La traducción conjunta

Uno de los asuntos más prácticos que conlleva una traducción es decidir si la realiza un traductor o varios. El encargado de la edición tiene que sopesar los pros y los contras de ambas posibilidades, pues aunque la lógica nos diga que cuatro ojos ven más que dos, el producto final puede que no se vea favorecido en este caso. Es natural que una enciclopedia, por ejemplo, sea traducida por varias personas, pero cuando nos embarcamos en el campo de la literatura, hay que considerar variables relativas al acabado de la traducción. No es normal que se traduzcan novelas de forma conjunta, pues una novela es un continuo homogéneo que tiene que llevar el sello de un escritor o, en el caso que nos ocupa, de un traductor. Esta es la principal ventaja de la traducción en solitario, que quedaría superada si la versión la realizaran varias personas a la vez trabajando sobre el mismo texto, no sobre secciones distintas, pero en este caso, la afinidad de los traductores tendría que ser muy alta, lo que resulta difícil de conseguir, sobre todo en el ámbito del lenguaje literario, donde la interpretación y la reelaboración del texto original impone sus diferencias. 

La evidencia de esta problemática se palpa, sobre todo, en la traducción de poesía. La colaboración de un traductor profesional y de un poeta sobre los mismos poemas suele dar buenos frutos. Pero la colaboración de varios traductores –que suelen ser poetas– sobre distintos textos –sobre todo si son del mismo autor– deja mucho que desear en cuanto a la homogeneidad del producto acabado. Y es en este aspecto importante donde la variedad de estilos y propuestas de los distintos traductores impide llegar a conocer el estilo único del autor.

 

La literalidad poética

La labor de traducir poesía se resume en una lucha constante con la literalidad. El traductor tiene que enfrentarse a la realidad de un poema que lo desborda. Porque la poesía no explica, sugiere; no imita la realidad, la recrea; no concentra los significados, sino que los expande al fundir y confundir los matices. La literalidad es la exteriorización de un compromiso establecido con el texto original: pero para cumplir ese compromiso, al traductor sólo le queda la posibilidad de interpretar el texto original apoyándose en su buen hacer para encontrar la solución más factible en cada momento. Algunos interpretan la literalidad como si no tuviera nada que ver con el tono del poema, pero el tono (algo aéreo que se siente como una brisa) es en muchos casos la clave de un poema, y la traducción debe ser fiel a ese tono, aunque tenga que romper algunos moldes. 

Como muestra, permítaseme aludir a una reprimenda que quien esto escribe recibió de un poeta y traductor conocido. Respecto a un soneto de un poeta inglés, este traductor pretendía que la mejor traducción del verso «Keep thy chains burst, and boldly say thou art free», sería «Mantén rotas las cadenas y di audazmente que eres libres». Parecía que la única preocupación de ese traductor era que la traducción conservara un aspecto literal, pero evidentemente menospreciaba el ritmo del verso y la calidad del castellano. Mi versión, que quería respetar el ritmo y el verso clásicos a la vez que ser fiel al texto, rezaba: «Con las cadenas rotas, grita que tú eres libre». Juzguen ustedes ahora.

 

Influencia de la traducción poética

La importancia que tiene la traducción poética se puede medir por la influencia que ejerce sobre los poetas en activo. Actualmente la labor que realizan en España los traductores de poesía resulta fundamental para la escritura en verso, porque obligan a los retraídos poetas españoles –patente como es su desgana por conocer otras lenguas y otras poéticas— a acordarse de que existen otras tradiciones foráneas, aunque desde los años setenta la situación ha cambiado poco a poco debido a la tendencia cosmopolita que inauguraron los Novísimos. 

Pero todavía existe en muchos grupos literarios un rechazo inconsciente hacia la poesía de fuera, como si su influencia desvirtuara la pureza de sangre de nuestra poesía patria, que algunos quieren definir dentro del más puro realismo, de manera que todo mestizaje literario que pudiera contaminar sus esencias resultara 57 nocivo o diletante y nos alejara de un dudoso compromiso contraído con una supuesta tradición española que hay que venerar por los siglos de los siglos. 

