Selección, traducción y nota de Antonio Rivero Taravillo
Son las nueve de la noche
Son las nueve de la noche.
Los murciélagos se desvían del olor a vino
y con boca llena de ajo los nativos
hablan ininteligibles.
De mí, no cabe duda,
de mi pelado al rape y mi pana.
Las mujeres se refocilan en su preñez,
emborrachan de cariño a sus hijos
—¡prosperidad, prosperidad!—
a costa de la verdad.
Odio este país.
Odio la alegría, la locuacidad,
la compensación que se da a ciegos y tullidos:
vender cerillas y distribuir cupones,
lo absurdo de un pueblo
que vuelve a construir tras de la guerra
y espera otra;
y la policía,
la policía, los militares, por doquier
como ratas que dominan un montón de basura
cuando es demasiado tarde ya para los cuervos.
Se muere, el que adorna las monedas,
y será llorado,
pues ¿qué son los principios comparados
con vino barato y cigarrillos baratos?
Sobre cada pared y ventana
el rey ha escrito estas palabras:
“25 años de PAZ”.
Poema a Niall, con siete años
Siento que no permanezcas siempre
en el país de los nidos, el País de la Eterna Juventud,
un país de milagros bajo piedras,
un país de hormigas,
el país de los fantasmas rojos, un país intacto.
Pues el mundo te espera
con la paciencia de un zorro que vigila gallinas:
las gallinas blancas de tu joven mente,
una silvestre bandada
que escarba felizmente en un prado.
Si el amor capitanea tu corazón,
sé fuerte y con todo delicado:
un hermoso animal es el zorro rojo
pero son sus dientes despiadados.
Ten cuidado con él, mas no lo hieras:
sé dichoso pero sé duro.
Ahí estaré yo a pesar de la muerte,
pues la tinta habla, como habla el papel:
ahí estaré en el tiempo de la tristeza,
en el tiempo de la boda, el tiempo de la música:
ahí estaré cuando seas un muchacho
¡y tomaré cervezas contigo!
La liebre
Era un mundo verde.
Verdes pensamientos
se acurrucaban callados
en el prado de su mente.
El olor de una vaca, el olor de la leche,
el crecer de las dulces raíces
bajo tierra.
Oyó un trueno.
El cielo cayó sobre su lomo,
el valle engulló el sol.
El mundo se apagó
como una cerilla un día de viento.
Brincó, dentro, su camada bajo el pelo vivo
de su vientre.
Tenía los ojos abiertos,
las heces de la muerte hiriendo
la alegría,
hiriendo la luz.
Perdóname, muchacha,
no tenía un cuchillo
para salvar a tus crías.
Perdóname.
El collar de los gorriones
A Mícheál Ó Ciarmahaic, poeta
Cuando yo era niño, hace ya mucho tiempo,
encontré un nido.
Los polluelos tenían plumas, eran grandes,
y chillaban.
Se alzaron, y descendieron
de nuevo en mi regazo,
sobre mí un collar de plumas
en la pradera mojada.
No era alguien yo, sino la rama de un árbol
o una pila de piedras,
pero hubo un gran prodigio que ignoraron
golpeando en mi regazo.
Fue el día en que descendió un arte
merecedor de honores:
y sus garras dejaron sobre mí heridas
de las que aún no me he curado.
La paciencia de un árbol
A Nuala
Un cuchillo le aguardaba en Londres
en un cajón en la oscuridad,
en un bolsillo en la oscuridad:
jugueteando,
haciendo malabarismos,
burlándose,
vio el fantasma del cuchillo.
Quemó el árbol del miedo
y fue allende el mar,
pero había un cuchillo esperándolo
en Londres
en una mano en la oscuridad,
en una pelea en la oscuridad.
El cuchillo estaba ante él,
y aunque era de metal la hoja
el mango lo había cortado la venganza de un árbol.
Supervivientes
A Niall
No existía Newcastle West,
sólo agua como una lámina de hojalata
lamiendo un nuevo estuario en las tierras altas.
En la niebla roja estaba el monte
de Knockfierna,
pero no había torre ni pináculo
sobre los pueblos del llano.
Una isla era cada municipio,
la humedad de aldeas sumergidas.
Permanecimos sin decir ni pío,
un gentío callado ante la tumba
de un hombre sin amigos.
Introduje mi rostro en ese agua
y vi en un áspero tapiz
todos los vestigios de mi infancia,
mi oca mi cerdo mi toro
flotaban en la verde gelatina:
añadí mi propio sudor al agua.
Vi los excrementos humanos
hinchados, flotando en derredor,
y en medio, pudriéndose,
con sus cuerpos ciegos y mudos,
a los míos y a mi madre
en el baile moroso de los muertos.
Un día oímos música,
la música de nuestra esperanza.
Encendimos hogueras en las cimas,
llenamos las tinajas.
Creímos oír la música de los vivos,
mas la niebla en la niebla no era más que niebla.
Carne de conejo y grasienta carne de tejón,
sopa hecha de acedera
harina de algas y miel de los árboles
habíamos preparado para el festín.
El viento nos trajo la música de los vivos,
mas la niebla en la niebla no era más que niebla.
Tal vez no había en la oscuridad
más que un salmón nadando en un campanario verde
que golpeaba su cola haciéndola repicar
hasta que llegó a nosotros su gemido.
No escuches más el mugido del llano:
la niebla en la niebla es sólo niebla.
