Una casa en el agua
El mediodía es tan alto como nosotros.
La luz hace visibles las raíces del agua,
el oro de las flores en la víspera de las abejas.
En el recogimiento de las frutas
hay un silencio roto: su alma es una gota
suspendida en lo alto.
El tejado que oscila,
la luz que parpadea en los cristales,
su claridad azul; la puerta que se abre
hacia un silencio extremo, devastador.
Aún hay alguien que vive en esta casa
reflejada en el agua,
alguien ensordecido por el lento gotear de las hojas.
Las dos acacias
Entre estas dos acacias que se miran
ha de pasar la tarde.
He elegido este sitio para mi corazón,
esta raíz oscura de manzano,
a orillas de este río al que me acerco
como todos los días.
Junto al agua que ya me reconoce,
que ya estaba aquí antes,
que me ofrece de nuevo este silencio,
casi todo interior.
Estoy aquí, sentado, preparando un paisaje
sólo para mis ojos, buscando en las canciones
que ya apenas distingo de los pájaros
una razón distinta. Diciéndome a mí mismo
que en los alrededores de la vida
aún puede oírse a veces
el crecimiento silencioso de la maleza.
Es un lugar sencillo, un paisaje de una única línea.
Es al atardecer cuando las cosas
recuperan la imagen
que vive en nuestros ojos en la piedad de un sueño.
Mi alma crece ahora por lados
que he sabido mantener en secreto,
por estas pocas ramas que he podado sin ruido.
Entre una sombra y otra,
entre estas dos acacias que se miran,
pasarán otras sombras,
seguirá oscureciendo hasta el instante
en que la misma densidad de la noche
sea una forma de luz,
el principio de algo.
La ventana
El aire es una hoja en el umbral de una casa.
Aquí, donde ahora estamos,
un silencio se confunde con otro
y una puerta con otra.
En medio de esta calle,
la luz de una ventana nos protege del miedo,
pero no nos protege de la vida.
A lo lejos se oyen los vagidos
de todos los lugares que no son de este mundo,
el zureo de las aves encerradas
en el triángulo de Dios.
Detrás de la ventana,
mientras recoge a solas los restos de la mesa,
una mujer vigila en la penumbra el sueño de su hijo.
La mantienen despierta las palomas
y el trabajo del cielo,
el crepitar de un fuego que aún es sólo ceniza.
A veces, cuando mira a la calle,
una llama de aceite la dibuja
con un cuenco en las manos,
con la sombra en los labios de la plata
de una palabra antigua.
Su silencio es un rostro sobre un paño de lino.
Otro rostro que en mitad de la noche se atenúa,
se vuelve imperceptible,
de la propia sustancia del aliento.
La oscuridad, me dices,
de la misma manera que la mano de una mujer hebrea,
esconde casi siempre una hoja de olivo,
el anillo dorado de un bazar.
Los dos estamos lejos;
el frío, en la ciudad, hace precipitarse a las estrellas
Los años
Cuando nos quedan sólo
el débil jaspeado de unas nubes gregarias
y el asilo del cielo,
sólo la luz naranja de las cancelaciones.
Cuando nos confiamos al orden de los sueños
y cuando compartimos la memoria
de todos los lugares que nos fueron propicios.
Cuando pasas ahora sin mojarte
bajo los arcos de la lluvia
mientras yo, envejecido, dejo caer mis manos
sobre la larga noche de las sílabas.
Cuando de nuevo a solas,
palabra con palabra y piedra a piedra
levantamos un muro contra el pájaro
que nos cuenta los días,
¿quién se desliza a oscuras por las habitaciones?
¿Quién abre los armarios? ¿Quién oculto
detrás de nuestras cosas
va minado tus ojos, consumiendo
el tacto de tus manos?
¿Qué le importa a la muerte nuestra pequeña paz?
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), ha publicado los siguientes libros de poesía: A este lado del alba (Adonais, Madrid, 1984), Los bosques interiores (1993, 2ª ed. Amarú, Salamanca 2002), La mirada apacible (Pre-Textos, Valencia, 1996), Al final de la tarde (Calambur, Madrid, 1998), y el libro de poemas en prosa El cielo de las cosas (Editora Regional de Extremadura, Badajoz, 2000).
Accésit de los premios Adonais y Gil de Biedma, finalista del Premio Nacional, ha sido incluido en diversas antologías poéticas y ha colaborado en revistas literarias nacionales y extranjeras. Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas. Dirige el Aula Literaria “José María Valverde” de Cáceres.


