No conozco personalmente a Elkin Restrepo, pese a que, desde hace más o menos dos décadas mantenemos una cordial relación epistolar, debida sobre todo a las veces que ha colaborado en Palimpsesto. Durante este largo tiempo, ha tenido siempre la deferencia de enviarme sus libros, según aparecían, de manera que he seguido, puntualmente, su rica trayectoria literaria, que se desenvuelve entre el verso y la prosa con idéntica solvencia introspectiva.
Su vieja experiencia de editor, la cual comparto con él, mi sostenida convivencia con sus libros y la entrañable opinión de amigos comunes me han conformado de Elkin Restrepo la imagen de un hombre hedonista, tan discreto como observador, tan pendiente de su escritura como ajeno a su repercusión pública. Quizá su desinterés en promocionar su figura haya impedido hasta hoy que su poesía y sus cuentos sean apreciados fuera de su país en su justa medida, como la genuina obra de un maestro de las letras colombianas.
—Usted ha escrito y declarado en varias ocasiones que el reflejo de una vespertina luz dorada sobre una puerta de la casa contigua a la suya, visto cuando aún era un niño, le reveló la poesía. Al margen de esta imagen simbólica, ¿qué circunstancias concretas fueron guiándolo hasta tomar conciencia de su vocación poética? ¿En qué medida su ambiente familiar la favoreció?
—Mi familia era de la de aquellas épocas, años 50: ocho hijos (yo era el primogénito) y unos padres luchando por educarnos. Ambos, Heriberto e Isabel, eran pueblerinos y vinieron a Medellín en busca de mejores oportunidades. Éramos pobres y en casa no había libros, pero sí una radio donde escuchábamos noticias, radionovelas y programas musicales con los grandes artistas de la época.
Recuerdo de España a Juan Legido, «El gitano señorón» que tenía mucho éxito y «Los chavales de España», entre muchos otros: argentinos, mexicanos, puertorriqueños, cubanos, etc. Y el cine, por supuesto.
Cerca estaba el Teatro Manrique donde vi todo el cine que me fue posible y que me dejó una desilusión: no tener una Super 8mm, al menos, y un proyector para meterme en camisa de once varas. Su costo, $120 de la época, no estaba al
alcance de mis padres como para pedírselos de regalo.
Pero estaba la calle, nuestro mejor escenario para compartir juegos y charlas con los amigos y empezar a entender, entre el aprendizaje y el placer de cada día, que la vida era también una bella promesa.
La luz, sobre todo en las tardes, cuando se vuelve oro en el paisaje, fue mi primera experiencia de arrobo. Era, así todavía no fuera muy consciente, mi primera percepción de la belleza. Advertir, pues, que la existencia ordinaria encerraba otras dimensiones, está al comienzo, y aún sigue estándolo, de mis labores y compromisos con la Poesía.
Llegué a la Poesía por instinto, igual a como un pájaro canta. Mis primeros poemas los escribí, después de muchas lecturas de todo tipo, entre ellas a Neruda, Vallejo y la Generación del Veintisiete, a los 16 años.
—Entre su primer y segundo libro transcurrieron catorce años: Bla bla bla se publicó en 1968 y La palabra sin reino, en 1982. ¿Se debió este largo silencio a simples cuestiones editoriales o a estrictas razones creadoras? Se lo pregunto teniendo en cuenta que, según creo, considera que su obra más personal comienza con Retrato de artistas (1983).
—La palabra sin reino reúne dos o tres libros escritos en ese período de 14 años y publicados casi clandestinamente. Responden a mi época de tanteo y de ruptura con mis devociones literarias de entonces.
Si Bla, bla, bla se acogía al modelo de Los cronopios y famas de Cortázar e igualmente, al humor y novedad de los antipoemas de Nicanor Parra, rompiendo también cualquier servidumbre con el Neruda de Residencia en la tierra, ya en Retrato de Artistas (1983), el asunto es otro. Por fin logro un tono, una voz propia, alrededor de unos temas, que, vinculados a mi afición por el cine –a la vez de una claridad acerca de cómo escribir en adelante–, me llevan a visibilizar un tránsito, llamémoslo así, del yo poético. A través de aquellas escenas inventadas, en las que coloco a actores y actrices conocidos, monologantes acerca de aquello que el tiempo los ha despojado, tal su drama, lo que allí narraba o describía era la pérdida de la ilusión y, tratándose del autor, de una particular aventura: la del descenso a la oscuridad y «muerte» del yo. Lo uno no era más que trasunto de lo otro.
