… Visto de frente, el Elefante1 plantado sobre sus cortas y burdas patas que no son más que una somera reconstrucción, tiene algo amenazador, impulsivo, casi transformado en jabalí a punto de atacar. Tras él, seis urnas cinerarias reposan en los nichos. Son todo el tesoro que defiende.
Hay que dejar hablar al silencio que solo rompe -o más bien subraya- el esporádico bordoneo de una mosca. Bajo la bóveda se percibe una frescura de cántaro y, a pesar de la asimetría con que está trazada, la cavidad evoca una rara estabilidad, una inercia que se hace patente en el espacio que rodea la escultura, de suerte que esta parece sostener, con invisibles pilares, las paredes de piedra, mientras se apoya imperturbable en el centro de un mandala, dominando el espacio con su estar inmóvil. Su lomo reproduce en positivo la concavidad del techo que lo cubre. Así, perfectamente encajado, «excavado» más que esculpido, sugiere un enorme embrión, un feto de piedra creciendo en el útero terreno, como un énfasis de la maternidad de la tierra que diese la razón a los sabios presocráticos al afirmar que las especies animales surgieron de la materia inanimada. Magnético, una fuerza inmanente parece concentrarse en su masa, la fuerza oculta del totem.
Tiene las orejas grandes. Su espina dorsal apenas se arquea. Es un elefante africano. Perdió sus patas verdaderas y los colmillos que seguro eran de quita y pon, tallados en marfil probablemente, o en alguna materia quizás no tan noble. Una mano desconocida, fanática, ansiosa de acabar con los ídolos, intentó romperlo y lo hizo por su parte más frágil: la trompa. La misma mano, tal vez ayudada por otras no menos fanáticas, dio con sus pedazos en el pozo de la tumba, tan cercano al ídolo, que era una verdadera tentación. En su fondo descansó durante siglos.
La presencia de un elefante en una tumba no es un hecho extraño por sí mismo. Como la tumba, el animal es un ser hermético, opaco. Toda comunicación con él es imaginaria, conjetural, sin alcanzar jamás la certeza; todo diálogo, una proyección personal. Ante esto no es extraño que el animal se convierta en el depositario de la angustia y la incertidumbre de la misma manera que una tumba es un espacio de incertidumbre. Asegurarnos la complicidad y la protección del animal; evocar la tumba como un lugar de transformaciones y de tránsito, incluso cuando esa transformación solo lleve a la disolución final, es una manera de conjurar el miedo que les tenemos -al animal y a la tumba-; ambos angustian una nebulosa región de nuestro ser; ambos establecen entre sí una secreta conexión: la tumba y el animal que se alza en medio de ella contemplándonos con un gesto petrificado.
Aunque el elefante nunca dejó de representar un papel exótico y fabuloso, era suficientemente conocido en el occidente antiguo, sobre todo como arma destinada a sembrar el desconcierto y el pánico. Griegos, cartagineses y romanos aprendieron a usarlo con bastante éxito.
Si bien Roma era consciente de la importancia del elefante -prueba de ello eran los embargos de elefantes que imponían a los vencidos-, pronto se dio cuenta de lo poco prácticos que resultaban en realidad. Bien conducidos eran pavorosos, inexorables, aplastantes, pero era jugar con fuego: igual que se lanzaban contra el enemigo podían huir asustados y aplastar a sus propios dueños. La mayoría de las veces no pasaban de ser un elemento sorpresa, un terror momentáneo que perdía efecto y se debilitaba de batalla en batalla en cuanto los hombres se acostumbraban a verlos. Como energía salvaje a medias sometida, a medias controlada, se asemejan a cualquier fuerza cósmica regida por leyes ocultas e imperativos sagrados. Desprovisto de utilidad bélica efectiva, una vez conjurado el horror que provocaba su mole, su fuerza amenazadora, el elefante llegó a convertirse en una atracción imprescindible en los juegos por su paradójica habilidad para los ejercicios malabares, los equilibrios, las danzas y las luchas con hombres y fieras. El impacto de sus proezas hizo que se llegaran a acuñar monedas y medallones con este motivo como las de Antonino Pío y el medallón de Gordiano III en cuyo reverso se ve el Coliseo con un elefante montado por un cornac presto a luchar contra un toro. Todavía a mediados del siglo XI, Constantino Monomaco, en Bizancio, tenía elefantes dedicados a tales juegos.
