Los loros

Dos loros cantando en coro
que estaban en un maizal,
con plumaje verde y oro
y pintas de loro real,
llamaron a un compañoro
para agrandar la coral.
Uno tocaba tamboro,
otro tocaba timbal,
y el tercero o el terzoro
un pianito musical.
Sudando por cada poro
cantaron hasta el final
y cuando se despidieron
volaron a Portugal.

 

El hipopótamo

El hipopó tamo-tamo
y el elefán fan-fan
dentro de un mismo pantano
bailando juntos están.

Bajo la lluvia su danza
es un ballet de mil quilos;
cada cual mueve la panza
con los mejores estilos.

La danza de los obesos
tiene una gracia sutil;
la melodía es melodil
y las tristezas, tristezos.

Bailan música de sapo
con sones de ronco brillo,
el fan-fan que es trapo-trapo
y el hipopó tamo-tillo.

Después un coco muy drilo
–un drilo coco, al revés–
sale del fondo tranquilo
y les pellizca los pies.

Aquí la fiesta termina
y se acaba la función;
hipo y fan de esquina a esquina
despiden la reunión.

 

Ana la rana

Cuando Ana la rana
llegó a la ciudad
supo que ya nadie
usaba la A.
Quiso pedir agua,
quiso pedir pan,
pero no podía
sin esa vocal.
Nadie comprendía
su latín vulgar,
lengua de pantano,
ronca y gutural.

Pero Ana la rana
era sabia y tal;
dejó las palabras
para los demás
Se buscó una hoja
y un lápiz labial
y habló con dibujos
sin tener que hablar.

Dibujó una fuente
y un trozo de pan;
pintó la esperanza,
pintó la amistad;
todos la entendían,
le daban de más…
Y después, al irse,
muy sentimental,
dibujó una mano
casi natural,
moviéndose lejos…
Y un punto final.

 

Canción

La mi madre canta
para me dormir
y en la su garganta
oigo una perdiz.

El mi hermano juega
siempre a me vender
de la su bodega
queso, pan y miel.

El mi perro ladra
para me seguir
por la nuestra cuadra
de principio a fin.

Allá en la mi escuela
dibujo en color
un barco de vela
con el mi creyón.

Termino el mi cuento
por me despedir.
Ya cantando siento
la mi madre al viento
para me dormir.
Y en su canto lento
oigo una perdiz.

El horizonte

El horizonte en mi cuaderno
es una larga raya
en donde el sol pasa el invierno
sobre la playa.

Y el sol apenas es un disco
rojo o marrón, no importa,
como la huella de un mordisco
en una torta.

Si hay un navío allá a lo lejos,
si vuela un alcatraz,
trazo en dos líneas sus reflejos,
¿para qué más?

Al dibujar una palmera
voy siempre poco a poco:
pongo mis verdes dondequiera
y arriba un coco.

Lo más difícil es mi cara,
aunque copie el espejo:
siempre resulta larga y rara,
parezco un viejo.

Y al fin de todo, no lo olvido,
pinto una casa al centro.
Firmo el dibujo, me despido,
y en ella entro.