Este proceso se tornó más radical con Absorto escuchando el cercano canto de sirenas (1985), mi siguiente libro. Los poemas allí reunidos no dejaban ver una sola rendija de luz. Período de depresiones y tristezas de los cuales daban cuenta los poemas (soy o era un feroz ciclotímico que la poesía curó). Pero también el paso necesario en aquel camino de iniciación de la experiencia espiritual y poética. Como el héroe mitológico, el poeta ha de bajar a los infiernos para luego regresar, fortalecido, a la vida y a la aventura que allí lo espera. Su enseña ahora será entonces la luz.
La dádiva y La visita que no pasó del jardín, libros posteriores, buscan dar cuenta de ello, de ahí la luminosidad de sus versos y el afán de su mandamiento: ver la realidad como una epifanía.
—Sus primeros poemas aparecieron en El Espectador de Bogotá, en 1964. Allí los leyó Gonzalo Arango, el líder del Nadaísmo, cuyas irreverentes actitudes y proclamas sacudieron la poesía colombiana del momento. Desde entonces, el poeta nadaísta lo reconoció como uno de los suyos, incluyéndolo en una de las antologías del movimiento. ¿Hasta qué punto se sintió integrado en el grupo y con qué aspecto de sus postulados estéticos se identifica aún y con cuáles no, a tanta distancia de aquello?
—Traté a Gonzalo Arango en dos o tres ocasiones y en otras fui a escucharlo a distintos auditorios en Medellín. Era ingenioso y carismático e hijo rebelde de un rebelde mayor que él: el filósofo y novelista antioqueño Fernando González. Que él leyera mis poemas e, incluso, los publicara en alguna antología nadaísta que también apareció en México, me hizo muy feliz. Pero yo era muy joven y si en algún momento y lugar coincidimos, lo cierto era que su iconoclastia aún no era la mía. Con el tiempo desarrollé algunos lazos de amistad con la mayoría de los Nadaístas, pero es un hecho que nunca fui uno de ellos, algo que hubiera querido serlo en aquellos días. Del movimiento, en el caso ya de la escritura, eché mano de todas aquellas libertades que me hacían falta y hacían bien a mis tareas. Gonzalo murió muy joven y pienso que, afectuoso y visionario, era un ser único.
—Una coincidencia de su poesía con la nadaísta estriba en su alejamiento de la métrica tradicional española, en pos del verso libre e incluso del versículo de cuño conversacional, próximo a la prosa o dentro de ella, como demuestra el poema «La dádiva», ambientado en la Mezquita de Córdoba. ¿Este rechazo del verso medido afecta también a sus afinidades lectoras? Hábleme de cuanto le planteo.
—Desde un comienzo tuve claro que lo mío era el verso libre, nada de ataduras formales. Los poetas que leía y admiraba, andaban por caminos ajenos a la rima y la métrica. Aquello era asuntos de épocas pasadas, pensaba yo, lo que me llevaba a centrarme en músicas y exigencias más modernas. La poesía de Whitman, de Jaime Jaramillo Escobar, del mejor Neruda y, sobre todo, de la poesía norteamericana que empezaba a conocer, gracias a la antología y traducciones de Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, fueron mi norte. Claro que también tenía bien presente el Surrealismo y su acción libertaria.
—Su poema «Atisbo», incluido en El torso de Venus (2015), aborda el nebuloso estadio que precede al acto concreto de la escritura. Hábleme de estos tanteos iniciales, ¿qué le avisa de que se va a materializar en unos versos la impresión o idea que le ronda? En definitiva, ¿cómo desarrolla la composición?
—En principio, un cierto estado de alma, una disposición anímica que me obliga a retraerme y a escuchar lo aún inescuchable, es el anuncio. Entonces me siento frente al computador y me concentro en darle forma escrita a aquello –esa voz– que allí se manifiesta. Podría decir también, que al poema lo antecede cierto clima interior que llama al verbo y a una libertad de significados que no es la frecuente. Escrito el primer verso, que nace incluso por fuera de mi voluntad, sé que el poema ya está allí. Entonces aguzo los sentidos y me doy a la tarea feliz de traerlo al mundo. Hay una definición del poema que lo explica mejor: «el alma invocando una forma» (Pierre Jean Jouve).