No existen rastros del elefante en el arte griego anterior al Helenismo, ni siquiera en los mitos. Es la expedición de Alejandro a la India la que inspira la leyenda del viaje de Dionisos a ese reino casi desconocido. A la vuelta del dios vencedor, el elefante se incorpora a su carro triunfal.
El arte de la Antigüedad se deja seducir por la significación emblemática del elefante; por su calidad de trofeo regio; de exvoto que celebra victorias. Incluso invoca su poder, su fuerza disuasoria y defensiva, su magia protectora, cincelando su cabeza en las corazas de los reyes. El poder, la ciudad, el país se vinculan al elefante, se expresan a través de él y los monarcas asocian sus propios nombres y perfiles a su figura en las monedas. Siria, Alejandría y otras ciudades africanas, toman el elefante como motivo numismático. También en Iberia lo encontramos inserto en la cara de una moneda. El continente africano se personificó en una mujer tocada con una cabeza de elefante cuya trompa curvada hacía las veces de cimera.
Para la simbología, el elefante y la realeza están conectados. Su relación va más allá del simple fasto cortesano, es una conexión simbólica mediante la cual el poder del rey divinizado busca un vehículo que lo exprese, un soporte que aguante todo su peso místico, un sustituto que muestre de manera tangible, pero metafórica, lo invisible… en resumen, un instrumento de epifanías. Si la divinidad delega en la realeza y la realeza en el elefante, este se convierte en el extremo inferior de un eje que conecta el cielo con la tierra, en el depositario ritual del poder celeste, un intermediario protector al cual se le piden bendiciones y, la bendición del cielo, como a veces sus maldiciones, siempre toma forma de lluvia. En esto se basa la relación que Asia establece entre el elefante, la lluvia y las cosechas. Pero esta relación no solo viene dada por la cadena conceptual dios-rey-elefante, sino por el propio aspecto del animal: denso, mórbido, gris… como las nubes, y así la nube es un elefante que vuela, el sagrado elefante blanco de las lluvias y, así, en la India, tras la lluvia, salen de los templos procesiones de elefantes.
Muchas son las explicaciones que se han propuesto sobre el elefante de esta tumba y ninguna resulta excluyente, como si un vínculo secreto las aglutinase enriqueciendo el símbolo. Totem, símbolo de eternidad, emblema heráldico, personificación de África, vida eterna y de ultratumba, recuerdo de los elefantes traídos por Massinissa en su batalla contra Escipión… Bendala Galán, en su libro La Necrópolis Romana de Carmona (Sevilla, 1976), considera que la presencia del elefante en una tumba es excepcional. De hecho asegura que el cuidadoso tratado de Cumont sobre simbología funeraria romana no lo recoge. En cambio Bendala cita una estela de Cartago en la que aparece el signo de Tanit y un elefante africano con un caduceo sobre la cabeza. Añadiremos que el caduceo es el atributo de Hermes y entre las funciones de este dios está la de Psicopompo, es decir: «el que guía las almas» al otro mundo.
Es verosímil que nuestro elefante sea uno de esos animales protectores que guardaban puertas de ciudades, palacios y tumbas, aunque este papel era desempeñado principalmente por el león, símbolo de triunfo sobre la muerte, de amplia difusión en el mundo oriental, el Egeo y también en Hispania.
Ocasionalmente encontramos elefantes en los relieves de algún sarcófago, pero sobre todo, como animal funerario, participaba en las pompas de consagración (consecratio) del Emperador muerto y divinizado por el Senado.
Asociado a la idea de eternidad lo encontramos en las monedas que acuñó el emperador Filipo en el 248. En estas monedas aparece un elefante montado por un indio y las leyendas Aeternitas Augg, Aeternitas Imper.
Eternidad imperial, eternidad divina, eternidad de la realeza como institución sagrada, eternidad de dios que maneja los ciclos de la vida… Cualquier contacto del elefante con la muerte es tangencial, oscuramente implícito en su simbolismo. Sin embargo, existe la creencia de que el elefante tiene conciencia de la muerte. Hay imágenes filmadas de elefantes revolviendo con la trompa los huesos de otros elefantes, rastreando con una mezcla de impaciencia y desolación el olor del pariente, del compañero, impreso en su memoria; «llorando» al muerto a su manera. Parece que este raro comportamiento, unido a la costumbre de los machos viejos a retirarse por parajes solitarios, dio origen al mito de los cementerios de elefantes tan febrilmente buscados por los exploradores visionarios en las novelas de aventuras.