De ahí que a veces se mire con malos ojos a los poetas que han incorporado a su acerbo cultural otras maneras poéticas, que no son propiedad de ninguna nación ni de ninguna lengua, con el afán de enriquecer sus propuestas. Por eso la labor de los traductores de poesía resulta necesaria para dar nuevos aires a nuestros versos, para protegerlos de los defectos enraizados en nuestra cultura y para liberarlos de un nacionalismo poético que los permita salir del ghetto secular donde posiblemente todavía se encuentren.

 

¿Clásico o moderno?

La traducción no es un proceso cerrado, definitivo. Tampoco lo es el texto original. Cada época interpreta las obras literarias a su manera y las observa con ojos propios, distintos de la anterior y de la siguiente. Alguien dijo que cada generación tiene que volver a traducir a los clásicos. Esto nos obliga a utilizar un lenguaje actual para traducir a un autor de siglos pasados. Pero ¿hasta qué punto esto es acertado? ¿Cómo sonaría un poema satírico de Quevedo al que le podásemos las expresiones coloquiales de su época y le injertáramos artificialmente el lenguaje coloquial de ahora? Un churro. Sin embargo, muchos lectores encuentran un alivio en esta actualización del lenguaje, pues les permite leer con mayor comprensión y comodidad, llegando algunos hasta el colmo de preferir leer a los clásicos traducidos a otros idiomas. 

Así que el traductor se debate siempre, cuando traduce a autores del pasado, entre utilizar un lenguaje arcaico y engolado o emplear un lenguaje actual. Esto resulta especialmente delicado en la traducción de poesía, ya que el lenguaje poético es de por sí más abstracto y literario que el de la prosa. Por lo tanto, el traductor tiene que elaborar un lenguaje híbrido entre lo antiguo y lo moderno en el que el peso preponderante del lenguaje actual quede compensado con alguna que otra expresión rescatada del baúl de la tradición. Sin embargo, lo que prima al final es la identificación de un autor con el presente, y por eso traducimos aquellos libros cuyo lenguaje y cuya problemática se adaptan más a nuestras inquietudes, y nos olvidamos de algunas obras que en su época lo fueron todo pero que a nosotros nos dicen ya poco.

 

Asignatura pendiente

Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia que tiene para el traductor el hecho de dominar su propia lengua en profundidad. Son muchos los traductores que se enfrentan a los originales solamente desde una perspectiva técnica, con un bagaje filológico envidiable en muchos casos, pero faltos de destreza lingüística, faltos –¡ay!– de gracia en el decir. Y no sólo me refiero a los traductores de literatura, sino a los de otros ámbitos más técnicos o restringidos de la traducción. Gran parte de esta carencia quizá sea debida no sólo a la desgana por parte de algunos traductores, sino a la deficiente programación de los estudios universitarios que suelen realizar los futuros trujamanes. La idea extendida de que para aprender a escribir bien basta con leer mucho, ha impedido la inclusión de asignaturas de este tipo en los estudios universitarios de letras. Y la obsesión de que los escritores tienen un don especial con respecto al lenguaje, ha cortado de raiz muchas vocaciones. Porque una traducción es mala no solamente cuando carece del rigor lingüístico indispensable, sino también cuando la lectura del texto se tiene que realizar a trompicones, , pues la sintaxis carece de fluidez, de claridad y de belleza. Recuerdo un prólogo en que un traductor realizaba una descalificación de tipo lingüístico de casi todas las versiones existentes de la obra que había traducido, sin caer en la cuenta de que su versión era ilegible por los motivos a los que aquí me refiero. 

