Ocho horas
Como si el pelo de pronto me pesara
y del cuello saliera sólo un gancho
para los trajes viejos;
como si mis dedos vagaran desprendidos
tecleando no sé qué
jorobados y tercos;
como un cartón que busca
la forma de su caja
mientras ruedan sin rumbo
las bolas de papel;
miro en mi sombra
a un hombre de seis patas
sedentario sediento.
Negación de las puertas
Hay puertas que gruñen sordamente al cerrarse
y esconden con celo de animal
un enjambre de chácharas.
Hay puertas que se azotan de golpe
y cortan el hilo del oído
con guillotinas verticales.
Hay puertas que son una extensión de la pared
y otras batientes por las que se asoma
la dentadura postiza de la casa.
¿Quién no ha escuchado
en noches de ventisca y perros
la sinfonía de las puertas, las bisagras
que sólo tocan la nota del desprecio
y nos dejan sonriendo a la intemperie
como bobos debajo de la lluvia?
Hay puertas que conocen bien nuestras narices
y otras que solamente atraviesa el fantasma
inocuo de la mente.
Hay puertas que son tambor desesperado
y otras más tristes que al cerrarse
apagan algo adentro
como cajas de música.
Inmersión
Donde la luz no llega,
donde la linterna sorda de la imaginación
es apenas caricia o dedo índice,
en un mundo intocado
por la burbuja golosa de la mente,
allí donde las tinieblas
tienen la cualidad de la espesura,
algo viscoso y lento se escurre y verifica,
algo como un presentimiento
en el fondo de todo,
medusas
—quizá— flotando
más allá de los placeres existentes,
remedos de fantasmas que bailan
sin saber de la música,
sombras
–pensamientos de sombras–
huyendo de la superficie,
vibraciones que se hunden suavemente
hasta tocar la arena,
restos,
caeduras,
desperdicios
se tienden en silencio
en el fondo del mar de la cabeza.
En vela
Parecido a un hombre,
como un espantapájaros
se puede parecer a un hombre
espantando sus sueños,
escucho el paso de las ratas
en el desván desierto
de la mente; muchedumbre de ratas
sedientas e insaciables y corriendo.
Bajo la mesa
La mesa, desde abajo,
tiene la tez secreta de un camarote inmóvil.
Un cielo tosco,
a medio terminar, huraño,
donde sólo se esperan nudos, vetas,
los ojos de una puerta
cerrada, horizontal.
Arriba,
sobre el mantel,
siguen su curso los platos cotidianos;
se acumulan migajas, corre el vino,
los codos se desgastan, y aun a veces
se entrelazan las manos ciegamente
en sesión para espíritus.
De este lado se impone la polilla.
Estalactitas de chicle,
gotas de tiempo sin sabor, entre incisiones
de uñas pensativas,
los signos de la espera y el mutismo
a espaldas de la fiesta.
Nada aquí ha conocido el barniz ni la caricia
de un trapo limpio y húmedo;
cielo tosco, de leño, que cobija
de brindar con el prójimo.
Azotea
El trino de los coches
en la noche silvestre.
Ya no ladran los perros a la luna.
Las maneras afónicas del viento
en el follaje de la ropa tendida.
Ya no ladran los perros a la luna.
Sonámbulos insectos de luz negra
trasladan el hollín.
Ya no ladran los perros a la luna.
Remolinos dolientes de basura,
y el rítmico ondular de las antenas.
Ya no ladran los perros a la luna.
Sólo un neón, intermitente, frío;
los aullidos lejanos de una alarma.
Antigua auscultación de los indios
Recostada mi oreja
entre tus pechos
se adivinan minúsculos bisontes
–sin materia y sin peso–
corriendo libremente en tus praderas.
Oír el despertar de un bosque:
las puntas de los vellos erizados
por un viento sin ruido;
y allá, contento, el monstruo imponderable
que pasta en tu pellejo.
Oír detrás del corazón las olas quietas:
el gorjeo del silencio agazapado
en rincones sin aire;
leer en esa nada nuevos ritmos,
y nunca preguntar “¿qué piensas?”
Luigi Amara (México, D.F., 1971) es poeta y a menudo ensayista, labores que junto al ajedrez y la supervivencia azarosa, apenas le dejan tiempo para su verdadera afición, el paseo. Ha publicado los siguientes libros de poemas: El decir y la mancha (UAM-Mantícora, 1994), El cazador de grietas (CONACULTA, 1998), Envés (Filodecaballos, 2003) y Pasmo (Trilce, 2003). Su libro más reciente es de ensayos variopintos: El peatón inmóvil (Arlequín-UdeG, 2003).


