Puertas adentro

Por las orillas blancas de Jaén
las cocinas
despiden el aroma del aceite
en que echan a freír
premonitorios dientes de ajo,
ruedas de cebolla.

Si alguien asomara de un portón
a convidar
al forastero unas olivas,
un pisto de tomate aún hirviendo,
una dorada manzanilla.

Pero el placer
tiene su celosía,
no a cualquiera introduce
en sus penumbras.

 

Szymborska

Con mi oído fatal
nunca podré al menos
decir con propiedad su nombre.

Para que yo tuviera
noción de que existía
hubo necesidad del Nobel.
Entonces unos cuantos traductores,
seguros de acertar,
me permitieron un vislumbre
de su metálica ironía.

Me conmueve ante todo
cuando afirma
que No hay mayor lujuria que el pensar.
No hay nada sagrado para aquellos que piensan.
Pero me quedaré ignorando
si en sus líneas hay rima,
de qué modo
se desenvuelven los periodos
en su lengua natal.
¿Puedo decir
que amo esa alma
de la que ignoro el cuerpo?

 

Luna

Luna sin perros ni ladridos,
sin azoteas con gatos y tinacos
ni cables de la luz
como recuadro.

Lejos de la enramada
que pudiera velar su sutil forma,
sin estanque en que pinte su blancura
ni calles de edificios elevados
en cuyo fondo se dibuje.

Luna que no acompaña
a Jesús en los Olivos
ni es emblema.
de Isis o de Diana.

Luna sin más,
para mis ojos
desprevenidos,
esta noche.

 

Vermeer

La ventana entreabierta,
por rombos de cristal
deja pasar la luz
que explora las estancias
los tapices y mapas,
las ollas, los laúdes;
delata
abrigos descuidados en las sillas,
baña los rostros
de hombres y mujeres,
desentraña la carta del amante,
la emoción
suspendida de la amada.

Esa tímida luz,
que va captando gestos
serenos, distraídos
y animación adentro de los cuartos,
también deja escuchar,
de la plaza vecina,
las risas de borrachos.
que pagan su moneda a una mujer.

 

Ventana

Atado a mi sillita de madera.
Encima.
del tejado de enfrente,
el azul;
por la banqueta
la gente pasa.

Cómo ibas a acordarte
-dice mi madre-,
de esa casa nos fuimos
cuando apenas gateabas.

Pusieron adelante un cojín
por si me voy de boca.
Los ojos se me cierran,
me encandila el azul,
pasa la gente.

 

Aviso

Dejaron
su advertencia
muy temprano
en el agua
tranquila
de la alberca
las primeras
dos hojas amarillas.


Enrique González Parra (Michoacán, México, 1951) es doctor en Historia por la UNAM y en 2010 obtuvo una beca Guggenheim.
Ha publicado los siguientes libros de poesía: Ajena geografía (Dióscuros, 1987), Como quien deja un cuerpo (Ediciones sin nombre, 2009) y Mi padre y otros muertos (Textofilia Ediciones, 2013). Los poemas que aquí se recogen forman parte del libro inédito El rastro del prodigio. Desde hace más de una década, participa en la tertulia literaria del Konditori en la capital mexicana.