Avanza igual que nube
«Todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa.»
LUIS CERNUDA
En la duna no hay dioses ni plegarias.
Dormida, se abre en brazos de la muerte,
más cóncava cuanto más empuja el sol
su curva eterna.
Solo unos juncos silvestres
le han ganado la batalla,
melena al viento;
un viento que agita con usura este penacho
desplazando a su antojo las arenas de cuarzo.
Materia fragmentaria,
flexible, etérea,
avanza igual que nube
hacia un mar latente.
Torrente en primavera
Adelfa rosa, amarga,
guardiana de las márgenes.
Vigía agridulce, combada hacia el abismo,
desde el pretil escrutas
poderosas corrientes.
Llegó la Primavera sin aviso
y te nació una rama cuajada de flores
que sueña sumergirse y nadar río abajo
hacia un país de arenas sin retorno,
pero tu brazo firme la retiene en lo alto
cuidando que no caiga confiada
y un remolino turbio la arrastre.
¡Tan largo viaje el que lleva a la muerte!
Aún no está preparada esta rama temprana.
Sálvala, tú que puedes, de adentrarse en las aguas.
Mundo subterráneo
«Hay otro mundo.
Hay otro mundo que está en la otra orilla del Leteo.
Esa orilla es la memoria.»
PASCAL QUIGNARD
Padre, padre, ¿dónde estás?,
¿tan profunda es la muerte que no te encuentro?
Me he internado en la caverna
venciendo todos los miedos
pero no te he hallado en la colada,
ni en la estalagmita altiva,
ni en las oquedades de la caliza.
Tú que amabas la luz de los campos dorados
y el canto de la chicharra
en el sopor caliente del verano,
¿qué has venido a buscar a estos recodos
donde reinan la humedad y la noche?
Al contacto con la roca
tu piel se ha vuelto verde, luminiscente,
y el compás de tu pecho es ahora el compás
de la gota de agua que cae al abismo.
Tú que amabas el viento escondido en los chopos
y el olor dulzón de la higuera silvestre,
¿qué corredores de aire viniste a buscar?,
¿qué amargos frutos del subsuelo te alimentan?
Tu aliento es la cabrita que se aferra
y asustada busca una arista a la que saltar.
Una sima profunda, un precipicio la aguardan.
El juego aún no ha terminado
y antes de despeñarte finalmente a la nada
la muerte te ofrece otra oportunidad entre tinieblas.
Interior de manantial
Sumérgete. Bucea.
Difuminemos la distancia exacta
que nos separa de cada objeto,
la línea imaginaria entre dos puntos:
un yo y un otro
aparentemente lejanos,
aparentemente contradictorios.
Bajo las aguas las distancias dejan de ser reales
y se convierten en metáforas silenciosas.
Fuera se alza un mundo de precisión.
Dentro del manantial
es otro el equilibrio y el concepto de pureza.
La luz llega de arriba
–misteriosa, tibia–
y su haz de hilos temblorosos
hace brillar entre rocas
un corazón desnudo y navegable.
Hoja desnuda
Al caer la tarde hemos ido bajando
por el caminillo de los huertos
hasta el jardín de las chumberas
y allí he recogido una penca del suelo.
Un mundo fascinante se abre ante los ojos
cada vez que observamos la naturaleza.
La vida, en este caso, nos regala
sajaduras, cavernas, laberintos,
retículos esponjosos, sustancia adormecida.
La humedad fue abandonando la hoja
y dejando al aire su estructura,
un misterio que ahora se nos muestra
desguarnecido y frágil,
a la intemperie,
pero no exento de emoción.
Los senderos del bosque
Los senderos que van al bosque siempre se bifurcan.
Los senderos que van al bosque laten sin prisa.
El pulso del bosque es una cadencia lenta
y tu respiración, cuando te internas entre los troncos,
se va acoplando poco a poco a la suya,
hermanándose.
Los senderos que se adentran en el bosque
no sienten calor ni frío. Despliegan sus manos
y el bosque va plantando árboles en sus dedos extendidos.
Tú, en cambio, sientes calor cuando enredo mi lengua
en la tuya, cuando paso la yema de los dedos
por tu cuello, dibujando un riachuelo serpenteante.
Te agitas y me miras como cervatillo camuflado en la espesura.
Vamos dejando un rastro en el manto de hojas del otoño.
Una luz amarilla se eleva por los troncos
y va tornando el aire de ocre claro.
Cruje la hojarasca al compás de nuestros cuerpos.
Raíces, tierra, cortezas, ramas, copas, nubes.
Ladera arriba la respiración se va entrecortando,
inquieta por la masa vegetal que nos cobija.
Te asusta la niebla, intentas sortearla
igual que sorteas las ramas caídas que impiden
avanzar en línea recta.
Cada bosque es un temblor dilatado.
Cada bosque es el viento que se acurruca en sus ramas.
Cada bosque es un álbum familiar en que colgamos recuerdos.
Cada bosque es una ráfaga de luz colada
entre espesas copas,
un diálogo efímero con el misterio.
Coge tu palo de avellano y adéntrate sin miedo
en el corazón del bosque, donde más mullido es el musgo.
El tacto de la madera hará que aflore tu voz interior,
esa voz dormida en los últimos años.
Los anillos del tronco te hablarán de ti cada otoño.
Adentrarse en el bosque es adentrarse en uno mismo,
buscar una vida dentro de otra,
un anillo dentro de otro anillo.
hallar tu respiración en cada respiración latente.
Mercedes Escolano (Cádiz, 1964), licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz, es profesora de Lengua y Literatura Española en institutos de Enseñanzas Medias y ha traducido a numerosos poetas portugueses.
De 1986 a 1989 codirigió la revista de poesía Octaviana y, de 2006 a 2008, dirigió la colección de poesía Siete mares, dedicada a autores gaditanos.
Entre sus libros de poemas destacan: Las bacantes (1984), Felina calma y oleaje (1986), Estelas (1991), Malos tiempos (1997), –todos ellos integrados en Juegos reunidos (2006)– y Placeres y mentiras (2019).