Desde la Antigüedad hasta bien entrada la Edad Moderna, filósofos, humanistas, filólogos, han insistido en la longevidad del elefante atribuyéndole edades fabulosas de hasta trescientos años y ello con un escaso índice de natalidad: un solo hijo en toda su vida; lo cual es casi una norma entre los animales fabulosos, como si el descendiente no fuera otra cosa que un recipiente al cual transferir la esencia individual para asegurarse la inmortalidad.
Es evidente que ya solo por este rasgo de su contenido simbólico está justificada su colocación en la tumba, pero si aceptamos la teoría de Bendala de hallarnos en un santuario dedicado a los misterios de Attis y Cibeles, debemos profundizar más en el significado de este animal puesto que no se conoce, desde el punto de vista de los mitos, una relación directa entre el elefante y los Todopoderosos.
El único caso iconográfico en el que aparecen unidos el elefante y Cibeles es el sarcófago de San Lorenzo Extramuros, en Roma. Por sus relieves discurre una procesión de figuras que llevan en andas la imagen de la diosa acompañada por su consabida pareja de leones. Al otro lado de la cartela que divide la escena, cuatro elefantes tiran de un carro triunfal; pero una fractura de la piedra oculta para siempre la identidad de la persona o deidad que transporta ese carro.
Los tratados de simbología y los bestiarios moralizantes repiten hasta la decepción los mismos significados, casi todos bastante obvios, cuando en simbología, lo obvio resulta sospechoso de vaguedad, de conocimiento perdido o nunca descubierto y así, un símbolo tan fácilmente descifrado no parece otra cosa que un cofre cerrado cuya llave se ha perdido. En cambio, las mínimas diferencias, las fábulas, las pequeñas contradicciones que encontramos de una explicación a otra y sobre todo la reconversión, la adaptación a cada época pueden sernos de más utilidad que la simple enumeración de significados. Nos referimos, entre otras cosas, al uso que hacen los bestiarios medievales de este símbolo, ajustándolo a las necesidades moralizadoras del Cristianismo -religión mistérica al fin que por fuerza hubo de beber en las fuentes de creencias anteriores-, para lo cual no hacen otra cosa que añadir alguna alegoría nueva y sustituir nombres divinos. El símbolo, tanto si se revela como si se mantiene hermético, tiene el don de acumular analogías y conservarlas a través del tiempo y además, misteriosamente, sale al paso de aquellos que han de utilizarlo. Con cautela y sutileza podemos descubrir el rastro de Attis y Cibeles en el Cristianismo y viceversa.
Aparte de ser un símbolo de soberanía y eternidad como ya hemos apuntado, también lo es de castidad, piedad, sabiduría, fidelidad, fuerza, memoria. Todos ellos aplicables tanto a la doctrina de Cibeles y Attis como a la cristiana.
De la soberanía que el elefante representa hemos ofrecido algunas sugerencias en páginas anteriores. La participación del elefante en las liturgias públicas de la realeza debía ser lo suficientemente conocida en la cultura de la época como para que en algún momento, y aunque solo fuese de manera local, no se llegara a asociarlo con Cibeles, reina y madre de las bestias, y Attis, su consorte, soberano junto con ella de la salvaje fecundidad de la naturaleza. La obviedad de este significado lo servía en bandeja. Además, es muy probable que estos cultos llegaran a España por vía norteafricana, como argumenta Bendala en su libro.
Tanto si la Madre vino desde África como si llegó por otro camino, el tipo iconográfico de elefante más inmediato para el artífice de Carmo era el africano porque no solo tenía una tradición púnica en la que apoyarse sino que la principal y casi única proveedora de elefantes para Roma era África. Si lo tomó de un modelo vivo o de una moneda, o fue copia de una copia, o de su propia memoria, o fue el resultado de interpretar con milagrosa clarividencia una descripción oral, hasta el día de hoy no lo sabemos. Pero lo cierto es que «conocía» el animal que estaba esculpiendo; que remontando la torpeza técnica propia de un artesano de provincias que no estaba en absoluto familiarizado con los refinamientos de los centros cosmopolitas del arte, su elefante se parece verdaderamente a un elefante, sin vacilaciones ni conjeturas anatómicas.
