De vez en cuando
camino al revés.
Es mi modo de recordar.
Si caminara solo hacia delante,
te podría contar
cómo es el olvido.
«Recuerdos» HUMBERTO AK’ABAL
De todos mis amigos escritores, Humberto fue el que me daba la mayor felicidad, por la calidez de su poesía, que me encantaba traducir, por su ternura, por su risa contagiosa (nunca me he reído tanto y tan a gusto como en su compañía), por sentirle cerca incluso cuando nos separaban miles de kilómetros. También por compartir su mundo conmigo: cuando me llevó a Momostenango, a principios de los años noventa, conocí a la gente y las cosas que pueblan sus poemas y cuentos: al abuelo, un sacerdote maya; a la madre, que sabía interpretar el murmullo de las hojas y el crepitar de la leña quemándose; a las muchachas lavando ropa en el río; al enano que tocaba el gran tambor en la orquesta del pueblo; a las gallinas, perros, tortugas, piedras, barrancos y caminos; incluso a alguno de los espantos malvados o traviesos que le interesaban sobremanera. Estuve allí, en Momostenango, cuando se enamoró de una bella y espabilada joven suiza, Nicole Bieri, quien adoptó el nombre maya Mayulí. La volví a ver muchos años después, en un recital de Humberto en St. Gallen, en 2014, cuando se publicó en Suiza su cuarto libro en alemán, y entonces conocí también a su hijo Yannik, Nakil en k’iche’, un chico listo y generoso, fascinado por la historia contemporánea y heredero del buen humor de su padre.
El período transcurrido entre aquel encuentro, en 1994, y el otro veinte años más tarde fue a veces tormentoso y amargo: al rechazar el Premio Nacional Miguel Ángel Asturias, Humberto recibió ataques y amenazas, por lo que decidió exiliarse con su familia en Suiza. Años después de su regreso volvieron a amenazarle, esta vez con secuestrar a su hijo en caso de que se negara a pagar un rescate. Por la impunidad reinante en Guatemala, no le quedó otra opción que sacar a Nakil y Mayulí del país. Desde entonces, la familia solo se veía ocasionalmente, cada vez que Humberto fuera invitado a dar recitales o talleres en Europa.
Para él, Momostenago seguía siendo el centro de su vida. Sin embargo, no glorificaba a su gente, como se ve claramente en varias estrofas del poema «Aguas negras –Sermón para Sordos–», que tiene, con cuatro páginas, una extensión extraordinaria para quien siempre supo expresarse lo más breve y lo más sencillo posible: «En este pueblo, / y siento rabia y vergüenza, / hay gente que sigue lamiendo/ las botas de los militares, / arrastrándose como sabandijas, / gente enferma de olvido: / ha visto correr la sangre / de sus hermanos, y aun así / le erige altares/ a los verdugos». Desde que empezó a escribir, la mayor preocupación de Humberto han sido los ritos, mitos, costumbres y tradiciones de su comunidad que iba entrelazando en sus versos, «con el miedo de que estas manifestaciones en el futuro ya no estarán más, que desaparecerán total o parcialmente o que como consecuencia de la evolución de los tiempos se modifiquen, aunque mi deseo más hondo es que ese futuro sea lo más remoto posible».
Siempre me ha sorprendido la actitud hostil de tantos escritores e intelectuales guatemaltecos hacia Humberto. No comprendían, o no querían comprender, que en su obra buscaba guardar la memoria de vivencias en peligro de extinción. En contra de lo que decían sus detractores nacionales, eso ha sido el motivo principal por el cual le apreciaban en tantos países de Europa, el Medio Oriente, Asia y América, ya que la lucha por la memoria como base y fuente de resistencia es y sigue siendo una preocupación colectiva frente al capitalismo destructor. Pero el grueso de sus compañeros de oficio en Guatemala se burlaba, con claros tintes racistas, de su atuendo maya, porque llevaba el pelo largo –en honor a su abuelo materno–, porque arrastraba una pierna –como secuela de la poliomielitis que había sufrido de niño– y porque insistía en expresarse en una lengua, el k’iche’, considerada inadecuada para la creación literaria. «El mundito literario de este país es un escorpionero», me escribió en octubre de 2009, «así que desde hace ya algunos años me he alejado de toda esa farándula, ando solo, me las arreglo solo y si no fuera por los amigos como tú, casi estoy condenado al mutismo». Cinco años más tarde me comunicó con alegría que «dos de mis libros fueron incluidos en las bibliotecas escolares que patrocina el Estado, y por eso viajé a varios pueblos de Guatemala para platicar con los niños, leerles mis poemas e invitarlos a la lectura, fueron días maravillosos, compartiéndolos con los chiquillos, con los maestros y los padres de familia».
