Recomendaba don Antonio Machado: «Sabe esperar, aguarda que la marea fluya». Pocas veces, a lo largo de la historia del arte, se ha podido hallar un consejo tan sabio como ese. Sospecho que incluso hay que ser algo sabio para poder seguirlo. Lo que nos recomienda don Antonio en ese alejandrino es que le demos al poema -al poema escrito y al poema que es vivir- su tiempo para madurar, que dejemos que las palabras y la vida puedan cumplir con sus leyes internas para que el uno alcance su veracidad y la otra su majestad y su silencio. Nos aconseja don Antonio, en ese verso de apariencia sencilla (¡oh sencillez de lo imperecedero!), primero, que vivamos de manera oceánica, hasta que nuestra vida se constituya en emoción; después, que reposemos la emoción hasta que se transforme en experiencia, hasta que al mar le llegue, natural, su marea. Tal vez, también, que dejemos vagar, reflexionar, a la experiencia, hasta que emerja un día, madura y lazarilla, hecha carne de canción y canción de la carne, al otro borde del olvido. Solo entonces, tras ese laborioso proceso de paciencia y rumor, de tiempo misterioso y de fidelidad a la inmortalidad de lo pasado, los recuerdos alcanzarán a ser escalones para vivir, y el poema preñará las palabras y nacerá el conocimiento. Eso es, creo, lo que nos dice don Antonio en ese alejandrino. Eso es lo que nos dice la inmensidad de toda su poesía: recordemos que ella se apoya en dos etapas de la lentitud: la intimidad, la temporalidad. El secreto de la grandeza de Machado contiene esas etapas, y la genialidad las junta. Y esa juntura es la mano fraternal y enigmática que nos acaricia la cara cuando leemos sus páginas. Y esa mano de impetuosa, pudorosa ternura, y de pudorosa e impetuosa sabiduría, nos ayuda a vivir, nos hace algo mejor de lo que éramos, nos muestra la honda condición revolucionaria que habita en el consuelo.
Porque Machado nos consuela. Y en esa actividad sacerdotal, nutricia, filial y compasiva habita su genialidad. Y su modernidad. No la modernidad de las vanguardias literarias. Cuando hay mayor fortuna, las vanguardias se limitan a agregar unas briznas al manantial eterno de la expresión poética, que es firme y es vieja y es delgada como la estirpe de los juncos. Un discípulo alto de Machado, y por lo tanto maestro mío, ha escrito que el lenguaje, como las emociones, viene de una fuente remota del sentir colectivo. Que lo más nuestro -la emoción y el lenguaje- es una herencia. Que aquello que más nos constituye y que mejor dibuja nuestro rostro, aquello que articula y da sentido a los fragmentos de nuestra identidad, es, en su raíz más honda, el resultado de una deuda que siempre tenemos contraída con nuestra especie y con el tiempo. Que, en fin, casi todo aquello que somos lo debemos de un modo inexorable, maravilloso y puntual, y que una vida o un poema que ignoren la riqueza que habita en esa deuda y la deuda profunda en que consiste esa riqueza no alcanzarán ni el esplendor de la humildad ni la modestia de la plenitud. Como la vida, el arte debe tanto que es rico inmensamente. De esa deuda no suelen hacerse cargo las vanguardias. Como los seres atolondrados, las vanguardias suponen a menudo que todo lo sucedido ya ha acabado, que es posible partir de cero y que el futuro solo a ellas, solo a ellos, les dará la razón. Es una especie de parricidio estético o moral, (pues a menudo es también un parricidio histórico y moral, y suele convertirse en inmoral y ahistórico) que puede ensangrentar la vida y que puede desangrar al poema. En la literatura, las vanguardias dejan a veces algo nuevo, e incluso algo vivo, que se agrega al fluir subterráneo y callado de las palabras de la tribu. Pero otras veces las vanguardias son poco más que flor de un día, dejan pétalos muertos, un vago olor de moda rota, un arrítmico y lejano sonido de vanidad e intemperancia; y el sueño vanguardista por excelencia, el sueño de alcanzar la originalidad, acaba resultando tan pesado, que se confunde con la muerte, y que al final lo es. Porque es muerte todo aquello que no se mueve, y muchas veces el frenesí de la velocidad no es sino el ruido de una petrificación que se agrieta y que se disuelve.