En cuanto a la piedad, tenemos curiosos ejemplos consignados por diversos autores. Entre ellos, Plinio escribe: «Cuando brilla la luna nueva, los elefantes, según lo que oigo decir, provistos de alguna inteligencia natural y misteriosa, llevan ramas recién arrancadas de los bosques donde pastan, las elevan, y volviendo sus ojos al cielo las agitan suavemente como si dirigieran una plegaria a la diosa, a fin de volvérsela propicia y benévola». Y Brunetto Latini en Li Livres dou Tresor: «… sabed que tienen gran inteligencia, pues siguen la disciplina del sol y de la luna, igual que los hombres». Según otros, el elefante saluda al sol naciente y a la luna llena barritando con la trompa alzada. En el libro Hieroglyphica de Prieto Valeriano (s. XVI) puede contemplarse una viñeta en la que aparece un elefante mirando al sol con la leyenda Pietas.
Todos los ejemplos anteriores no son más que variaciones formales de una misma creencia: la supuesta adoración que el elefante rinde a los dos grandes astros del día y de la noche. No es necesario insistir sobre la identificación ‘luna’ = la diosa madre y ‘sol’ = dios padre, pues es un tema estudiado y argumentado hasta la saciedad.
En la Mauritania romana se consideraba animal sagrado de Helios, y como tal aparece bajo el signo solar en una moneda. El emperador Aureliano, que quiso imponer al Imperio el culto monoteísta al Dios-Sol, subió al Capitolio tras su triunfo precedido por un cortejo de veinte elefantes. Con el mismo motivo hizo acuñar monedas con elefantes en su reverso.
Los misterios de Attis incluían ritos de muerte y resurrección del Sol, identificado con el dios, es decir, del retorno de la energía vital. Uno de estos es el Natalis invicti, la Natividad, celebrado el 25 de diciembre, exactamente nueve meses después de la hierogamia de Cibeles y Attis, cuya fiesta tenía lugar el 25 de marzo y era precedida mítica y ritualmente por el sangriento autosacrificio de los adeptos.2
Volviendo a la Tumba del Elefante, parece ser que la ventana situada sobre la puerta del triclinio subterráneo estaba destinada a recoger los rayos del sol naciente y proyectarlos sobre determinados puntos de la cámara, indicando así el momento exacto de la parousia -la manifestación-; como ídolo inmaterial, luz convertida en transitorio objeto de adoración. A la vez, el Elefante, visto a través de la abertura que comunica el triclinio con la cámara adyacente, reforzaría el momento duplicando su significado místico y garantizando la eternidad del mismo, su permanencia entre los fieles porque, una vez borrado el efecto solar, la luz simbólica del animal consagrado al sol, seguiría irradiando desde la imagen3. Esta función de portador de la luz espiritual a veces se patentiza en la iconografía del elefante que mantiene un obelisco erecto sobre su lomo. En este caso, el obelisco es el rayo solar y se relaciona con los mitos de la ascensión del sol, de la luz como espíritu penetrante.
Por último, diremos que en una parábola del Bestiario de Cambridge, Jesucristo, Sol de los gnósticos, es equiparado a un joven y humilde elefante que, a pesar de su pequeña envergadura y escasas fuerzas, consigue sacar del atolladero a un grupo de elefantes viejos que representan a los profetas de la Antigua Ley4.
Las ideas de castidad y templanza unidas al elefante las encontramos -a través de apólogos y alegorías, de dudosas «observaciones», de simples dogmas moralizantes- repetidas una y otra vez en las zoologías semifantásticas de la Antigüedad, en los no menos fantásticos bestiarios góticos, en los tratados de emblemas y símbolos.
La castidad del elefante cuadra bien en el sistema cultual de Cibeles y su paredro. Paradójicamente, la pareja sagrada que debe garantizar que la máquina de la vida no se detenga ni un instante, exige y se autoexige la castidad como virtud suprema 5. Tal vez sea porque para la Diosa Madre, el sexo no es una opción personal sino una necesidad cósmica. Y tal vez también, ¿por qué no?, porque al haberse creado a sí misma, expresa de esta forma la no dependencia, el no compartir del todo con el macho la soberanía y la fuerza generatriz del universo a la vez que se guardan las apariencias en un mundo definido por el dualismo de los contrarios. ¿Por qué si no esa obstinada negación ante las acometidas sexuales de sus pretendientes? ¿Por qué en el origen del mundo, cuando se llamaba Gea, urde el maligno plan de castrar a su esposo? ¿Por qué en su epifanía efesia, entonces se llamaba Artemisa, se nos muestra bajo una repelente coraza de senos colgantes y su sexo y las formas que pudieran despertar el deseo, diluidas, desaparecidas, en forma de pilar que pretende ser vestido o estilización de la tierra poblada de criaturas? Hay en ella un deseo contradictorio de estar preñada continuamente y a la vez ser virgen.