—Leyendo su poesía en conjunto, se observa cierta evolución de un libro a otro. Sin perder nunca su sello propio, oscila, según los casos, de un tono explícito, narrativo, a otro de mayor condensación conceptual, aunque en ambos domine la actitud meditativa. ¿A qué obedecen estos cambios graduales?
—En muchos casos, la obra de un autor consiste en escribir el mismo poema bajo distintas maneras. En otras, podría ser el mío, cada libro deja abierta la posibilidad de abrirse a nuevos temas y formas de escritura, de ponerse en cuestión incluso. Intentar cierta condición proteica, sería su abrigo. Estos versos de Borges, no dejo de tenerlos presentes:
De Proteo el egipcio no te asombres,
tú, que eres uno y muchos hombres.
—A partir de La dádiva (1991) y, sobre todo, Una visita que no pasó del jardín (2002), su poesía se vuelve menos pesimista, o sea, más conforme con el misterio de la vida. Este cambio anímico le predispone a buscar en cualquier hecho cotidiano algún tipo de revelación, cuyas expectativas nunca se cumplen. Hábleme de lo que le comento a la luz de su interés por la mística.
—En una respuesta anterior, te hablaba del proceso que cumple o ha de cumplir el poeta. O que, en mi caso, advertí. Un proceso espiritual, por supuesto. De iniciación, y que el mito, tratándose del héroe, explica muy bien. En otras palabras, el poeta, trátese de Orfeo o Dante, ha de descender a los infiernos y, salvada la prueba, tornar a la luz. Y entonces sí hablarles a los hombres y ofrecerles su palabra, que no es cualquier palabra. A partir de los años 90, escrita La dádiva, mi labor con la poesía abarcó otra experiencia donde la luminosidad irrumpe, magnificando lo ordinario. Un infinito acto de bondad constituye la vida. Un colosal acto de amor. Un inexplicable regalo para cada quien. Si la poesía tiene un sentido es para hacérnoslo presente y desvelar lo velado y acercarnos, como siempre se ha dicho, al misterio de todo.
—Ya he aludido al tono narrativo de una parte de su poesía, muy notorio y sostenido en Retrato de artistas (1983) y Como en tierra salvaje, un vaso griego (2012). En ambos recurre con frecuencia al monólogo interior para ponerse en la piel de personajes reales o ficticios. El segundo libro mencionado, indaga en la historia y mitos de civilizaciones antiguas como la egipcia, la griega y las precolombinas, mediante versos a la vez precisos y sugerentes hasta dar una nueva versión de lo narrado. ¿Qué estímulos encuentra en estos mundos tan remotos?
—Como en tierra salvaje, un vaso griego es en el fondo un mural en el tiempo y cada poema narra una breve escena que en su conjunto aspira a mostrar, a través de un tono coloquial, lo que las edades no cambian o transforman: la condición humana. La grandeza y miseria, el tocado y oropel, el drama mismo de la existencia. También, en su crónica, hacer presente el conflicto que subyace o se mantienen en la superficie, tanto en las culturas de ayer y hoy, como en el interior del individuo de siempre: la lucha entre civilización y barbarie. Es un libro que tengo muy cerca del corazón. Buena parte de él, los poemas egipcios y griegos, han sido traducidos por el poeta griego Rigas Kappatos y editado en Atenas con un prólogo suyo.
—En 1991 apareció Fábulas, su primer libro de cuentos, cuando ya había publicado varios de poesía. Desde entonces, ha alternado ambos géneros regularmente. ¿Su vocación de cuentista nació a la par que la poética o esta, con su sesgo narrativo, acabó por alumbrar aquella?
—Al cuento llegué tarde pero siempre había leído a los grandes cuentistas de acá y acullá. Un día cuando no sabía qué hacer con mi vida, me descubrí imaginando una historia y duré madurándola en la mente antes de sentarme a escribirla. Ah, ¿con que de esto se trataba, imaginar una historia antes y escribirla después? Tenía cincuenta años y a esa edad las ocurrencias son muchas; además me había jubilado como profesor de la Universidad de Antioquia y, ya se sabe, que la ociosidad es madre cariñosa de cómo gastar el tiempo sin remordimientos. Pues, escribí mi primer cuento «Las tres gracias» y, después de que lo escribí, me puse a examinar qué tipo de asunto me mostraba la composición, en la idea de que allí, así fuera en cierne, aparecían ya los elementos que podrían constituir mi mundo narrativo. Por lo pronto, haberlo podido construir cuando no tenía un antecedente, no solo me señaló que podía seguir haciéndolo, como en realidad sucedió, sino que me acercó al licor, al whisky en especial, porque, ¿cómo no celebrarlo? Ahora dicha relación, cuando se da, es completamente simétrica. A un cuento, un litro; a un litro, puede que otro cuento. Por lo pronto, es el cuento el que se ha nutrido de la poesía, pero solo a título de préstamo. A uno tengo que pensarlo antes, así el resultado lo cambie; mientras en la otra, soy instrumento que alguien, no sé quién, interpreta.
