Desde que conocí a Alonso Ruiz Rosas en mayo de 2015, durante un homenaje dedicado a su compatriota Carlos Germán Belli en la capital de España, he tenido más trato con sus versos que con su persona, aunque estas dos jornadas que hemos compartido juntos, paseando por Carmona, me han permitido estrechar algo más los lazos afectivos con él. Ya en aquellos gratos días madrileños conversamos muy poco, pero tuve la impresión de estar ante un hombre afable, recatado y de avispada discreción, que no deja entrever siquiera al poeta expansivo, agónico y visceral que lleva dentro. Pese a ello, la cordialidad del ambiente nos animó a intercambiar algunos libros. Empecé a leer su poesía con creciente y entusiasta admiración, cuyo insólito despliegue formal y temático, siempre en tenso diálogo con las diversas herencias artísticas que la nutren, hace de él un poeta tentacular, embargado por un primigenio sentimiento de derrota donde la ironía y la compasión se entrelazan ante el destino trágico del ser humano. Los estragos del tiempo, los desvaríos del poder, los derroches del lujo, el amor, el arte y, en definitiva, la inevitable mudanza de todo conforman una visión del mundo que se reconoce en las constantes referencias mitológicas, históricas y religiosas –procedentes de culturas de ayer y de hoy–, las cuales, lejos de ser elementos decorativos, superpuestos al curso del poema, se integran en él como parte de la realidad más cotidiana hasta reflejar, al modo de incisivos espejos, la grandeza y la miseria de nuestra especie. Una y otra generan un doble movimiento contradictorio: la tentación de la trascendencia y la caída en el barro. En esta irresoluble tensión entre lo celeste y lo terrestre, el espíritu y la materia, el pensamiento y el instinto, se encuentra suspendido el hombre, única criatura desconcertada y radicalmente insatisfecha. Como consecuencia de ello, la poesía de Ruiz Rosas expresa, con todos los recursos a su alcance, una insaciable inconformidad emotiva, cercana al lúcido desahogo que explora sin remilgos las pulsiones primordiales de la existencia.

      Acorde con su afán abarcador, la técnica compositiva más peculiar y dominante de esta obra estriba en la acumulación de materiales de muy diversos campos y épocas en un mismo discurso poético, donde cierto tono elevado e incluso anacrónico a veces, es sutilmente rebajado por un fino humor. A esta operación aglutinante, orquestada sobre expansivas numeraciones y profusas imágenes, contribuye el recurso, habitual en Ruiz Rosas, de insertar versos ajenos entre los suyos, con un sentido distinto o idéntico, según los casos, al que tienen en sus obras originales. Se diría que la gran tradición poética peruana y, por ende, hispánica, tan rica de matices y de acentos, se concentra en este proteico estilo en el que todo parece posible de ser reciclado por una aguda conciencia del desgaste creativo, gracias a la cual, paradójicamente, brota una vigorosa planta renovadora en pos de un vasto mundo propio.

      El pasado n.º 31 de Palimpsesto, aparecido en 2016, se abre con una selección de sus poemas, seguida de una entrevista en la que, entre otras muchas cosas, confiesa que «la poesía busca conectar las soledades de los individuos y conectar al pobre ser mortal con el universo inmortal o inabarcable y en eso se acerca mucho a lo religioso. Mis poemas tienen también algo de plegarias».   Con ustedes, Alonso Ruiz Rosas.