El castigo y muerte de Attis, cuando aún era solo un mortal, tiene por causa el atentado de este contra la castidad, la búsqueda del placer cuando, embriagado, se entrega al exceso carnal. Esta conducta le provoca un enloquecedor sentimiento de culpa, que acaba en el delirio y la autoemasculación con el filo de una piedra, tras lo cual muere desangrado. Solo entonces, muerto, castrado, incapaz para siempre de ningún impulso erótico, es digno de desposar a la diosa (convenientemente resucitado, o al menos «conservado») y ser su último y definitivo consorte. Es evidente que lo que menos necesita la diosa de su marido es el falo. Lo que necesita de él es lo que representa y que ella no posee: el ciclo, la alternancia de la fecundidad; el orden rítmico de la vida: lujuria seguida de esterilidad, esterilidad seguida de lujuria; crecimiento y mengua y de nuevo crecimiento. La limpieza y renovación necesarias para que la naturaleza no muera asfixiada por su propia entropía. Por fin ha encontrado al amante que necesita, el que la deja en paz, el que no la cubre de continuo hasta el punto de impedirle parir lo que ha gestado; el que por su muerte y resurrección ha ganado el secreto del eterno retorno y conoce el tiempo de cada cosa y no se desborda en asaltos desesperados que solo engendran desorden y monstruos. El casto, es decir: el ordenado, es decir: el contrario al caos.
Que nosotros sepamos ni el falo ni su adoración forman parte del culto a Cibeles como no sea en forma de víctima. De los órganos viriles solo interesa su destrucción; hurtarlos al mundo físico para aniquilar su acción profana. El erotismo es una energía de la cual se alimentan ciertos dioses -incluso los más insospechados-, su derroche es un robo, una afrenta. La deidad que debe gestar continuamente la vida en todas sus formas necesita toda esa energía para sí, con una voracidad desmedida, insaciable. Al ofrecerle sus órganos sexuales, los adeptos firmaban un pacto irreversible de fidelidad; le juraban con sangre que, en adelante, ni la más pequeña gota de semen se derramaría fuera de su matriz sagrada. He ahí toda el hambre de castidad de la Diosa.
Decíamos que la castidad atribuida al elefante cuadra bien en el culto a los Todopoderosos.
«Existe un animal llamado elefante que carece de deseos de copular». Así comienza a hablar del elefante el Bestiario de Cambridge6. Tal es su inapetencia que para engendrar el único hijo que tendrán en su larga vida de trescientos años han de emprender un largo viaje a Oriente, a los orígenes, y buscar entre las ruinas del antiguo Paraíso el árbol de la mandrágora, comer su fruto tentador y solo entonces, iluminados repentinamente por el secreto de la procreación, ayuntarse por primera y única vez. ¿Podría alguien acusarlos de lascivia?
Parece que los elefantes fueron los únicos que, tras la diáspora del Pecado Original, seguían sin comprender el sentido exacto de la división en machos y hembras.
Los ejemplos de castidad e inocencia se multiplican en los escritos. Sería prolijo enumerarlos. La obsesión del elefante por la pureza lo convierte en vengador del adulterio según Aristóteles, y por supuesto en feroz enemigo del toro y del carnero, como representantes que son de la potencia sexual; del cerdo lujurioso y fanfarrón, o mejor del jabalí; del unicornio con su asta fálica reconstituyente medieval de penes en decadencia (que en realidad se trate del rinoceronte no lo hacía menos fabuloso a los ojos de los antiguos, ni su cuerpo menos indicado); del dragón infernal y la serpiente tentadora, perversa y fálica. Pero sin duda a quien más teme del mundo es al ratón, adversario que le sale al paso en el medievo, cuando a algún monje se le ocurre cargar sobre el menudo cuerpecillo del roedor la enorme responsabilidad de personificar al demonio en su aspecto fálico más repugnante y pecaminoso.
La lucha continúa más allá de la muerte porque el humo que desprenden la piel y los huesos quemados del elefante ahuyenta a dragones y serpientes; y la grasa, además de proteger el cuerpo del hombre de las asechanzas de aquellos, es el antídoto más eficaz contra la ponzoña.
