La silla

Silla de junto al lecho que la figura adquieres
de mis cansados hombros al sostener mi traje:
sostén de mi fatiga paréceme que eres;
tú me hablas en silencio; yo entiendo tu lenguaje.

La lámpara agoniza y tu piedad escucha
entre la ropa aún tibia el palpitar del pecho.
Yo pienso que mañana ha de volver la lucha
cuando de ti recoja mi traje junto al lecho.

Y en la callada noche, humilde silla amiga,
mientras de ti pendiente parece mi fatiga,
siento crecer la fuerte virtud de la Paciencia

mirando de la lámpara bajo la triste luz,
tu sombra que se alarga, y evoca mi existencia,
y alcanza los serenos contornos de la Cruz.

 

A los muebles de mi cuarto

Humildes muebles míos, gastados por el uso,
que a fuerza de servirme ya conocéis mi mano;
su sello mi existencia sobre vosotros puso,
y acaso de dejaros el día está cercano.

Sois toscos como ruda ha sido mi pobreza;
a nadie serviréis como me habéis servido,
y al veros casi inútiles aumenta mi tristeza
pensar en que os aguarda el polvo y el olvido.

Saldréis, cuando yo muera, del sitio en que estáis puestos
y quedará en silencio nuestra estancia vacía;
allí donde os coloquen habréis de ser molestos:
tal vez más que la muerte la indiferencia es fría.

En tiempos ya lejanos, que pesan en mis hombros,
cuando el hogar paterno se convirtió en escombros,
con mi trabajo os fui comprando año tras año
como pastor que forma paciente su rebaño.

Y al cabo del camino de mi existencia triste
sois todo lo que tengo, humildes cosas viejas;
y tú, pobre sillón, que el más costoso fuiste,
pareces el mastín que guarda las ovejas.

Cuando a buscarme llegue, con paso recatado,
la muerte, como un lobo dispersará el ganado.
¿Qué haréis, pobres ovejas, sin el viejo pastor?
Donde la suerte os lleve, os faltará mi amor.

Y tú, viejo sillón, de mi tristeza amigo,
que crujes al sentarme, quejándote conmigo,
si a mí gruñirme sueles sabiendo que te quiero,
¿qué harás cuando al fin dejes de ser mi compañero?

Desvencijado y solo, acabará tu historia
en un lugar sombrío de la que fue mi casa.
Quizá por que no muera del todo mi memoria
un clavo tuyo tire del traje del que pasa.

 

Yo, a mi cuerpo

¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?;
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño, y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, y altivo
con mi ambición latió cuando era fuerte.

Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseria.
¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día

que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Solo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

 

El muelle viejo

A Fernando Clavijo

Cuando el sol de la tarde sus rayos amortigua
y el muelle en sombra dejan sus pálidos reflejos,
por las aceras toscas de la explanada antigua,
siguiendo su costumbre, van llegando los viejos.

Desde ese muelle -anhelo de tres generaciones-
en otro tiempo vieron sobre la azul llanura
cruzar las velas blancas de las embarcaciones
como presagio humilde de la ciudad futura.

Y hoy desde el viejo muelle, silencioso y desierto,
miran con turbios ojos salir del nuevo puerto
para Marsella o Londres, Hamburgo o Liverpul,

en vez de los pequeños veleros de otros días,
vapores poderosos que exportan mercancías
y manchan de humo negro el horizonte azul.

 

Viviendo

Mi oficina da al mar. Desde la silla
donde hace treinta años que trabajo,
las olas siento en la cercana orilla
de las ventanas resonar debajo.

Y mientras se deshacen en espuma,
en la playa al batir, constantemente,
yo en mi triste labor muevo la pluma
y crecen las arrugas en mi frente.

A veces sobre el mar pasa una nave
que se pierde a lo lejos como un ave
que empuja el viento del Destino esquivo…

Son emigrantes. ¿Volverán? ¡Quién sabe!
Cuando su lucha por la vida acabe
yo trabajando seguiré, si vivo.

 

A mis versos

Versos de polvo cubiertos
que hoy miráis enflaquecida,
con turbios ojos de muertos,
la mano con que os di vida.

Soy el que a muerte os condena;
tanto no os quise jamás:
tenéis muy honda mi pena
para verla los demás.

No fue para vuestras frentes
el fulgor de la hermosura,
pálidos versos dolientes,
dulces como mi amargura.

