-Tú has escrito, a propósito de Vallejo, que los maestros nos dan siempre una lección de angustia radical, y que esto es una moral…
-En el caso de Vallejo es muy visible. Vallejo vivió en carne viva, yo diría que tuvo el coraje de vivir en carne viva, que es exactamente lo contrario de lo que ocurre con la mayor parte de los seres humanos. Llega un momento en que el horror al sufrimiento nos hace descargarnos de nuestra infancia y nuestra adolescencia, incluso arrojarlas fuera de nosotros, prescindir de ellas para siempre, y convertirnos en lo que se suele llamar adultos. Creo que al artista, si algo lo diferencia del que no lo es -además del dominio de la técnica-, es esa disposición ética para conservar la inocencia y el horror de la infancia y no transigir nunca con las trampas de la madurez.
-Te he oído muchas veces hablar de lujuria expresiva. ¿Con esto quieres decir que hay, ahora y siempre, un lenguaje poético que se queda en seco, exquisito?
-Yo creo que, cuando suelo usar la expresión lujuria expresiva, no soy preciso, matemáticamente preciso. La palabra lujuria, según el Diccionario de la Real Academia, tiene que ver con vicio y tiene cierta connotación más o menos deshonesta, y no es esto lo que yo quiero mencionar cuando hablo de lujuria expresiva, aunque quizás también algo. ¿Sabes qué pasa?, que las palabras, como todos sabemos, no tienen sinónimos. Las palabras son autónomas. Obviamente, alguien que tiene lujuria expresiva es alguien que tiene afán de comunicarse. Para mí, lujuria expresiva tiene Vallejo cuando rompe el castellano como a hachazos, la tiene Antonio Machado cuando busca por debajo del misterio de la superficie de la piel de las palabras -allí donde palpitan-, la tiene Paco de Lucía cuando, insatisfecho con toda la riquísima herencia del flamenco, reinventa un lenguaje flamenco…, a eso llamo lujuria expresiva. A la desazón, a la ansiedad creadoras.
-Siempre que leo Las Rubáiyatas de Horacio Martín me pregunto algo: ¿Con qué cantidad de desnudez, de dolor o de furia es imprescindible que se acerque un poeta a la palabra para merecerla?
-Bueno, obviamente ese es el mejor libro de cuantos yo he escrito. Yo creo que va en proporción directa la cantidad de inocencia y de dolor, o de memoria del dolor, de que parta un artista con la cantidad de fuerza expresiva que consiga al contar esa inocencia y ese dolor y ese terror. Pero agregaría un elemento más que está casi incluido en la palabra inocencia: autenticidad. Creo que una criatura cuyo oficio o actividad es artística, dicho con todas las comillas necesarias, y que no esté habitando en lo más profundo de su autenticidad -lo que no quiere decir de la moral, de la bondad, sino de su autenticidad- es muy difícil que haga algo interesante para él o para los demás. Creo, de verdad, que no es casual que a muchos poetas les vengan etapas en que no puedan escribir, se merecen esas etapas de dolor, de silencio, de desconcierto. No es casual que a veces escribamos mal, por debajo de nuestras propias posibilidades, y no solamente por falta de técnica o por falta de ambición expresiva, sino por falta de autenticidad. Cuando uno tiene autenticidad y una técnica más o menos dominada, da lo más hondo de sí mismo. Quizás la diferencia entre un genio y un miembro de la infantería de la literatura no sea más que un porcentaje mayor de autenticidad, de desgarramiento, de desvalimiento, de orfandad, de despojamiento… de acuerdo con la fatalidad, de amistad con la fatalidad.