Para mí, el tiempo compartido con Humberto, en nuestras andanzas por Suiza y Austria, viajando de ciudad a ciudad y de recital a recital durante una o dos semanas, me reafirmaba en una postura difícil de conservar en nuestro oficio, si no te puedes apoyar en otros: de ser fiel a sí mismo, no ceder a las presiones o tentaciones del mercado, rechazar lo que se suele llamar éxito o triunfo. Había otras prioridades. Recuerdo que en un viaje que hicimos en coche, de repente me pidió que parara, y se tiró en una pradera al lado de la carretera para sentir y recuperar la energía de la tierra. Fue una necesidad, no una pose para llamar la atención. Destacó, en el trato cotidiano, por su modestia y gentileza. Y por lo que ya he mencionado, el buen humor. A pesar de ser autodidacta, y además pobre, tenía amplios conocimientos de la cultura universal. Aprovechó los recitales para ir en las mañanas a los museos y las galerías de arte. El Centro Robert Walser, en Berna, nunca tuvo un visitante de tan lejos, y tan familiarizado con la obra del escritor suizo, como Humberto. Recuerdo que en Salzburgo casi perdimos el tren porque nos llevó tiempo copiar la Poesía Completa del italiano Tonino Guerra, cuya literatura se nutría de la misma materia que la suya, y porque insistió en ver el museo de Mozart. Me dio, con su propio ejemplo, la certeza de que las diferencias culturales no son barreras insuperables. Es decir, que ni él ni yo buscábamos los aspectos extraños o exóticos de una sociedad a primera vista diferente a las nuestras. Nos atraía la similitud. Llegamos a la conclusión de que los seres humanos, vivan donde vivan, tienen los mismos sentimientos y se emocionan por los mismos motivos. Somos iguales. Lo decía Humberto a propósito de sus experiencias en Japón, y lo pienso yo cada vez que me acuerdo del encuentro con su madre en Momostenango.
Una vez le llevé a Steyr, mi ciudad natal, para que conociera a la mía. Sobra decir que se entendían a la perfección a pesar de que Humberto no hablaba alemán ni mi madre ninguno de los idiomas que él dominaba (aparte del k’iche’ y del castellano, el francés y el italiano). Años más tarde, cuando ella ya había fallecido, escribí la historia de mi madre y del mundo desaparecido de su infancia. Este libro es de mi madre, lo titulé, y como modelo me servían los poemas coloquiales y anti-retóricos de Humberto: una crónica, la de una muchacha, de su familia, de una época en un pueblo remoto de provincias. En cuanto salió la traducción al castellano, fui a correos para enviarle un ejemplar a Humberto, como regalo de sorpresa, por gratitud y porque siempre me pedía, en sus mensajes, que saludara a mi madre de su parte. Al cabo de unas semanas le pregunté por mail si ya había recibido el libro. Me contestó con pena que mi envío no le llegaría nunca, «porque desgraciadamente en este país impera una corrupción asquerosa, y las oficinas de correos están paralizadas desde hace un año». Así que dimos por perdido el regalo hasta que un año más tarde recibí su acuse de recibo. «La única explicación que se me ocurre es que tu señora madre quería que yo tuviera su libro… Tú me lo dedicaste en España el 16-01-2017 y llegó hoy 16-01-2018, ¿no te parece increíble? […] Seguramente, tu madre, allá donde se encuentre, se estará riendo…».
