El jugador

Para mi abuelo, pese a todo

De sus tiempos de ampáyer, heredó la careta
y esa mala costumbre de tener la razón.
Andaba entre nosotros dando gritos,
esparciendo reproches con la vara en la mano
y no admitió jamás –que yo recuerde–
haberse equivocado.
Las tardes de domingo en el estadio
las trasladó sin más a la vida corriente:
se apostaba en el home de su ácido carácter
y sus ojos abrían surcos entre las ristras
de niños que jugaban
a apilar los tabiques en el jardín central.
El ruido de las gradas le destrozó el oído.
Nunca supo escuchar.
Se ponía intolerable. Escupía maldiciones
y hacía swing contra todos cuando lo refutaban.
La presión del Diamante, una bola certera
cutter, sinker, da igual–,
le trocaron en hielo la sangre de las venas.
(En alguna ocasión lo vi matar un perro:
«demasiados strikes», le dijo
y lo cosió a balazos).
Tuve siempre la idea de que en su cuerpo
el corazón era redondo y duro,
con un centro de caucho,
revestido por capas de hilo y piel,
que solo se agrietaba los días de Navidad,
cuando nos abrazaba,
cuando solía llorar a lágrima tendida
y parecía desnudo, más viejo y vulnerable
que una pelota vieja,
destripada en el aire por un buen bateador.
Pero me equivocaba. Tenía, a fin de cuentas,
un corazón mortal. Un infarto al miocardio,
como una bola rápida,
y la zona de strike quedó desprotegida.
Recuerdo haberlo visto tendido en esa cama:
ya no era el jugador.
Sin peto ni careta parecía sólo un hombre,
dormido, indefenso,
igual que un toro bravo
al que han tumbado en tierra por las astas.
No supo que lloré,
ni que desde pequeño
me cuestioné en silencio
si, llegada la hora,
acudirían las lágrimas.
No supo y no sabrá
que aquella fue también
la única ocasión
que pude ver su rostro.

 

Unas manos

Hay una foto tuya, abuelo, colgada en la pared de nuestra casa. Es una foto vieja de tus mejores años, de antes de conocernos. Montado en tu caballo de carreras –un moro enorme– pareces más pequeño, más delgado y cetrino de lo que yo recuerdo. La tensión de la rienda, el gesto doloroso del corcel, revelan, sin embargo, un pulso despiadado. Nada más inquietante que tus manos: la diestra contraída, sujetando con fuerza un cabo del ronzal, se sostiene en el aire con un dejo de agravio o de dureza; la siniestra, más blanda, descansa sobre el cuello nervioso del corcel y los dedos ambiguos se hunden entre las crines fingiendo o esbozando una caricia.

No sé si desde entonces nos dejabas saber de tus empresas. Pero podría jurar que esas manos ilustran la extraña dualidad de tu persona. En esa pose están tus días de arar el campo, de hacer brotar la vida con la misma paciencia que te vimos emplear, cuando al parir la perra, separaste las hembras de los machos, las llevaste en tus brazos a una piedra del patio y les partiste el cráneo golpeándolo en la roca. Está la habilidad con la que levantaste los muros de tu casa y esa rabia instintiva que nunca distinguió la angustia de los otros, los que íbamos contigo, bregando en la marea de tus tribulaciones. Porque aunque expertas, moldeadas en el yunque de una niñez truncada, de un padre aterrador (según comentan), no aprendieron jamás otro lenguaje que el rebenque, ni supieron de mimos o gestos cariñosos. Fueron manos pesadas que a veces dieron luz al dudoso revés de una caricia, para que se cumpliera la absurda predicción de una fotografía. Pues al mirarla bien, al hurgar en tus rasgos de hombre o de centauro, se distingue algo más que el perfil de unas manos: están la soledad y esa vaga clemencia que dibujaba a veces la incierta distinción de tu sonrisa.

 

Huérfanos

Me cuentan que tu padre, don Gaudencio, –a quien yo conocí por la perseverancia estricta de los genes– murió siendo muy joven: tú eras todavía un niño. Después siguió tu hermano, el primero en edad, el que robaba leña para sobrevivir y murió desangrado, en mitad de la nada, sorprendido in fraganti por la detonación de una escopeta. Te volviste el mayor; y quizá por lo mismo te obligaste a crecer, a tomar en tus hombros el peso abrumador de la familia. Trato de imaginar tu vida desde entonces: los días en la parcela bajo el rayo del sol, el llanto de tu madre por su hijo asesinado, los fantasma del hambre y el lento germinar del animal paterno en que te convertiste.