La originalidad es otra cosa. Durante muchos años, durante muchos críticos, no se pensó que la poesía de don Antonio tuviera originalidad. Se reputaba de más original al brillo -e inclusive al afeite, al maquillaje- que a la respiración, al ritmo, al sistema arterial de la poesía, por donde van la sangre de los siglos y el tiempo de la especie. Parecía original un adjetivo intempestivo, una imagen cuantiosa o una metáfora insolente, y se solía cometer la penosa insolencia de no advertir la originalidad de pintar una silla, una silla común. Por ejemplo: la triste silla de Van Gogh. Miramos esa silla que nos conmueve y nos consuela con indecible desconsuelo, y advertimos súbitamente que es la misma emoción y el mismo consuelo que hemos sentido encontrando con don Antonio una ramita florecida que reinventa la vida desde la penumbra y la humildad de un olmo seco. ¿Cuántos olmos hubo mirado don Antonio hasta llegar a descubrir que en uno de ellos, seco, enjuto, habitaban la vida, la poesía, la paciencia y la inmortalidad? ¿Cuánto tiempo aguardó mientras miraba los campos y los olmos, hasta ver, desde el fondo remoto de la mirada de la especie, que esa ramita era la vida y que, por tanto, un rostro puede ser el mapa del mundo, y que una hora puede llegar a ser el apellido de la eternidad? Fluyen la vida y la marea, y el hombre sabio va aprendiendo lentamente a esperar. Y cuando ya ha aprendido («Sabe esperar, aguarda que la marea fluya), fluye desde él hacia nosotros la originalidad, la doble originalidad del que nos muestra lo que tiene de milagroso el ver a la vida en la vida, y nos muestra a la vez que esa mirada es la mirada que ve desde el origen, desde el fondo del vértigo callado y compasivo de los siglos.
Félix Grande (Mérida, 1937-Madrid, 2014), referencia fundamental de la poesía española del último medio siglo, es uno de los poetas contemporáneos que más fervor y confianza tiene en el lenguaje y en las formas heredadas de nuestra tradición poética, incluyendo en ella, de pleno derecho, la copla flamenca, cuyo dramatismo nutre su poesía, tan visceral y tierna, que expresa como pocas ese magma de las emociones primordiales de nuestra especie, donde se entreveran el amor, la piedad, el miedo, el vértigo de la memoria y el coraje de vivir. Desde los dos hasta los veinte años vivió en Tomelloso (Ciudad Real). Ejerció diversos oficios hasta que en 1961 entró a formar parte de Cuadernos Hispanoamericanos, en donde trabajó durante treinta y cinco años, trece de ellos como director.
Entre sus libros de poemas, destacan: Las piedras (Premio Adonais, 1964), Blanco Spirituals (Premio Casa de las Américas, Cuba, 1967) y Las rubáiyatas de Horacio Martín (Premio Nacional de Poesía, 1978). Biografia 1958-2010 (Galaxia Gutenberg/Circulo de Lectores, 2010) recoge su poesía completa hasta la fecha. Libro de familia (Visor, Madrid, 2011) fue su última entrega. Autor de numerosos libros de relatos y de ensayos literarios, ha escrito además importantes obras sobre el cante jondo como Memoria del flamenco (Premio Nacional de Flamencología, 1979), llevando a cabo en este terreno diversas
ediciones discográficas.
Su autobiografía La balada del abuelo Palancas (2003) obtuvo el Premio Extremadura a la Creación. En 2004 se le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas y en 2005, la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha.
Con este artículo, extraído de La vida breve (1994), Palimpsesto rinde homenaje a su memoria en el 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado, uno de sus maestros.


