Y siempre es hoy

Así, de pronto, supe que
tengo una garza herida en las dos alas
dentro del corazón.
Con sus dos alas rotas
no puede alzarse, pero vive.
Me es útil. Añora el agua. Por ella
a veces lloro largo rato, a ver si cree
que tiene cerca el mar.
No le he visto el color, pero la siento
de un leve gris. Le canto
para que duerma y nunca
duerme, recordándome cosas.
Con sus plumas me susurra:
«Hoy es día de amar
y siempre es hoy».
Otras veces me dice
que un búho huérfano y enfermo
aconseja a los hombres
que besan sin amor a las muchachas.
Por ella
no conozco el rencor.
El pajarillo herido, acurrucado
en mi tibio rincón
no puede alzarse, pero ama,
y me transmite su amoroso tiempo.

De G.H. (1962)

 

Es fácil olvidar la dicha

Ser feliz es como vivir al día;
suena la dicha
dentro del corazón
igual que música.
Pero se gasta. No deja
ni un sonido amable.
Es fácil olvidarla.
Sin embargo, la pena…
es otra cosa.
Asible y fuerte.
¿Alguien puede zafarse de su abrazo?
Resulta ser como la tumba;
se entra
en su interior y no se sale.
Es la casa de siempre. Hace
que seas cadáver
y doliente a un tiempo.
No vives ya y te lloras,
te reclamas sabiendo
que todo es tan inútil
como tratar de recordar la dicha.

De Gentes y cosas (1974)

 

Mínimo elogio para mí misma

A los que la conocen, digo:
Permítanme
este elogio por Georgina,
por su oficio de lámpara pequeña,
porque, dócil,
a tu capricho, vuelve
al primer día de amor sobre la tierra.

 

A modo de fortuna

Mis dos hijos, recuerden:
La Alevosa, Dueña del Sueño Artero,
no descansa en su acecho. Temo
no ser, de pronto, un día,
este amoroso animal del que son dueños
primeramente ustedes,
sucesivamente el arco iris,
las tardes como esta, el río,
los relámpagos…
Cuando
la que Juega Conmigo y Gana Siempre
llegue por fin, lloren con ganas.
He padecido
de amor irremediable hacia la vida.
Ahora, a modo de fortuna,
granos de sol y luna, entremezclados,
para el más bello atardecer les dejo.

 

El parto

He aquí que la cigüeña,
el patilargo pájaro de la mayor ventura,
desde hoy, acaba
sus funciones.
Mi realidad la deja sin empleo.
En el vasto salón
del fabuloso frío artificial,
acorralada
por el dolor más grande
y la más grande dicha por venir,
hago milagro.
La ciudadana de París recoge
su largo pico inútil, su bolsa maternal,
su historia, sus dos alas.
Ah, y su largo, su inventado viaje.
Prefiero el parto.

 

Carta a César Vallejo

César, a mis dos hijos
usted los tiene echados a perder.
Se comen el azúcar,
la derraman. Resultan
magos en eso
de desaparecer el chocolate;
la leche condensada dura menos
que un relámpago, y el cuarto
en que vivimos
es un montón de dulzura derramada.
Y yo, Vallejo, viéndolos
así, y al mismo tiempo, así, acordándome
de aquel poema suyo sobre cuando
se le hizo imprescindible
robar un poco –no recuerdo si de azúcar
o qué otra cosa por el estilo–. Digo, César,
cuando pienso en esos versos suyos
y los uno en la memoria al día
en que recibí una tremenda entrada de chancletazos
solo porque
se untaron mis dos manos con un poco
de la escasísima leche de mi casa.
César Vallejo, todos los recuerdos
los apretujo queriendo
hacer de este corazón una latente
gota de mermelada, un grano mínimo, sangrante
de caramelo, para
que mis dos hijos lo devoren.
En fin, Vallejo, no solo echa
usted a perder a mis chiquillos
sino que me transforma,
a pesar de los años,
en un montón pequeño de sustancias, dulcemente
a punto ya de deshacerse.