-Pienso que en todas tus páginas, tanto poéticas como en prosa, hay un rasgo que sobresale por encima de casi todos y es la mirada compasiva y emocionada sobre ti y sobre los otros…
-Sí, pero fíjate, yo creo que, en líneas generales, casi toda mi vida he estado escribiendo de esa manera llena de compasión e incluso de autopiedad. Y no considero que eso sea falso, pero me parece incompleto. A estas alturas de mi vida me estoy dando cuenta de que he venido ocultando durante mucho tiempo emociones hostiles, emociones agresivas, emociones violentas, incluso crueles, de mí mismo, y de que quizás en lo que me quede de vida, que ya no es demasiado tampoco, lo que tenga que hacer, también con mucha humildad, es aceptar que dentro de mí hay una gran cantidad de crueldad, de odio, de violencia, de resentimiento… y darle salida. Por omisión he mentido mucho. Como todo el mundo. No mostraba mi odio. Solo contadas veces.
-Esto se aprecia en Las Rubáiyatas de Horacio Martín, por ejemplo.
-Y no es casual que sea mi mejor libro. Y se ve también en Memoria del flamenco, y no es casual que sean buenos libros los dos.
-Has dicho, en un artículo publicado en El País, sobre Pablo del Águila, que a la poesía última le falta emoción y subjetividad.
-Hombre, yo no querría generalizar. Pero, desde luego, entre los poetas de cuarenta años hacia abajo, ha habido muchas aventuras de la palabra, muchas aventuras estéticas. También muchas mafias, muchas pequeñas mafias de poder, incluso pequeñitas mafias de poder, lo cual es ridículo. Y ocurre que recientemente se está teorizando de nuevo sobre lo que se llama poesía de la experiencia como una conquista de estos últimos años de la poesía española. Lo que prueba que ha habido unos cuantos años un poco perdidos en los que la experiencia no contaba en el poema. La poesía de la experiencia es algo posiblemente tan antiguo como la poesía misma. En cualquier caso, la rama más importante de la poesía española, la que arrancaría de Jorge Manrique, ya es poesía de la experiencia, siempre lo ha sido. Ha habido unos años de demasiada frivolidad en muchos poetas jóvenes, de ninguna manera en todos; demasiada complacencia, autocomplacencia por ser artista, por ser poeta, y ahora así como en la propia comunidad española está habiendo un regreso hacia la reflexión -porque parece que sin ciertos valores mínimos no vamos a ninguna parte- hay un montón de poetas jóvenes que está regresando a las viejas solicitaciones del poema, a contar de nuevo lo que realmente obsesiona a una criatura humana cuando está sola o cuando está pensando en alguien también solitario; a pensar en la muerte, a pensar en el paso del tiempo, a pensar en el amor. Este es un vaivén que viene cumpliendo el arte de siempre. De vez en cuando se reencuentra. Yo creo que estamos en una etapa de reencuentro.
-Hace unos meses, como introducción a tus últimos sonetos publicados en Cuadernos Hispanoamericanos, leí algo que me produjo una especie de escalofrío: «lo terrible de las rupturas amorosas no es solo que vacían de contenido el futuro, sino que vacían también el pasado».
-Esto no sé si lo habré leído alguna vez en algún sitio y lo he olvidado. Me cuesta creer que haya sido yo el primero en hacer una reflexión sobre algo que le ha ocurrido a todo el mundo. Pero, en cualquier caso, haya sido dicho de un modo o de otro, por escrito o en una música de Chopin, por ejemplo, creo que lo temible de las separaciones amorosas no es que vacíen momentáneamente el presente y el futuro, sino que convierten lo vivido en algo roto, fragmentado, casi fantasmal y, finalmente, ilusorio, casi inexistente. Esto es lo que la conciencia no puede soportar (aunque finalmente lo soporta, es prodigioso). Yo creo que esa es la razón por la que hay una relación tan estrecha entre la separación amorosa y el sentimiento de la muerte. Esto lo han dicho muchos poetas antes que yo, muchos artistas. Pero, sobre todo, ha sido expuesto muy seriamente, muy rigurosamente, por un psicoanalista austriaco, Igor Caruso, en un libro llamado La separación de los amantes, y cuyo tema es ese, la relación estrecha entre la separación amorosa y el conocimiento profundo del sentimiento de la muerte; y yo creo que ese sentimiento de la muerte se apoya fundamentalmente en eso: en el hecho de que una separación amorosa vacía de sentido y de apetencias el presente, convierte en ilegible, en ininteligible el futuro -repito que momentáneamente-; pero sobre todo llena de silencio el pasado. Como si hubiese una goma de borrar que lo borrase todo y resultase que de repente todo hubiese sido una farsa, una mentira, un sueño del que se despierta y se encuentra uno absolutamente solo. Esto es atroz. Todo el mundo lo sabe.
