triunfante crepúsculo. Quién va a elegirte entre las fibras de la desolación, hierba que respiras bajo la enfermedad del mundo como una ebria muchacha ante la intuición pavorosa de la nada perpetua. Aquí la realidad y los decálogos de la cautela y aquí también las alforjas de lana para el extenso viaje. Canta, ave sin arca, cante la palabra de tu perduración en la rama de olivo.
Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) ha publicado, entre otros libros, Antífona del otoño en el valle del Bierzo y La poesía ha caído en desgracia, con los que obtuvo, respectivamente, los premios Adonais y Jaime Gil de Biedma. De su trabajo en el ámbito de las artes plásticas dan cuenta
varias exposiciones de gráfica y pintura, así como inclasificables acciones de arte en los territorios de la imaginación.


