Las páginas siguientes son parte de un trabajo leído en el tercer encuentro Sevilla, Casa de los poetas, Fronteras fecundas, realizado en esa ciudad entre el 23 y el 27 de octubre de 2006. Mi intervención tuvo por objeto propiciar un diálogo acerca de las relaciones iniciales entre España y América, y a esa finalidad apuntaba su título: El encuentro con el nuevo mundo y las incitaciones poéticas de la extrañeza. Aquí y allá se advertirán algunas señas de esa intención: mis notas son a menudo muy breves y en cierto modo conversacionales, e incluso se hacen cargo de observaciones formuladas en las sesiones previas por los poetas asistentes. La apelación a esa amistosa audiencia es también indicio del carácter informativo de estas páginas, que deben entenderse como invitaciones a un acercamiento poético a textos que no suelen ser leídos desde esa perspectiva. El caso de la Historia de la invención de las Indias del humanista Hernán Pérez de Oliva es, según creo, uno de los más fascinantes y más ignorados de crónicas coloniales pasibles de ese tipo de lectura.

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Hasta 1965 se desconocía el tratado del humanista cordobés Hernán Pérez de Oliva titulado Historia de la invención de las Indias, cuyo manuscrito había desaparecido en el siglo XVI, pero de cuya existencia se sabía gracias a la acuciosidad de Fernando Colón, quien anotó en el registro de su famosa biblioteca haberlo ingresado allí a fines de 1528. Se sabe también que ese manuscrito pasó en 1552, con el total de la biblioteca fernandina, a la Catedral de Sevilla, de donde luego desapareció, lo que ocurrió de igual manera con el manuscrito del propio Fernando Colón, Vida del Almirante, sólo difundido desde su traducción italiana de 1571.

Si del manuscrito de Fernando Colón nunca más se ha sabido, el de Pérez de Oliva tuvo mejor suerte: una copia dada a conocer en 1943, hoy propiedad de la Universidad de Yale, permitió al erudito colonialista cubano José Juan Arrom editarlo, finalmente, en 1965. Es una edición ejemplar, no sólo por la cuidadosa transcripción textual sino por las sabias notas que puntúan e ilustran su sentido.

Como dice Arrom, esta obra es –junto con la de Gonzalo Fernández de Oviedo– una de las dos primeras crónicas del descubrimiento y de la conquista escritas en castellano (las tres primeras décadas De orbe novo del humanista italiano Pedro Mártir de Anglería publicadas en Alcalá en 1516 fueron escritas en latín). Pérez de Oliva basa su narración en la primera Década de Mártir de Anglería, pero como señala fundadamente Arrom, la sobrepasa en cuanto logro artístico (no por nada, en la dedicatoria de otra obra suya a su sobrino Agustín de Oliva, el gran humanista le había encarecido “usar bien de la lengua en que naciste. Porque sabrás que en el hombre discreto es parte muy principal de la prudencia saber bien su lengua natural. Y demás de esto ella es atadura de las amistades, testigo del saber y señal de la virtud…”).

El interés de Pérez de Oliva en el tema americano y en particular en la vida y viajes del Almirante se originó, posiblemente, como bien conjetura Arrom, en una visita suya a Fernando Colón, en cuya casa sevillana surgiría el propósito de escribir sobre el acontecimiento protagonizado por su padre. Conmueve imaginar esa entrevista en esta misma ciudad, en un día que conocemos con precisión por otra de las anotaciones que celebramos como ocurrencia feliz de Fernando Colón: al asentar la adquisición de la comedia Anfitrión, de Pérez de Oliva, en el ya mencionado registro de su biblioteca, escribió: “Es en Cuarto, y diómelo el mesmo autor en Sevilla, a 27 de Nov. de 1525”.

El logro artístico de la escritura de Pérez de Oliva, señalado por Arrom, es patente a menudo en lo que entendemos como tensionalidad lírica o, considerada con más amplitud, poética en el sentido originario de la palabra. Tal ocurre, por ejemplo, cuando en un pasaje que refiere agitados sucesos de enfrentamiento entre taínos de Santo Domingo y españoles, a causa de los “malos tratamientos” sufridos por los primeros, el narrador, movido por la extrañeza, interrumpe el relato para consignar el peso y la procedencia de una piedra imán: “…saliendo a ver la tierra, hallaron en casa de un rey una pieza de electro de trescientas libras que sus antecesores habían dejado…”, etc.