—Tanto en su poesía como en su relato están muy presentes el erotismo y la decadencia física. Uno de sus poemas se titula «El amor es para los jóvenes» de Objetos figurados en un paisaje a solas (2009), que resume esta dicotomía central de su obra. ¿Es inseparable el sentimiento amoroso de la belleza física?
—Sí, la belleza física es siempre el primer motivo del sentimiento y goce amoroso. Todo empieza allí, en el arte es igual. No existe poder mayor que la belleza, tanto que cuando envejecemos, entonces lloramos su pérdida.
—Muchos cuentos suyos muestran relaciones sentimentales fugaces y fracasadas por culpa de una mala decisión en el pasado o por el mero desgaste. ¿Es la inconsciencia de estar amándose, como se expresa en «Lugar común», enternecedor poema de Una visita que no pasó del jardín, la señal de un verdadero amor?
—No; pienso, que el verdadero amor sabe muy bien cuándo es verdadero y cuándo no lo es; cuándo anda todavía en su laberíntica busca y cuándo es su propia profecía. Amar es también, a veces sin saberlo, no amar.
—En cuentos como «Las tres gracias», «Intentando el paraíso» o «Un buen negocio», de factura y ambiente muy distintos, se da una situación de encendido erotismo entre varias mujeres y un solo hombre, el cual, a veces, se limita a contemplarla, y otras, a participar con ellas. ¿Debemos deducir, al leerlos, que la plenitud del placer se alcanza más fácilmente en estos juegos colectivos que en las relaciones de pareja?
—Bueno, cada lector hace su propia lectura de lo allí narrado. En el fondo, detrás de cada uno de ellos, solo existe la intención de contar una buena historia. Ahora bien, el amor, lo sabemos, cualquiera sean sus maneras y aspectos, es siempre el mejor motivo para llevar un cuento adelante. Y partes de lo amoroso son también el deseo y la pasión que muchas veces se saltan o hacen poco caso de lo prescripto.
—¿Sus cuentos son, en principio, de corte realista, pero en el transcurso de algunos de ellos, como en «Intentando el paraíso», «El pasajero», «Un día oscuro» o «Ardid», surge algo que los desvía de la normalidad en mayor o menor grado. Se diría que estos asomos imaginativos, a veces inquietantes, complementan el sentido de perplejidad de su poesía. Hábleme de su interés por el género fantástico y con qué propósito lo integra en sus narraciones. Pienso que la pulcritud y sencillez expresivas de estas historias potencian este efecto de extrañeza.
—Bien vista, la realidad es fantástica. Nada, por ordinario o cruel que parezca, deja de asombrarnos. Si hay algo extraño, es la vida misma. En algunos de mis relatos, esa extrañeza se hace fuerte en la medida que se torna el argumento mismo; en otros, el concepto varía, y la idea corriente de «realidad» prima. Sin embargo, pienso que tan realista ha de parecer un cuento fantástico como fantástico uno realista. Y no por simple juego o ardid literario.
—Pese a las diferencias de tono, clima o punto de vista, su poesía y su narrativa desarrollan algunos temas comunes. Cuando esto sucede, ¿qué le hace inclinarse por escribir un poema en vez de un cuento o viceversa?
—No sabría decirlo con precisión. El poema es de actuar enseguida o perderlo, el cuento, de darse la larga a ver qué encuentras.
—Paralela a su labor creadora, corre la de editor. Así cofundó, en diversas etapas de su vida, las revistas Acuarimántima, Poesía, Deshora y Odradek, el cuento, y dirige aún la Revista Universidad de Antioquia. ¿Qué le ha aportado esta dilatada experiencia editorial y en qué medida ha influido en su obra?