En contra de lo que pensaban los envidiosos, Humberto y su familia sobrevivían a duras penas, y más aún durante su exilio suizo. Allí, en Le Locle, la patria chica de Mayulí, sufrió además de los inviernos largos y especialmente fríos. Sin embargo, fue capaz de reírse de sí mismo: «Si me vieras, mi piel es de color gris, como no tenemos sol, pues, imagínate, me estoy descolorando, tengo el color de una lagartija vieja; y sigue nevando, a mi derecha la ventana es blanquecina, la maquinaria que limpia las calles ya no puede raspar más, así que caminamos sobre hielo, nos mantenemos a 10 y 12 grados bajo cero, ahora mismo, mientras te escribo, tengo un pequeño calentador frente a mis pies, bueno, son toda una experiencia estos climas rudos…».
Estuve completamente de acuerdo con la propuesta del escritor austriaco Karl-Markus Gauss, hace ya muchos años, de otorgar el Premio Nobel de Literatura a Humberto Ak’abal. Por una vez hubiera sido una decisión justa y valiente. Además, con tal distinción se hubiera reconocido a todas las literaturas indígenas ninguneadas por los fanáticos de la globalización y del racismo. Sé que no es una compensación post mortem, ni nada parecido, pero el hecho de que le dedicaran este año la Feria Internacional del Libro de Guatemala –de la que me informó en su último mensaje, en diciembre de 2018– no le disgustaba.
Una de las aficiones de Humberto era coleccionar libros diminutos, del tamaño de una caja de cerillas, que guardaba en un estante de su casita en Momostenango. Me describió la reacción de su madre cuando se los mostró, «hubieras visto con qué ternura los tomó en sus manos y los acarició, le encantaron esas miniaturas e hizo 100.000 preguntas». Le tenía guardado un ejemplar del libro más pequeño del mundo –de hace décadas– que me había legado mi madre. Se lo quería dar la próxima vez que nos veríamos. Pero eso ya no va a pasar.
Ahora que repaso nuestra correspondencia, me doy cuenta de que la muerte no solo formaba parte de su poesía, sino que aparecía con frecuencia en sus pensamientos. Y no hablo de la falsa noticia difundida en octubre de 2000 por la revista estadounidense Harper’s Magazine, según la cual Humberto había fallecido en un accidente de tráfico. «Ya estoy más cerca de la tumba que de las aventuras», escribió en octubre de 2004 desde Le Locle, y en diciembre de 2012, al darme el pésame por la muerte de mi madre, desde Momostenango a Viena: «Tarde o temprano tendremos que dejar el espacio que ocupamos sobre la tierra, es verdad; sin embargo, el corazón lo siente de otro modo». Compartimos la sensación de que el camino de la literatura, o sea el acto de escribir, se nos iba haciendo cada vez más empinado. «Yo, como podrás suponer, sigo insistiendo, sigo escribiendo, neceando a pesar de los tropezones, las caídas y todo lo que conlleva este bello arte, pero es difícil dejarlo, ya no puedo, creo que me moriré escribiendo.»
Esta ha sido su frase favorita en k‘iche‘: Areta k’ulo ri kaj ka si’janta pa awi’. «Es una frase de despedida que se le dice a alguien muy querido».
Que el cielo florezca sobre tu cabeza, Humberto Ak’abal.
Erich Hackl (Steyr, Austria, 1954) realizó estudios de Filología Germánica e Hispánica en Salzburgo, Salamanca y Málaga. Fue lector de alemán en la Universidad Complutense de Madrid y profesor de español en la Universidad de Viena.
Ha traducido, entre otros autores, a Idea Vilariño, Rodolfo Walsh, Eduardo Galeano, Luis Fayad, Ana María Rodas y Humberto Ak’abal, del cual versionó tres libros: Trommel aus Stein (1998), Das Weinen des Jaguars (2005) Geistertanz (2014).
Miembro de la Academia Alemana de la Lengua y la Poesía, sus últimas publicaciones en España son: El lado vacío del corazón (2016), Este libro es de mi madre (2017), Como si un ángel (2019) y Los motivos de Aurora (2020).


