El duende
A Chari y Francisco José Cruz
I
En esta misma calle, pero antes,
a bordo de mis veinte,
de noche en noche, con tabaco y lámpara,
escribía poemas.
Alrededor la multitud dormida
soñaba con dinero
y alguna que otra estatua recosía
el azul de su sombra.
Nunca supe qué duende a mis espaldas
–volátil e insistente–,
fijos los ojos me seguía
frase por frase y letra a letra.
No, no era aquel azul casi corpóreo
arrancado del mármol,
ni mi ángel de la guarda anochecido
y en ardua vela,
ni tampoco un espectro hamletiano,
veraz hasta el misterio,
ni ninguna presencia subitánea
de aquella época.
Nada de nada ni de nadie,
sino yo mismo, yo mismísimo.
Pero no aquél de entonces: –éste
que cifra ya sesenta,
–éste era el duende…
El que aquí vuelve buscándome de joven,
en esta misma calle, a medianoche,
y me llama
y no es sueño.
II
Y si después de años y años
soy de nuevo el escriba de estos versos
y a mi cuaderno vuelvo noche a noche,
–es que el duende no cesa.
No el mismo duende que ayer revoloteaba
cuando mis veinte,
sino éste que en el fondo de la lámpara
con un temblor huidizo se aproxima
y al instante es ausencia.
Tal vez se encuentre ahora aquí a mi lado
con su rostro de pájaro,
como un discípulo de Toth,
y su silente imagen incorpórea
salida de un espejo.
Ya no es el mismo que he sido ni que soy,
tal vez otro más viejo,
otro distinto que habré de ser un día,
aquí o en cualquier parte,
donde acontezca.
En tanto, a solas ya culmino
en torno al sol otra vuelta terrestre,
–mi sexagésima.
Me sostiene el asombro de estar vivo
y el misterioso acecho de mi duende.
III
…No queda aquí ni duende ni su rastro
sino el viento esta noche,
el viento infatigable entre las hojas
y alguien que silencioso escribe ahora
en su cuaderno.
Las nubes a lo lejos. Y edificios
con un claror intermitente
que va de un piso a otro
y a cada instante
se apaga o fosforece.
(Una visión, para mis párpados arcaicos,
demasiado moderna).
Pero no queda un duende aquí que husmee
ninguna letra negra o blanca,
sino el hondo silencio
y la luna que a solas platoniza
en su caverna.
La naufragante nada en torno a todo,
–apenas ella,
y alguien que sigue allí escribiendo
y el viento que va y vuelve,
y yo vagando solo e invisible,
a quien ya nadie puede ver
y que no puedo verme.
Fábula del escriba
Que no se valga la araña de mi mano
y permanezca sola en su silencio
tejiendo su tela solitaria.
Conozco demasiado sus vocales,
–las ocho vocales de sus patas,
cuando cierra mis dedos desde lejos
y empuña aquí sobre la mesa
su lápiz.
Que no disponga ahora de mis letras
con su astucia de geómetra
para cifrar sus jeroglíficos,
ya basta.
Y tú, pequeña abeja que, de pronto,
llegas en pos del polen alfabético,
recoge aquí cuanto estos signos puedan darte,
pero elude las voces de entrelíneas,
las mentiras del mundo
y sus cantos arácnidos…
Oh, sor amiga, acuérdate de Ulises,
hay sirenas que cantan por el tacto.
Eugenio Montejo (Caracas, 1938) ha publicado los siguientes libros de poesía: Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (amplia selección de sus poemas que incluye un libro inédito hasta entonces del mismo título, F.C.E., México, 1988), Adiós al siglo XX (Ed. Aymaría, Lisboa, 1992; ed. Renacimiento, Sevilla, 1997; ed, Bogotá, 2000), Partitura de la cigarra, (Pre Textos, Valencia, 1999), y Papiros amorosos (Pre-Textos, Valencia, 2002). Su antología más reciente, Poemas selectos (Bid & Co editor, Caracas, 2004) incluye, a manera de epílogo, una entrevista al poeta por Francisco José Cruz
Es autor también de dos colecciones de ensayos: La ventana oblicua (1974) y El taller blanco (1983). Así como de varios volúmenes de escritura heteronímica: El cuaderno de Blas Coll (1981), Guitarra del horizonte por Sergio Sandoval (1992), El hacha de seda por Tomás Linden (1995) y Chamario, libro de rimas para niños por Eduardo Polo (2004).
Palimpsesto, en el n.º 5 de su colección (primavera de 1992), adelantó un conjunto de poemas a la sazón inéditos, que más tarde pertenecieron a su libro Adiós al siglo XX. El volumen incluye el ensayo «El taller blanco» y una entrevista hecha al autor por Floriano Martins.
Los poemas aquí reproducidos son inéditos y forman parte de un libro en preparación.
A fines de 1998 le fue otorgado en Caracas el Premio Nacional de Literatura. En noviembre de 2004 le concedieron en México el Premio de Poesía y Ensayo Octavio Paz por toda su obra.


