Padre
Está mi padre en la penumbra.
La tarde le encuentra sentado
en el zaguán,
con su blusa, con su bastón de nácar,
contemplando las nubes
que pasan de un siglo
hasta otro siglo.
Es tan joven ahora
que hace un rato ha salido
a los cerros
donde guardó para luego,
su imagen de este mundo.
Sorprendo hoy, en su aroma,
cosas con alma que olvidé: un sombrero,
una llave antigua, unas monedas;
algo que no sé y permanece
en la palma rugosa
de su mano.
Mi padre se aúpa ya hasta otro tiempo,
al escándalo del sol,
al que saluda levemente,
como un vecino más
que se fue
y que nos habla,
en el borde sombrío de una calle.
Sus sandalias grandes
que pisaron la frescura del trigo
descansan aquí al lado,
mi padre es una sombra
que se aleja
hacia el confín del llano
y hacia el temblor del viento.
Si le vuelvo a ver será ya luego,
del otro lado de la noche.
Retrato
La pared agrieta en que me apoyo es blanca
y tiene un fuerte olor a lluvias.
De lo hondo de los maizales
sopla un viento de otro siglo
y aparezco,
años atrás,
en el asombro de unos ojos,
en unas sandalias
que pisan la fescura del mundo.
Sentado en una silla,
frente al umbral lejano de mi casa,
converso con un vecino
que murió hace ya mucho.
-Es alto y harapiento
y usa sombrero-.
Por una calle, al sol,
adormilado,
cruzo con un aro
que rueda hasta el fin de la tierra.
No lo alcanzo.
Junto a una lámpara
y bajo la mirada inocente
de alguno que nacerá mañana
intento anotar en mi cuaderno
el canto último del gallo.
No sé quién ronda mi casa
en esta hora.
Debo permanecer despierto.
La niebla
Una mujer se inclina sobre un río
y susurra
lentas tonadas de otro tiempo.
Sobre una de esas piedras
alguien ha escrito hace ya mucho
la historia de mi casa.
De qué rincón del espejo,
en la callada habitación,
llegan los hombres
que a la lumbre del brasero,
pueblan la blancura de esta página.
Encuentro, a mi paso,
los dioses de hace un siglo
disueltos en el barro.
Asoman crucifijos, medallas..
y doblando el recodo de una calle
donde el sol de pronto resplandece,
la antigua muchacha,
la difunta a la que amé
y que sonríe inmóvil en medio de la brisa.
Cuando cae ya densa la noche,
alguien
hace girar las cerraduras
de una casa
donde yace mi juventud dormida.
Sobre una calle,
a muchas horas de mi vida,
mira con extraño amor
todas la cosas
cubiertas por la niebla.
Las grandes aguas turbias
Quien camina aún hacia un lago
de grandes aguas turbias
y no vuelve.
La no nacida.
Quizás en un quieto anochecer de provincias
se oculta
y sus ropas tienen un color de cielo antiguo.
Quizás al dorso de unas tapias,
en una algarabía de muchachas,
en que habita la luz última del mundo…
Es mi niñez de nuevo
y es también un ramo de entonces
puesto al sol de las mañanas.
Una mujer y yo vislumbramos su rostro
cierta noche.
Sé que me aguarda en un recodo del porvenir.
Su nombre es nadie o alguien o toda la luz.
Mi amor
De otro mundo llega mi amor en esta hora.
La oigo caminar entre los otros
con su paso,
por la acera de una ciudad
en que su vida fue escrita
por la mano del sol
hace ya mucho…
De una región más ancha
hasta la mesa
del café en que la aguardo
con un pañuelo
bordado a la usanza de primeros de siglo.
De otros días
con su pamela azul y con su risa
a este alumbrado espacio
entre dos tiempos.
Mi amor será cuando me vaya quien perdure,
como una lámpara encendida al paso de las horas.
Mi amor, sentada, sola
contra la oscuridad de la tierra.
Rafael Adolfo Téllez nace en Palma del Río (Córdoba), el 29 de diciembre de 1957. Trabajó en radio y actualmente lo hace como guionista de televisión. Ha publicado los siguientes libros o plaquettes: Si no regresas junto al portón oscuro (Endymión-Ayuso, Madrid, 1988), Quienes rondan la niebla (Renacimiento, Sevilla, 1993), Una rosa oscura de lluvia (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1988), Aldeana de hilo (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1991), La hora infinita (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1993). Los poemas que aquí siguen pertenecen al libro Los adioses que ha obtenido el Premio Ciudad de San Fernando y será publicado en breve por la Editorial Renacimiento.