Cayó sobre nosotros una noche antigua,
cayó sobre nosotros una noche antigua de nuevo:
como remotas forjas,
la débil luz de cada casa.
Cayó sobre nosotros el manto del desasosiego;
igual que una manzana puesta en leche,
el sol de mediodía.
Aumentó el peso de nuestras dificultades,
llovió fuertemente:
se plegaron los valles
como las patas de un caballo negro.
El silencio era como el corazón de una ciénaga;
sonó un pandero.
Una flecha abatió a un zarapito,
alguien edificó un fuerte.
Es un alba de hierbas nuestra época:
sólo tenemos semillas y experiencia,
de nuevo necesitamos un techo de paja y leña
pues están inservibles las máquinas.
Hay sal sobre los árboles,
el agua salada de las llanuras,
pero no somos barqueros
ni marinos.
La isla se iba haciendo taciturna
A Taffy
La isla se iba haciendo taciturna
y ese día decidió ponerse
su capa más opaca de tiempo gris.
Tus ojos estaban de idéntico humor
y decidieron no ser azules,
sino grises e incomprendidos.
Las más bellas esferas de la lluvia
enhebraron tu rostro como muchos collares.
Y después la isla decidió
enseñarnos todos sus símbolos
de la vida de los depredadores:
perro caza liebre,
la cual se detuvo y nos observó
en nuestra caza humana;
halcón y alondra
se elevaron para zarandear y batir sus alas
hasta que no supimos ya decir
cuál de ellos era halcón
y cuál alondra.
Abajo, calados hasta los huesos,
nuestras ropas y voces plomizas
con el resuelto
hablar intranscendente
de la voz del halcón o la del perro,
la mudez de las amadas liebre y alondra,
hicimos nuestros círculos alrededor uno del otro.
Al marcharnos, descubrimos en el borde de los farallones
coronas de plantas verdes en silencioso esplendor.
Yo había dicho, tal vez algún dios envíe otra mujer de verdad.
Algún dios oyó. Algún dios la envió.
Aquel beso de actor
Besé a mi padre en su cama en la clínica.
Con suelas soñolientas la enfermera
pasaba junto a viejos delirantes.
Siete décadas, dentro, en su cabeza,
congeladas, se iban derritiendo;
la gama del pintor sólo eran grises.
Aquel beso de actor cayó tan hondo
que no me trajo ecos deseados:
un único año eterno era la vida
en el caleidoscopio de sus ojos.
Me legó su amargura y su gran sed,
su fría forma de cerrar las puertas.
Después, bebiendo algo, me di cuenta:
aquel fue nuestro primer beso y el último.
muerto el 3 de octubre de 1984
En un abrir y cerrar de ojos
Veo el Lucero del Alba
a través del tragaluz de mi infancia
y cierro los ojos y durante cincuenta años sueño,
reviviendo cada revés, cada momento cumbre;
abro los ojos y ahí está el Lucero de la Tarde.
Y de pronto, anochece.
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En 1975, la escena poética irlandesa se vio sacudida por la publicación de un poemario titulado Farewell to English, en el que un poeta consagrado se despedía de la lengua en la que hasta entonces había publicado su obra para dedicarse a partir de ese momento a “cortejar la lengua de mi pueblo”: Michael Hartnett, el autor del poemario, se estaba refiriendo a la lengua irlandesa o gaélico, que aprendió en su Limerick natal. Sus siguientes entregas fueron, en efecto, en irlandés, y una selección de estos poemas formó la antología bilingüe A Necklace of Wrens (1988). Pero para entonces, Hartnett, consciente de las limitaciones que suponía expresarse en esa lengua, ya había vuelto a cultivar el verso inglés, al que permaneció fiel hasta su prematura muerte en 1999, a la edad de 58 años.
Como Brendan Behan o Flann O’Brien, por citar solo dos nombres de tantos compatriotas suyos que padecieron la misma suerte, Hartnett murió alcoholizado. En su juventud desempeñó los más diversos trabajos, y residió, también como muchos irlandeses, una temporada en Londres. Para fortuna nuestra, también pasó por España, donde aprendió la lengua y se vio atraído por la poesía de Lorca y San Juan de la Cruz, a quienes tradujo. También vertió al inglés la obra de tres grandes poetas gaélicos del siglo XVII, así como una antología de la principal poeta en esa lengua durante el último tercio del pasado siglo: Nuala Ní Dhomhnaill.
Hartnett, lo ha dicho Seamus Heaney, combina el atrevimiento de la vanguardia con la tradición nativa, y en su obra no hay concesiones al público. Añadiríamos que muchas de sus composiciones brotan de ese venero onírico y visionario nacional conocido como aisling que a veces linda con el surrealismo (véase “Supervivientes”), al tiempo que se percibe un naturalismo salvaje, muy
en la línea del Liam O’Flaherty de los relatos, como sucede en el poema “La liebre”. Las traducciones aquí presentadas, ordenadas cronológicamente, han sido vertidas directamente de los originales, y en algún caso, por fidelidad, se apartan de las versiones al inglés, un tanto libres, que el propio Hartnett hizo de sus poemas en irlandés.
Los poemas de Michael Hartnett, procedentes de los libros A Necklace of Wrens (1986) y Collected Poems (2001), aparecen por gentileza de los herederos del autor y de la editorial The Gallery Press, Loughcrew, Oldcastle, County Meath, Ireland.