Y esta carencia resulta más evidente en el campo de la traducción de poesía, porque al lado de versiones excelentes de muchas obras poéticas, nos encontramos con otras versiones que, aunque cumplan los requisitos técnicos requeridos, dejan mucho que desear en cuanto al aspecto poético propiamente dicho. Cojamos, por ejemplo, un verso de John Donne: «Till age snow white hairs on thee». Verso precioso del que se espera que el traductor saque buen provecho luciéndose un poco, ¿por qué no? La mayoría de las traducciones habidas optan por una traducción literal, del tipo siguiente: «Hasta que la edad nieve cabellos blancos sobre ti». No se puede negar que esta versión es correcta y que conserva, aunque sólo sea por la fuerza expresiva del original, un ápice del encanto del verso de John Donne. Pero ¿por qué no intentar construir un verso medido para poder transmitir el ritmo clásico del original? ¿Por qué no buscar también otra expresión más bonita de la metáfora? Otro traductor hace esto, y consigue de esa forma una versión mejor: «Hasta que la vejez dé nieve a tus cabellos». Por su calidad, este alejandrino podría darse por definitivo, pero aún podemos arriesgarnos más con el verso original si tenemos en cuenta que éste tiene menos de once sílabas y que, por consiguiente, se podría esperar un endecasílabo en español: «Hasta que el tiempo nieve en tus cabellos». Esta versión, desde mi punto de vista, es la de un traductor que se ha preocupado por realizar una traducción poética del verso original, sin descuidar la literalidad ni el ritmo. Por eso, creo que los traductores tenemos que ser ante todo escritores, y debemos trabajar nuestro lenguaje a fondo, hasta que la belleza impregne nuestra obra.

 

Página o lienzo

Siempre me ha sorprendido que haya ediciones de poesía que no sean bilingües. Comprendo que a veces los costes de edición se disparan si enfrentamos el texto original con su traducción. Pero ¿han pensado los editores que hay muchas personas que nunca compran libros de poesía traducida a menos que sean bilingües? Porque este tipo de edición garantiza que vamos a disponer del texto original para realizar nuestra propia versión o personalizar la siempre más trabajada versión del traductor. Además, aunque no entendamos el idioma de origen, siempre nos da la sensación de que tenemos allí el cuadro del artista además de su copia. Y si no dominamos ese idioma con soltura, nos ayuda a completar nuestra lectura del original. 

La poesía es una sucesión de palabras y de versos en el espacio de una hoja. Los poemas son imágenes que percibimos por los ojos igual que admiramos una escultura o un cuadro. Esto lo saben muy bien los poetas visuales, que aúnan la expresión plástica con la literaria formando un todo artístico. Aunque no seamos conscientes de ello, cuando leemos poesía estamos leyendo una imagen. Si oímos un poema recitado, nos falta algo para completar su lectura, porque no vemos el poema. De ahí que los versos no sólo se limiten a buscar un ritmo guiados por la sintaxis, el fluir del pensamiento o la musicalidad de la palabras, sino que también poseen un apetito plástico y visual que el poeta desarrolla con la página en blanco como lienzo. Al final lo que tenemos es una unidad de melodía, significado e imagen. ¿Qué más se puede pedir a la poesía?

 

La aliteración

Sólo quien tiene experiencia con la escritura sabe que la mayoría de las aliteraciones salen solas. Algo que el interior de la mente creativa junta las palabras para que suenen en armonía, y ésta se logra muchas veces haciendo coincidir algunas consonantes. La poesía utiliza la aliteración más que otros géneros; compañera de la rima, colabora con ésta a que la gente recuerde los versos para recitarlos, pero su función es más amplia y profunda: tiene que ver con la melodía interna del poema. La aliteración es, por su características, la bestia parda del traductor de poesía. Hay otras dificultades como, por ejemplo, los juegos de palabras, que con un poco de habilidad pueden superarse. Pero ¿quién ha conseguido alguna vez verter a otro idioma una aliteración manteniendo la fuerza del original? 

Pocas veces nos encontramos con un ejemplo como el siguiente. El primer verso de un conocido poema de Dylan Thomas dice así: «The force that through the green fuse drives the flower…» En él tenemos tres palabras que aliteran: force, fuse y flower, colocadas al principio, en medio y al final del verso, que logran una larga aliteración que, sin embargo, no molesta, casi no se nota. Por suerte, en castellano tenemos dos palabras parecidas para traducirla: fuerza y flor, con lo que se podría pensar que ya tenemos lograda la aliteración; pero falta precisamente la palabra central, que mantiene la aliteración sin que se rompa. Buscando, buscando, encontramos la palabra flujo, que alude a esa corriente que recorre la flor. Y así, al final, con la ayuda de la suerte, tenemos: «La fuerza que por el verde flujo impulsa a la flor…».