Para terminar, evoquemos de nuevo esa vuelta de los elefantes al Paraíso, donde sigue fructificando secretamente la mandrágora. A cambio de la ignorancia sexual que los obligaba a volver, o como compensación de ella, conservaron la prodigiosa memoria del lugar de la felicidad primigenia, que siempre está al Oriente en todos los mitos, en el sitio por donde nace el sol, de la misma manera que en occidente se encuentran los confines de la tierra de los muertos. ¿Qué mejor ubicación que una tumba excavada en un punto del Occidente para nuestro Elefante, ahora luz del sol poniente en el extremo de un puente mítico?
1 El Elefante que da nombre a la tumba, fue esculpido en la piedra porosa del lugar. Mide 0,75 m. de alto por 0,83 m. de largo. La tumba, una de las más grandes de la Necrópolis Romana de Carmona (50 a. C. al 360 d.C.), es sin duda la más misteriosa y rica en contenidos simbólicos. Los cultos de Cibeles y Attis que en Carmona tuvieron por escenario esta tumba-santuario, se introdujeron en Roma en el 204 a.C., pero hasta el reinado de Claudio (41 d.C. 54 d.C.), no se extiende por el ámbito cultural romano, protegidos e impulsados por este emperador que quiso, mediante la difusión de las religiones mistéricas, cohesionar el Imperio revitalizando su espiritualidad.
2 La fiesta del Natalis… también era observada por los adeptos de Mitra. Los paralelismos con nuestra Navidad son evidentes. Por cierto que con pequeñas variaciones anuales en torno a la fecha de la hierogamia, el Cristianismo celebra la Semana Santa.
3 Un estudio amplio de la orientación de la Tumba y fechas significativas de los cultos con respecto a la incidencia de la luz solar se desarrolla en la citada obra de Bendala, tomo I, cap. IV.
4 Bestiario Medieval. Edición a cargo de Ignacio Malaxecheverría, Madrid, 1986, pp. 4-5.
5 Cibeles se había retirado bajo la forma de una piedra. Zeus sintió deseos de poseerla, pero ella le rechazó y el semen de este se derramó en la tierra. Del semen divino nació Agdistis, un ser andrógino que se jactaba de poderse fecundar a sí mismo. Los dioses, horrorizados por este ser, y molestos con su orgullo, decidieron castrarlo. Lo consiguen tras embriagarlo con la ayuda de Dionisos. De sus órganos masculinos cortados brotó un almendro (hay quien dice que un granado), del cual Nana, hija del río Sangario, cogió un fruto y lo guardó en su regazo. Quedó encinta y, pasado el tiempo necesario, parió a un niño, a quién llamó Attis. Abandonado al ser ilegítimo, fue alimentado por los animales. Cuando creció, Cibeles se enamoró de él por su gran belleza y le confió el cuidado de su templo a cambio de que guardase una permanente castidad. Pero un día, Attis falta a su voto. Acosado por el remordimiento, enloquece y se castra él mismo. Muere desangrado y Cibeles, compadecida, recoge el cadáver, lo lleva a su caverna y consigue de Zeus que el cuerpo de Attis jamás se corrompa. Convertido en su compañero, Attis es a un mismo tiempo un dios funerario y un dios de la fertilidad latente: su cuerpo incorrupto es como una semilla que espera bajo la tierra el momento de la eclosión; es una garantía del retorno de la vida. En otras versiones del mito varían algunos de los personajes implicados y se complican las intrigas amorosas, pero no cambian esencialmente el contenido del mito.
(6) Bestiario Medieval, op. cit., p. 3.
Antonio Calvo Laula nació en Carmona en 1960. Ha publicado, entre otros, los siguientes trabajos: Res naturae,Antonio Sosa, S/T, Fuego, Torre en la Torre, Nature morte avec voyeur gourmand, La tierra sitiada, A vista de pájaro, El numen, el totem, la diosa y Carmona, motor de sensaciones (en colaboración con Juan Fernández Lacomba). El presente ensayo es un extracto del capítulo «Aeternitas», que se incluye en un libro dedicado a los emblemas de Carmona de próxima publicación. Este libro se está escribiendo en colaboración con Juan Fernández Lacomba. Por razones de espacio, el autor ha suprimido la mayor parte de los comentarios a pie de página, las notas y las citas bibliográficas, excepto aquellas que resultan imprescindible para la comprensión del texto.