De Granos de sol y luna (1978)

 

África

Cuando yo te mencione
o siempre que seas nombrada en mi presencia
será para elogiarte.
Yo te cuido.
Junto a ti permanezco, como el pie
del más grande árbol.
Pienso
en las aguas de tus ríos y quedan
mis ojos lavados.
Este rostro, hecho
de tus raíces, vuélvese
espejo para que en él te veas.
En mi muñeca
vas como pulsa de oro
–tanto brillas–; suenas
como escogidos cauríes
para que nadie olvide que estás viva.
Todo sitio al que me dirijo
a ti me lleva.
Mi sed, mis hijos,
la tibia oleada que al amor me arrastra
tienen que ver contigo.
Esta delicia de si el viento suena
o cae la lluvia
o me doblegan los relámpagos,
igual.
Amo esos dioses
con historias así, como las mías:
yendo y viniendo
de la guerra al amor o lo contrario.
Puedes
cerrar tranquila en el descanso
los ojos, tenderte
un rato en paz.
Te cuido.

 

La pobreza ancestral

Pobrecitos que éramos en casa.
Tanto
que nunca hubo para los retratos;
los rostros y sucesos familiares
se perpetuaron en conversaciones.

 

Mañana última

En la habitación, de la que ha sido
dueña hasta ese día,
la instalan, como si fuese una extranjera.
Callada, como siempre,
está ahora
en la esquina más breve de su cuarto.
Con tanta luz como no tuvo nunca,
entre flores pobrísimas, entretiene
su obligatorio ocio, desde
una mañana hasta la otra
en que sin reverencias, sin adioses,
más callada que nunca
deja que la lleven a otro sitio,
distante del planeta
que con los hijos y el marido hizo…
Y así empezó mi asunto con la muerte.
Seguro que hubo amor,
pero escaseaba el tiempo de mostrarlo
y hacer que lo entendiera.
Y, a partir de ese día
todo fue ya inútil. Se hizo tarde
para sentarnos a hablar y conocernos
cuando yo fuese mayor y ella más vieja.

 

Retrato oral de la Victoria

Qué bisabuela mía esa Victoria.
Cimarroneándose y en bocabajos
pasó la vida.
Dicen
que me parezco a ella.

De Grande es el tiempo (1989)

Exhumación

No es impresionante,
es triste.
Es un poquito de basura
que una vez besaste y sabes
que hacerlo ahora no servirá de nada.
Una simple verdad: un montoncito
lamentable
de vértebras que saltan
de su lugar, que huyen,
se esconden y no puedes
hacer otra cosa que asombrarte.
No hay mimos, travesuras,
nada.
Lo otro, cuanto
ves en museos,
esos hallazgos impecables,
lavados
en exquisitas pócimas,
es un dibujo, una joyita,
un cuento
de caminos.

De  Gustadas sensaciones (1996)

 

Dios de mi casa y de mi sangre: Olofi

Familia negra en la que no hubo
mezcla alguna:
negros los ojos, la piel, el pelo duro;
y el alma, pura,
casi salvaje, porque
el origen era la selva.
Hablo de los que me antecedieron.
¡Qué pobreza de hogar!: en las paredes
solo un retrato. Colgaba un Cristo rubio,
impuesto
sobre la piel a quemaduras
desde quién sabe cuándo.
Y así, las cosas
no entran o entran mal.
Pero a ese pobre hubo que amarlo,
nos daba pena verlo
no sabiendo qué hacer: si bendecirnos,
morir de nuevo o huir.
Éramos, somos buenos, así que
casi por lástima lo aceptamos,
lo dejamos así, en su sitio eterno.
Pero en la sangre, a su albedrío,
frenando potros o soltándolos,
fundiendo soles, apretando lunas,
saliendo, entrando y, como el viento,
nunca tranquilo,
un solo rey universal: Olof.