Porque siendo sinceros, fuiste padre de todos, incluso de ti mismo. Tus hermanos, tus hijos, encontraron en ti un mundo impenetrable, un hombre al que temer cuando entraba en la casa, cansado del jornal, oloroso a caballo y matas de café. Yo mismo, criado bajo tu imperio, un huérfano de padre igual que tú, aprendí a conocer el peso de tu mano, a sortear tus rigores, tus palabras punzantes cuando hablabas tendido sobre mi bastardía, cuando me recordabas, con un gesto mordaz, que estaba condenado a muchas cosas. No todo fue tan malo. Pero siendo sinceros otra vez: fuiste un padre terrible (quizá todos los padres sean terribles). Nada hay que reprochar: por una vez el fin justifica los medios.

Y sin embargo, abuelo, se me olvida una cosa: tú no podías ser padre. Cierto es que nos criaste, nos diste tu apellido, pero en el fondo nunca dejé de ser bastardo ni fue menos severa la orfandad de los otros, los que tú procuraste. Piénsalo: tú no podías ser padre porque nunca aprendiste lo que era ser un hijo, porque es ley que los huérfanos engendren otros huérfanos. Nuestra historia en común se basa en este punto.

 

Caballos

«Esta tarde, Dios habla
en los saltos del río
para nombrarme caballos
que todavía yo recuerdo.»
           Héctor Viel Temperley

Mi abuelo también tuvo caballos.
Caballos de carreras y de carga.
Caballos taciturnos
que pastaban al raso
resignados o tristes.
En sus flancos robustos no se insinuaban alas:
eran bestias sencillas
y tenían en los muslos
–grabada a hierro y lumbre–
la inicial de su dueño.
Pasaron por mi casa
como pasan las cosas que no importan,
como algo que se ignora
o existe solamente cuando lo necesitan.
Anduvieron con tiento, sin otra vocación
de la crin a la cola
que cargar en su espalda
nuestro propio cansancio,
nuestra preocupación esparcida en los fardos
de leña o de café.
Fueron sombras difusas,
reflejos a su modo de otras sombras mayores,
como lo fue mi madre, como lo fue mi abuela,
como lo fuimos todos
los que echamos raíces
entre los paredones de esa casa.
Y me llega de lejos el recuerdo más vivo
de una yegua alazana
que tenía por costumbre bañarse en la laguna.
Sus ojos simulaban mundos desvencijados
pero era tierna y dócil y andaba a pasos cortos
seguida de un potrillo.
No he olvidado su nombre
porque con él me vienen ecos de mi pasado,
cuando andaba perdido entre las caballadas,
cuando montaba al pelo y desde las alturas
parecía más pequeña la angustia de mi madre,
más pequeño ese mundo cargado de pesares
donde hombres y caballos
marchaban a la zaga de mi abuelo,
heridos de algún modo
pero sin comprender la razón de la herida.
Hubo también caballos diestros en las carreras
de cuyas fuertes patas
salieron los soportes de mi casa.
Caballos que un buen día se volvieron de aire,
de ese aire liviano de los sueños
que suelen emigrar sin dejar rastro.
Y cuando pienso en ellos,
vendidos a otros hombres,
arrojados de golpe en una tierra extraña,
me da por inventar
que continúan conmigo
que allá, en otro espacio,
volvemos nuevamente hasta ese lago
y sus aguas tranquilas
yo me baño otra vez con los caballos.

 

Ha crecido un papayo en la cisterna

Ha crecido un papayo en la cisterna.
Sus raíces, aún breves,
sujetas a un resquicio del cemento,
han preferido el vértigo a la tierra.
Con la gracia encarnada del acróbata
arquea el pequeño tronco hacia las nubes,
despliega por el muro su follaje incipiente
como si desdoblara un verde parasol.
Al verlo suspendido, arraigado en el hueco
que se abre entre la tierra y la cantera,
imagino el misterio de su origen,
la historia extraordinaria de una semilla inquieta
que algún hombre plantó sin advertirlo.
No sé si me equivoco
–puede ser que ese origen sea sencillo y trivial–,
pero yo he visto en él más de una semejanza,
descubierto en sus ramas mi propia concepción,
la historia de mi madre
cultivando en su vientre
otra semilla errante,
otro árbol vulnerable de dudosa raíz.
Ha crecido un papayo en la cisterna.
Pronto vendrá mi abuelo y al mirarlo
no notará otra cosa que daños venideros.
Dirá que su raigambre,
como un temblor de tierra,
socavará los cantos,
conmoverá la obra hasta el cimiento.
Poco valdrá decirle alguna cosa:
su voluntad es firme e insalvable.
Lo miraré arrancarlo,
reírse si le digo
que también me recuerda
mi cuerpo suspendido entre el mundo y la casa;
lo arrancará de golpe, imponiéndose a todo.
Y en ello encontraré otra semejanza.

 


Mayco Osiris Ruiz (Xalapa, Veracruz, 1988) estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Ha publicado en revistas como Luvina, Literal: Latin American Voices, Cuadrivio y La palabra y el hombre. Es autor de El revés de esta luz (Premio Nacional de Poesía Joven Alejandro Aura, 2014).
Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.