 

Peligros de la imitación

Una de las principales fuentes de errores que existen en la traducción es la tendencia natural a la imitación de la sintaxis y el léxico del texto original. Cuando uno corrige y pule su propia traducción antes de darla por terminada, a menudo se queda sorprendido de la cantidad de veces que ha caído en esa trampa en una primera y rápida escritura. Pero es entonces cuando el traductor tiene que poner orden en su versión y moldearla según las características del idioma al que se ha traducido. Aquí entra en acción la destreza lingüística del traductor pero también, por desgracia, la atención necesaria para que no se le pasen por alto esas impropiedades que se suelen cometer en la primera escritura. 

Entre los elementos que algunos traductores se dejan sin corregir están las rayas –o guiones largos– que en español sólo utilizamos para establecer un paréntesis en la frase y que en otros idiomas se utilizan para algunas funciones más: como colofón de una idea, como indicador de una enumeración, como expresión de una pausa, etc. El traductor español tiene que saber que estas rayas tan abundantes en otros idiomas, y sobre todo en el género de la poesía, hay que sustituirlas por coma, punto y coma, dos puntos y puntos suspensivos, según lo que el autor haya querido indicar. Sin embargo, son muchas las traducciones de poesía que conservan esas rayas, como si el traductor hubiera creído que son un recurso estilístico del autor.

 

Manía mayúscula

Todo tenemos nuestras manías, es cierto, y entre ellas el rechazo visceral a algunas cosas. Como lector y traductor de poesía no soporto, lo reconozco, algo que quizá sea una tontería, una minucia, pero que por eso denomino manía. Se trata del hecho de que todos los versos de un poema comiencen con letra mayúscula. Es verdad que en muchas lenguas es una norma establecida hace ya siglos, y por tanto no tengo nada que objetar. Pero tal característica no existe en la tradición española. Ni Quevedo ni San Juan de la Cruz, por poner solo dos ejemplos, utilizaron tantas mayúsculas. Solo en la poesía contemporánea existen algunos casos de escritores (Cernuda, Borges) que incorporan este rasgo en casi todos sus poemas. Sus razones tendrán, pero yo no las comprendo, como no sea el deseo, consciente o no, de parecer más cosmopolitas que nadie, de diferenciarse de sus colegas hispanos. Porque no encuentro un motivo lógico para comenzar con mayúscula una palabra por el solo hecho de que comience un verso, cargándose así, de paso, la gramática y confundiendo a veces al lector. Por eso me sorprende que muchos traductores de poesía mantengan estas mayúsculas en su versiones al español. ¿Es que no saben que nuestra tradición no va por ahí? ¿Tendríamos entonces que poner todos los sustantivos con mayúscula cuando traducimos un poema del alemán? Al traducir un poema a nuestra lengua debemos introducir las características externas de nuestra poesía. Esto es algo elemental.

 

Los monosílabos ingleses

De todas las características de la lengua inglesa, la más significativa para un traductor de poesía quizá sea el hecho de que ese idioma posea una media de un ochenta por ciento de palabras monosilábicas en cualquier párrafo o página que escojamos. Si a esto unimos su carácter sintético y el pragmatismo y la simplificación de su gramática, tenemos en nuestras manos un instrumento preciso y demoledor, capaz de dar expresión a los intersticios más ocultos del pensamiento con un gasto mínimo de léxico. En manos de un poeta, la lengua inglesa se llena de matices infinitos que a duras penas pueden expresarse en otros idiomas. Los traductores muchas veces tienen que recurrir a perífrasis que no siempre completan el significado o que afean la expresión, y otras veces intentan una interpretación del original que resuma la idea básica. En ambos casos, sin embargo, al traductor de poesía no queda satisfecho. 

¿Qué puede hacer entonces un traductor con los monosílabos ingleses? Con una lengua expansiva como la castellana no se puede hacer mucho, la verdad. Algunos traductores han intentado utilizar un cierto laconismo expresivo que falsea el estilo original, pues la impresión que causa al lector que lee la traducción no es la misma que causa al que lee el texto original. Solo queda la posibilidad de utilizar un castellano que sea sintético y de realizar una elección muy precisa de palabras que lleven dentro de sí el significado más amplio posible. De esta forma no se falsea el original inglés, pues el lector español está acostumbrado a un estilo expansivo propio de su lengua, que habría que contener un poco para evitar que las frases queden demasiado largas. Pocas veces, en fin, nos encontraremos con una traducción más corta que el original como en el caso de «Ser o no ser» («To be or not to be»).