Me duele el espacio inevitable,
el paso que va detrás de otro;
la medida, el tamaño, la secuencia.
Lo lineal me duele.
Y me duele lo redondo
si tengo todos los días que olvidarme
de que podría flotar en el hueco de la esfera.
Esposada la mente a un punto del espacio
cada segundo se convierte en una llave.
Te quiero con una fuerza que no me había conocido; la de agarrarme a la vida, tal vez. La de irme pariendo poco a poco entre tus manos.
Te quiero por el miedo que tengo a decir me quiero, a hacerme el amor a mí sin tener que desdoblarme. A encontrar la unidad que no alcanzaré nunca. Cuando follo contigo somos dos y lo comprendo; cuando lo hago conmigo soy dos y no lo entiendo, porque entonces me convierto en imagen y espejo a la vez, y violento las leyes de la física y de la metafísica.
Te quiero, pues, en un acto de egolatría que roza el sacrilegio. Pero tu amor me calla la mente y permanezco tranquila, a salvo del peligro de convertirme en mi propio dios.
Me dijeron que nací el 24 de febrero de 1966 y no he tenido más remedio que creérmelo. De lo que sí me acuerdo es de que iba a la escuela de mi pueblo, La Rinconada (Sevilla), y de que después hice BUP y COU en el I. B. Miguel de Mañara, donde empecé a conocer y a interesarme por la lengua de griegos y romanos. Supongo que por eso decidí licenciarme en Filología Clásica y actualmente enseño latín en el I. B. Trafalgar de Barbate (Cádiz).
Sé que esa formación está detrás de cada texto, igual que se adivinaba en los que me publicó en su n.º 1 la revista de creación y ensayo Ritmo de viento.


