1. EL ÁRBOL DEL DESEO

Cruzan por encima, ligerísimas, bordadoras, y mi hija no sabe si esas bandadas de garzas son flechas disparadas desde una batalla remota o la extraviada promesa de un ángel. Pero las señala, una a una, y las despide.

Después de recorrer todo el valle y anunciar como emisarios el final del día, a cierta distancia de su destino aminoran su marcha, se demoran en el aire. En espera de otras bandadas rezagadas giran alrededor del árbol hospitalario y planeando eligen, como si se tratase de un cortejo, su rama.

Reunidas en blancura, incapaces de contener por más tiempo su impulso, en su desordenado descenso dibujan aleteando al revés un árbol inmenso delante del árbol, un árbol tan desbordante como su espejismo. En plena confusión de plumajes, ya cayendo, son en el aire el árbol que traían desde lejos palpitante, antes de cantar victoria entre las ramas.

 

2. EL ÁRBOL MUSICAL

Un canto sacude cada rama. Manchas blancas aturden la calma de la tarde. Como tijeras sus picos van cortando el calor acumulado del día. De un extremo a otro se celebran los encuentros y corre por el valle una brisa sonora como si alguien sacudiera un bosque de bambúes.

Ya canta el árbol de las garzas, como un campanario. Su algarabía incendia la primera estrella y las chicharras se contagian de azufre hasta el final de la noche.

 

3. EL ÁRBOL DE LA PERDIDA

Por solitaria, en la última rama una garza domina. Y es soberbia. Así lo proclama la doble curvatura de su cuello, vigilante de su ejército.

Al menor ruido, al detectar cualquier intruso, el árbol en estampida se muda con urgencia al aire y se disgrega toda jerarquía. Por todo el valle se escucha una blanca detonación bajo el cielo, como una ventana muda hecha pedazos, como una escafandra explotando bajo el agua. Dominado el desconcierto, en un consenso misterioso, una parte de las garzas vuela hacia la izquierda y la otra, se dirige en dirección contraria. Rodeando al árbol, en el silencio de su círculo, sagrado y blanco, se cruzan sucesivas, se entrelazan, y repiten a ráfagas una y otra vez otro árbol, ese que nunca es suficiente, ese que se fuga de los ojos, ese que cantan todas las fábulas.

 

4. EL SUEÑO DEL ÁRBOL

Abrió los ojos el árbol, el árbol apartado que nunca esperó ningún reconocimiento y en lugar de tímidas flores en sus ramas vió garzas culminantes, delgadísimas como doncellas sonámbulas. Su sueño transcurrió en el centro de un jardín escuchando el canto de una fuente.

 

(PLATÓNICA)

Asoman solamente las aristas más afiladas de los astros, olorosas a menta por la constante fricción nocturna.

En orden de incandescencia van ocupando su posición en la noche. Y por su intermitencia sabemos de su diáspora.

Es este el mundo el árbol inmenso que rodean y que imitan en curvatura. Cada percusión suya retumba en la tierra y los vemos temblar, allá a lo lejos, como garzas de otro árbol.

 


Ramón Cote Baraibar (Cúcuta, Colombia, 1963), graduado en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, ha publicado los siguientes libros de poemas: Poemas para una fosa común (Ed. Arnao, Madrid, 1984 y Fundación Simón y Lola Guberek, Bogotá, 1985), Género de medallas (en colaboración con Esperanza López Parada, ed. El Crotalón, Madrid, 1986), Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de Delicias (Ed. Pequeña Venecia, Caracas, 1991), El confuso trazado de las fundaciones (Ed. El Áncora, Bogotá, 1992), Botella papel (Ed. Norma, Bogotá, 1999) y Colección privada (Premio Casa de América, ed. Visor, Madrid, 2003). A su vez es autor de Diez de ultramar, antología de la joven poesía latinoamericana (ed. Visor, Madrid, 1992). Por otra parte ha publicado el libro de cuentos Páginas de enmedio (ed. Alfaguara, Bogotá, 2002) y la biografía Goya. Viaje al centro de la sombra (Ed. Panamericana, Bogotá, 2004).