-¿Tú piensas que de verdad el odio es el más espléndido escalón de la escalera que suben juntos los amantes?
-Los especialistas en estas cuestiones de las emociones, psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, llaman el duelo a un proceso, a una etapa, que va desde el instante mismo de la separación hasta el momento en que la separación ya no duele, se convierte en experiencia y a veces hasta en sabiduría. Ese duelo, esa etapa de duelo, dura más o menos según la estructura psicológica de cada individuo, pero en cualquier caso tiene una duración, no suele ser eterna. Una de las etapas de ese duelo es el odio. El odio es un instante en que ya se ha iniciado la liberación de uno mismo con respecto al dolor de la ausencia del otro y, a la vez, se ha iniciado la resistencia a dejar de sufrir. Mientras se sufre, el amante no ha perdido del todo su amor. Por eso se resiste a sufrir y se resiste, entre otras cosas, mediante el odio. Pero, finalmente, hay que ser humildes y hay que reconocer que ni con el odio, ni con la nostalgia, ni con la obcecación se puede conservar lo que ya se ha decretado a sí mismo como acabado.
-¿Qué piensas que hay en el fondo de esta especie que es capaz de ser cruel del modo más increíble y a la par tierna y generosa de un modo conmovedor?
-El horror a la muerte, el horror al paso del tiempo, la certidumbre de que estamos aquí en un universo que parece que suena a inmortalidad y saber que somos mortales. Yo creo que de ahí nacen las religiones, el amor, la necesidad de paternidad, las drogas, de ahí nacen las artes. Yo creo que todo son corazas que nos inventamos contra el horror de morir.
-A este extenuado guerrero, ¿de qué le sirven sus duraderas cicatrices amorosas?
-Pues ahora, yo creo que ya para nada. En su momento, me sirvieron para escribir algún libro interesante. Me sirvieron para tener una buena salud psicológica con que poder disponer de mí de nuevo. Pero ahora quizás no me sirvan más que para poder escribir sobre ellas, contarlas. Yo diría que para escarmiento de quienes me lean. ¿Recuerdas a Kafka hablando del hígado picoteado de Prometeo?: «La herida se cerró, cansada».
Félix Grande nació en Mérida (Badajoz) en 1937. Su infancia y adolescencia transcurren en Tomelloso, Ciudad Real. Desde 1961 trabaja en Cuadernos Hispanoamericanos, revista donde, tras haber sido sucesivamente secretario y redactor-jefe, desempeña actualmente la dirección.
Obtuvo en 1964 el Premio Adonais con su libro Las piedras. Posteriormente le fueron otorgados los premios Guipúzcoa de Poesía por Música amenazada (1965); Casa de las Américas por Blanco Spirituals (1967), y Nacional de Poesía por Las Rubáiyàtas de Horacio Martín (1978), considerado por la crítica como su mejor libro.
Su poesía reunida, Biografía, ha conocido varias ediciones progresivamente aumentadas, hasta llegar a la definitiva (Barcelona, Anthropos, 1989). Más tarde, ha publicado una serie de catorce sonetos, Daena, bajo la rúbrica de Horacio Martín (Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 498, Madrid, septiembre de 1991).
En el ámbito ensayístico destacan, entre otros, sus libros: Memoria del flamenco (2 vols., Madrid, Espasa-Calpe, 1980, Premio Nacional de Flamencología), Elogio de la libertad (Madrid, Espasa-Calpe, 1984), Doce artistas y un dios (Madrid, Taurus, 1986), La calumnia (Madrid, Mondadori, 1987), García Lorca y el flamenco (Madrid, Mondadori, 1992) y Agenda flamenca (Madrid, Mondadori, 1992).


