La primera noche

Con tu emoción albina,
mi sensación anfibia de vivir
en todas partes.

Hora de cenar,
el sonido del timbre imita un himno,
apareces vestida de todas las mujeres.
Humeante el hojaldre
como un recién nacido manual
de Historia con las páginas pegadas

y recordamos que hoy es dos mil uno:
las dos copas mirándose como torres gemelas
lo atestiguan. Pasa el peligro, bebes
con trago largo el vino rojo oscuro,
sangre sobre petróleo de Kuwait.

Redobla el funeral de la conciencia,
suena el reloj. Mil novecientos
setenta, medianoche.

Estos buñuelos de salmón salvaje
queman como el napalm en Indochina,
como el gatillo de los subfusiles
de Stalingrado, el gas mostaza en Ypres,
la artillería ronca de Sedán.

Vaivén del retrogusto,
buffet de las memorias,
somos Napoleón en Santa Elena,
el viento del Atlántico revuelve
victorias viejas. Poros dilatados,
rosetones, músculos distendidos,
contrafuertes. Maquiavelo aconseja
ser temido, mejor que ser amado.
Gestos de rímel, voces, simetría,
vientre formado solo por calor.
Monarcas de rodillas susurrando así sea.

Catorce, trece, doce, once, diez,
el tiempo es ese invento de los artificieros.
Edad oscura, imperio de un estímulo
que resiste a los persas,
que resiste a los tirios y troyanos
y se acerca a nacer
a tu creciente fértil.

Han descubierto el fuego. Rebuscas un mechero,
fumo pensando en ritos funerarios,
se agolpan las colillas como dioses usados.

A punto de decir, desanudas los labios
la noche antes del primer lenguaje.

Retrocedemos por la evolución,
la carne vuelta alas, luego escamas,
cuerpos mojados de habitar océanos,
reducidos a células,
a una ameba partida en dos, saciada.

Te despides. La Luna
procura separarse de la Tierra
y aquí me quedo, a oscuras,
cinco minutos antes del Big Bang,
mientras las primigenias
partículas de hidrógeno
meditan si juntarse,
si merece un esfuerzo ese entusiasmo.

 

Revisión

Aunque el dolor existe más allá del diagnóstico
y vivimos también sobre la música
recién cortada, voy a especialistas.
Quiero saber qué es esto que del pecho
se extiende hasta el costado, que incluso en ocasiones
me paraliza el brazo izquierdo.

El médico investiga mi dolencia,
le robo el aire a su consulta, ausculta
mi corazón, aspiro, espiro, quiero
decir que pare. Seguirán

presentándose estos síntomas
cuando yo sea tierra.
Dice incluso
que es muy común
este dolor del hombro
que da hasta las rodillas, que los hombres
que lo tuvieron fueron muchos. No
cabrían
en el hogar
que habito a todas horas.

Satisfecho el doctor en su escritorio
dará en caligrafías inclinadas
su resultado de la revisión
y escribirá su nombre.

Hay otra firma
para la causa de alargar mi vida.
Que llamen al siguiente. Enfermo a casa
me vuelvo, esclarecido. El duplicado
se quedó allí, el recibo de mi fiebre,
lo que han sacado en claro de lo oscuro
de mis entrañas largas. Y allí queda:

un folio al que hacen hueco otros papeles,
día de hoy con la insania de otros días,
dolor arrinconado entre otros tantos.

 

Agua corriente

Tanto arreglar grifos para ver correr el agua, el agua
que riegue tu simbología de las cosas que perecen, el agua
que preste agua a tu sed incalculable, el agua
que te ayude a mirarlo todo por vez primera,
como si no hubieras pestañeado jamás,
como si los objetos hubieran dejado de inventarse,
esperando, no ya ser hasta siempre, sino haber sido desde siempre, agua
para comunicar tus órganos, para limpiarte el cráneo y convencerte
de que no eres objeto ni lavabo y convencerte
de que tienes que cumplir tus días de hombre, agua
para beber, para procurarte una eternidad,
como si ser eternos nos eximiese de ser torpes,
como si por ser eternos no se nos fueran
a estrellar los vasos de agua contra el suelo.

 


David Leo García (Málaga, 1988), licenciado en Filología Hispánica, disfrutó de una beca en la Fundación Antonio Gala de Córdoba en el curso 2007-2008. Actualmente reside en Barcelona, donde ha cursado estudios de ele, crupier, crítica, guion y realización de cine.

A los 17 años obtuvo el Premio Hiperión por Urbi et orbi (Madrid, 2006), ex aequo con Ben Clark, convirtiéndose en el premiado más joven de la historia del galardón. También es autor de Dime qué (Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad, DVD, Barcelona, 2011; RIL Editores, Chile, 2018) y Nueve meses sin lenguaje (Ultramarinos, Barcelona, 2018).