 

El tigre y yo, durmiendo juntos

El tigre tuvo sueño,
se echa junto a mí, se duerme
como un regalo inusitado; tiendo
la mano y lo acaricio.
Dichosa es esta mano que se pierde
entre el dibujo de su piel.
Me arrimo aún más.
El tigre es tibio y manso. Pego
mi oído a su corazón.
Apenas late. ¿Cómo
puede ser tan pausado
el corazón del tigre?
Entre él y yo no hay selva,
tempestad ni miedo;
ninguna distancia nos separa.
Respira suave, huele
a cerezas el aliento
de este animal que amo y cuido.
Ahora se mueve; vuélvese
al otro lado, no despierta,
pero temo
que el sueño acabe.
No el del tigre, el mío.

 

Morirse es malo

Lo malo de la muerte es ese llanto,
no el de los que se quedan;
a esos, la misma vida
les devuelve la risa poco a poco.
Hablo de los que nunca ya.
Yo pude ver en sueños
lo malo que es morirse.
Te la pasas llorando todo ese tiempo,
todos cruzan llorando por tu lado,
nadie da consuelo
porque nadie lo tiene,
y pasamos sin ver a los que amamos
y ellos igual… sin vernos.
Nada de bienvenidas,
no se hacen preguntas,
la palabra es el llanto.
Llegas
a ese lugar que no se sabe dónde
queda ni lo que es,
ligera, como en vuelo,
sin venir de algún sitio
ni andar a otro,
ni estarse en paz,
llorando.
Así es la muerte:
sin besos, sin abrazos,
sin odio, sin amarse,
sin nada,
llorando todo el tiempo.

 

Supe cuando fui feliz

Yo supe
cuando fui feliz;
así que ahora
no me estrangulan diferentes soledades.
Yo fui una vez una muchacha hermosa
que anduvo con sus hijos:
una en los brazos, de la mano
el otro.
A veces los dejaba para verte,
para que fueras dueño de mi cuerpo.
Entonces, una mano mía
entre las tuyas se cerraba
y, no sé cómo, pero
ya habías puesto en ella
la llave del Universo.
Para decir qué era
busco y no encuentro las palabras.
Sé que sobre mi cabeza
se desplomaba la Osa Mayor,
la más pequeña, la mediana, todas.
Era mi felicidad.
Luego
regresaba a mis hijos
y todo era mucho más que la felicidad.
Esos momentos,
los fui guardando. Ahora,
al cabo de tanto tiempo, tanta ausencia
y tanto no sé ni cuántas cosas,
en las noches
lo toco todo en la memoria
como si estuviera bajo la almohada.

 

Muchas, muchas ventanas

En la casa que necesito para vivir
solo quiero una puerta
pero, muchas, muchas ventanas.
Para irme y llegar de cualquier sitio
con una puerta basta,
pero… ¿cómo
estar pendiente de la lluvia,
de lo que puede el viento,
del dibujo de luz que, a su capricho,
trazan
los relámpagos,
del pájaro que llega y se detiene
con mensajes-turquesas en sus alas?
Necesita mi casa
muchas,
muchas ventanas.

 

Oriki para las viejas negras de antes

En los velorios
o la hora en que el sueño era ese manto
que tapaba los ojos
ellas eran como libros fabulosos abiertos
en doradas páginas.
Las negras viejas, picos
de misteriosos pájaros,
contando
como en cantos lo que antes
había llegado a sus oídos.
Éramos, sin saberlo, dueñas
de toda la verdad oculta
en lo más profundo de la tierra.
Pero nosotras, las que ahora
debíamos ser ellas, fuimos
contestonas,
no supimos oír; tomamos
cursos de Filosofía,
no creímos.
Habíamos nacido demasiado cerca
de otro siglo. Solo
aprendimos a preguntarlo todo
y al final, estamos sin respuestas.
Ahora, en la cocina, el patio,
en cualquier sitio, alguien,
estoy segura, espera
que contemos lo que debimos aprender
Permanecemos silenciosas,
parecemos tristes
cotorras mudas.
No supimos
apoderarnos de la magia de contar
sencillamente
porque nuestros oídos se cerraron,
quedaron tercamente sordos
ante la gracia de oír.