Por siempre nuestra memoria
morirá en un mismo ocaso.
A quien no soñó en la gloria
no le entristece el fracaso.

En la tierra incompasiva,
pobres hijos del dolor,
viviréis lo que yo viva:
no pidáis vida mayor.

¿Buscar en vano, volando,
un refugio contra el frío
en pechos ajenos, cuando
deje de latir el mío?

No será. Unió nuestra suerte
del dolor la excelsitud:
tendremos la misma suerte
y ¡ojalá! el mismo ataúd.

 

A mi viejo barbero
José Díaz Henríquez

Cuando en el boscaje de mis crespas canas
ves una hebra oscura, buen viejo, te alegras,
pensando que antaño sus blancas hermanas
-¡mentira parece!- también fueron negras.

A manos más ágiles, la tuya prefiero,
que en días felices me afeitaba el bozo;
y a charla moderna, tu hablar de barbero
antiguo que evoca mis tiempos de mozo.

Mi vida conocen tus viejas tijeras
que entre mis cabellos -¡hace tantos años!-
cuando aún eran negros, cortaban quimeras,
y hoy entre mis canas cortan desengaños.

 

Piedra canaria

Oscura piedra; fibra duradera
de robustas entrañas.
Piedra que tienes la tristeza austera
de las patrias montañas.

Yo hallé, para sufrir, tu fortaleza,
que en mi propio dolor busqué mi abrigo,
y oscura del color de tu tristeza,
sólo mi sombra caminó conmigo.

Tú guarneces mi casa, que velar,
apurando mi pena silenciosa,
me siente de la noche en el misterio.

Como hoy en las paredes de mi hogar,
tú mi tristeza guardarás piadosa
en el nicho del viejo cementerio.

 

Como las olas

Son nuestras vidas,
como las olas, afán y espuma.
Las olas nacen, diciendo ¨ahora¨,
y pronto mueren, diciendo ¨nunca¨.

 

A un poeta de mi tiempo

¿Te asustan de este verso, que está hoy de moda, las dimensiones?
¿Que se te caiga temes, si no lo dejas apuntalado?
¿Cómo se hacen las vigas? Del arquitecto tomo lecciones:
él usa en vez de cedro, que es quebradizo, cemento armado.

 

Versos «verdes»

Aunque hablar de poesía
no es cosa propia de un viejo,
dispensadme esta manía
y en pago os daré un consejo.

El poeta, si es artista,
debe depurar su obra:
lo que no hace falta, sobra;
no es artista el repentista.

Depurar: ese es mi lema
porque de esto estoy seguro:
como la fruta, el poema
necesita estar maduro.

Y es preciso que te acuerdes,
pues por tu bien te lo digo;
créeme, poeta amigo:
no publiques versos verdes.

* * *

Si hoy tu Musa –casquivana–,
a improvisar se abandona,
no la oigas hasta mañana,
después que duerma la mona.

 

Plátanos y versos

Poeta: yo que no entiendo
de versos, labro la tierra,
y en Francia y en Inglaterra
sus frutos sabrosos vendo.

Y tú que de mi ignorancia
te burlas, no has encontrado
para tus versos mercado
en Inglaterra ni en Francia…

Con socarrona ironía
así razonar podría
un agricultor cualquiera,

y esa opinión es la mía:
para mala poesía,
plátanos. (¡Quién los tuviera!)

 

Los viejos

Cuando a veces encuentro un viejo de mi edad,
mientras a mí se acerca, de si es el mismo dudo
que vigoroso vi cruzar por la ciudad
donde hoy, como yo, arrastra los pies, sombrío y mudo.

Absortos nos miramos, acaso con piedad,
vencidos de la vida en el combate rudo;
y, recordar queriendo una antigua amistad,
las manos temblorosas intentan un saludo.

¡Vamos quedando pocos!, decimos con la amarga
tristeza del que siente cómo abruma la carga
que fácil de llevar creyó cuando era fuerte.

Y al alejarnos, pálidos, rendidos por los años,
en nuestra propia tierra vagando como extraños,
a nuestro lado oímos los pasos de la muerte.

 

La rima

Sobre el papel aguarda el consonante
al dulce compañero
que fiel acude a su reclamo amante,
como un ave, ligero.
Y entonces cada verso es una rama
a cuyo extremo un ruiseñor se posa
y con voz acordada y melodiosa
responde al compañero que le llama.
De la selva ideal en la espesura
es música suprema
su canto, y del papel en la blancura
va surgiendo el poema.