—No hay placer más grande, y tú lo sabes bien, que editar una revista. He tenido esa suerte antes y ahora. Reunir unos cuantos amigos y echarse a la aventura, pese a que, como sucede hoy, los buenos lectores escaseen. Este hermoso oficio, me parece, tiene que ver más con mis inclinaciones de artista aficionado que con las de escritor.
—En 2006, usted confiesa a Harold Alvarado Tenorio para su revista Arquitrave, que descubrió el cine a los siete años –curiosamente a la misma edad en que aquella luz vespertina le reveló la poesía– y que desde entonces es un admirador incondicional del séptimo arte, al que incluso sirvió durante algún tiempo, cuando iba y venía en bus desde Medellín a Guayaquil, portando los rollos de película que se verían en los Teatros Manrique y Granada de dichas ciudades. ¿De qué aspecto cinematográfico –técnicos o temáticos– se ha podido nutrir su escritura? Ya, en Retrato de artistas (1983) le da voz a actrices y actores en el declive de sus carreras.
—Amo el cine, el buen cine. Antes frecuentaba los teatros, pero al morir estos, murió el cine. Hay que ver la basura en la que Hollywood, los efectos especiales y la llamada industria cinematográfica, han convertido a la más grande de las artes y gloria de la modernidad. En su momento despertó mucho el interés que, en lugar de los arreboles y crepúsculos del habitual paisaje poético colombiano, escribiera sobre Boris Karloff, Greta Garbo, Montgomery Cliff, etc. Las técnicas del cine, con sus movimientos de cámara y juegos con el tiempo, las veo que se aplican muy bien en la novela, y técnicas de la novela, como el monólogo interior, con igual fortuna en el cine. En la poesía, vale como tema la vida de actores y actrices y su leyenda de modernas deidades.
—Desde hace un tiempo, usted dibuja, hace grabados y, últimamente, también esculpe. ¿Qué le dan las artes plásticas que no encuentra en la literatura? Se lo pregunto teniendo en cuenta las cualidades descriptivas de su verso y de su prosa como agudo observador que es. Hábleme, en definitiva de su experiencia artística y qué lugar le otorga en su creatividad.
—Disfruto mucho dibujar, fue algo a lo que llegué el día que descubrí cuánto ocio me esperaba. Acudí entonces a los talleres de algunos amigos y con el paso del tiempo y un poco de atento quehacer, le fui cogiendo amor a dicha tarea. Extendí mis inquietudes al grabado, pero resulté alérgico a los ácidos y por accidente llegué a la escultura. Digo por accidente porque visitando en su taller a un amigo escultor, este –como se hace con un mono al que se le ofrece un banano–, me lanzó un trozo de barro y caí en la trampa. Realicé, bajo su instrucción, varias esculturas en formato pequeño, y eso fue todo. Hacer escultura es una actividad única, pero exige tiempo y un taller bien implementado, y yo a estas alturas ya no pienso si no en prolongar la siesta. Soy muy afortunado teniendo lo que tengo. Por lo demás, el dibujo, salvo papel y lápiz, no requiere de mayores elementos. No hay que olvidar que la escritura era antes dibujo, jeroglífico.
—De unos años a esta parte, usted lleva un blog en internet, donde publica poemas, relatos y breves crónicas con la finura que le caracteriza, yendo más allá del ocasional apunte, tan común a este ultramoderno medio expresivo. ¿Está cambiando esta experiencia en algo sus modos de escribir? ¿Qué le mueve a mantener un blog?
—El blog lo tengo muy abandonado, hace rato que no le sumo nuevos textos. La idea era publicar allí breves notas, casi para no perder el hábito, donde el tema fuera cualquier tema, el que se me ocurriera. Espero volver pronto a él.
—Su poema «Pugna», perteneciente a Como en tierra salvaje, un vaso griego, resiste a duras penas la tentación de dejar de escribir, ante la dudosa importancia de seguir haciéndolo o el temor de no encontrar lectores. Aunque seguramente se trate de una tentación esporádica, a juzgar por la continuidad de su obra, ¿qué le convence para no abandonar? ¿Cómo sale de este conflicto tan común del poeta moderno, que lo lleva a descreer incluso de sí mismo?
—Lo tengo claro, lo mío es la poesía, léase o no. Ha dejado de preocuparme su suerte en tiempos como estos. Guardo fidelidad a la Musa. Y doy gracias por el don recibido.
Carmona-Medellín, octubre de 2018