Arrom comenta esta curiosa interrupción en una nota altamente sugestiva: “No ha de extrañar, dice, si se tiene en cuenta que Oliva escribió un tratado titulado De magnete, y que llevado de un profundo interés científico, en ese tratado vislumbró el descubrimiento del teléfono”. El apoyo de esta inferencia se encuentra en una observación de su sobrino Ambrosio de Morales (1513-1591), quien editó las obras de Pérez de Oliva en 1586. Este es el pasaje:

El maestro Oliva escribió en latín de la piedra imán, en la cual halló cierto grandes secretos […] Una cosa quiero advertir aquí acerca de esto: Creyóse muy de veras de él que por la piedra imán halló cómo se pudiesen hablar dos ausentes. Es verdad que yo se lo oí platicar algunas veces.[…] Mas en esto del poderse hablar así dos ausentes, proponía la forma que en obrar se había de tener, y cierto que era muy sutil, pero siempre afirmaba que andaba imaginándolo, mas que nunca allegaba a satisfacerse, ni ponerlo en perfección, por faltar el fundamento principal de una piedra imán de tanta virtud, cual no parece podría hallar.

Séame permitido sugerir aquí un ejercicio nada retórico, sino poético: redisponer con pequeñas variaciones las líneas de ese breve poema encontrado por Ambrosio de Morales entre las curiosidades de su ilustre antecesor. Un título para este poema podría ser:

Hernán Pérez de Oliva entre nosotros

Supo grandes secretos,
y por la piedra imán
halló cómo
se pudiesen hablar dos ausentes.

No necesito insistir en la poderosa proyección significativa de esa piedra imán, cuyo sentido de atracción de las cosas y de los seres no desdeñaría ningún poeta.

No es menor otra de las incitaciones poéticas de la extrañeza que encuentro en el último capítulo de su libro: al referir un mito taíno de origen, lo frasea de una manera que proyecta una situación a mi modo de ver eminentemente lírica:

… habían primero salido el Sol y la Luna. Entonces el género humano estaba en otras cuevas […] de do, por la lumbre del Sol, no osaba salir…

El relato continúa y se acerca a su término cuando hombres y mujeres pueden, por fin, juntarse amorosamente. En este punto, escribe Pérez de Oliva:

Así hubo reparo el género humano,
y de ahí adelante
licencia del Sol para andar en su lumbre.

(No he alterado nada en esa cita; sólo la he redispuesto en tres líneas/versos).

Es cierto: las situaciones mencionadas (el encuentro de la piedra imán, el origen del género humano) se leen también en la Década primera de Pedro Mártir de Anglería. Los datos son los mismos, pero la sensible escritura de Pérez de Oliva los ha transformado de tal modo que, sin perder su interés geográfico, antropológico y etnográfico, prevalece en ella lo que hemos venido llamando “la incitación poética de la extrañeza”. Se trata, en suma, como lo puntualizó en su hora José Juan Arrom, esencialmente de una creación literaria.

Historia de la invención de las Indias, llamó Pérez de Oliva a su libro, avanzando ya con ese título la idea de hallazgo –invenire, en el sentido latino de hallar, llegar a ser–, así como lo usó en el mismo siglo Andrés Bernáldez en su Historia de los Reyes Católicos..: “D. Cristóbal Colón […] natural de la provincia de Génova […] inventor de las Indias”, o como dijo también de él Las Casas en su Historia de las Indias (Lib. I, Cap. 65): “… nuevo inventor de este orbe”. Y Juan de Castellanos, que en versos memorables de sus Elegías de varones ilustres de Indias dibujó esta imagen feliz:

“Al occidente van encaminadas
las naves inventoras de regiones”.

(Citas registradas por José Juan Arrom en la nota 1 de la página 39 de su magistral edición del libro de Hernán Pérez de Oliva, publicado en Bogotá, Colombia, Instituto Caro y Cuervo, 1965). 

ENTRE MUNDOS. Conferencias de Pedro Lastra y Humberto A’kabal. Coloquio moderado por Eduardo Hurtado