 

Amiga amarga

El gris perenne
ya no le viene bien a nadie
en ningún sitio, tiempo ni suceso.
De vez en cuando
sé un poco azul, como el planeta
visto por los que viajan desde el cosmos,
y sé también
la luz rojiza que se aleja y vuelve
por las tardes;
o, tal vez morada, como el miedo…
y verde a veces, verdes distintos,
tiernos, intensos,
verde según lo que desde la tierra
hacia el espacio brote y crezca.
Surge después de la llovizna,
sé arcoíris
y nube, aunque si arrecia el viento
en él te enredes y hasta disuelvas.

De Gatos y liebres o Libro de las reconciliaciones (2009)

 

Hija buscando la risa de su madre

Si la encontrara,
conservaría la risa de mi madre. Paso
el tiempo buscándola y lo pierdo.
La risa tiene un ruido
como de fuego que no apaga nadie.
Por donde ando y busco está el silencio.
Orientada hacia el sol,
sobre su luz indago: un resplandor siquiera…
Obligada regreso hacia las sombras.
Hice un espacio en mi aorta, como urna;
en él preservaría algún momento
en que mi madre haya sonreído:
¿Sobre el fogón tal vez? ¿Con su destreza,
blanqueando entre la espuma
las diarias suciedades?
¿En sus escasos sueños? Quién lo sabe.
Tal vez, si hubiera fotos, encontrara
aunque fuera algo como una cruz
o una ironía
al centro o a un costado de sus labios.

De Gracias a la muerte (2016)

 

Autorretrato en tres variantes

1
Solo el rostro muy serio

No sé.
No sé tragar en seco, dar
vueltas alrededor de la verdad
hasta marearme
de mentiras.
No sé a qué saben
los buches amargos día a día,
ni sonreír
si no me llenan las ganas verdaderas.
Al parecer, no sé
vivir como los sabios.

2
Sentada y reflexiva

Me dicen: «canta», pero,
desafinada hasta el peligro,
no puedo ser zorzal ni alondra
ni jilguero. ¿Trino?
De nadie.
Me gusto así: legítima, apacible.
Para ser yo tengo esa mezcla
de jazmín, abeja y sol
en un disfrute
que inquiete a los demás
para guardarme y recordarme.

3
De pie, sonriendo

Terca seré tal vez, o vanidosa.
¿Quién lo sabe?
Pero me gusta ser quien soy,
lo que aparento.
Amo mi nombre; la hora
del día en que nací la beso
y bendigo, le agradezco
este gusto a ternura que pusieron
en mi boca, como dote
inusual, irrepetible.

Inédito, abril 2018

 

Último diciembre

Cerca, muy cerca ya de mí
tiene que andar «la que quisiera lejos».
Me siento frágil.
La novedad de un frío diferente
me hace temer.
¿Con miedo yo? Lo afronto, pero…
¿Dónde buscar refugio?
Y el pensamiento certero va
hasta mi madre,
aquel diciembre por primera vez, ya lejos.
Su vientre, su tibieza
desde entonces en su misión de amparo.
Aún yo por nacer
percibía
lo mismo que me envuelve ahora:
ruidos
de flor de Pascua, de amor cubriéndome.
No había temblor entonces
ni este miedo insistente.
sentí el gozo de un diciembre antiguo
desde el materno vientre.
Qué diferentes sensaciones. Si pudiera…
Pero ella no está. Cuanta distancia
desde entonces, en la primera vez del frío
de diciembre
hasta esta vez, al parecer, el último.
¿Estoy a la mitad de qué camino?
Dos veces huérfana: sin hijos y sin madre.
Es un momento intenso.
¿Hay que pedir perdón o darlo?
Sin dudas
está llegando el último diciembre.

Inédito, 17 noviembre 2019