El comedor

A la mesa se sientan los cuchillos
en orden riguroso, con modales
hoscos de padres desaparecidos.
La familia de moscas, bullidora,
ejerce el comedor, como un oficio
inútil, pero digno de su altura.
¡Las sillas son delgadas como hermanas
pero la mesa es ancha, como un padre
y hondos, los platos, como las abuelas!
Los tenedores tienden sus agudos
dientes y muerden como el perro al hueso
o como al pan que mira, desde el plato
con ojos de cordero degollado.
Las cucharas son cóncavas, igual
que tías hueras y el metal nos suena
como risa de primos, codiciosos
que entrechocaran mutuo ocultamiento.
¡Ah las lechugas verdes (niñas ágiles
de liviandades) son como sobrinas
de intenciones golosas y abren alas!
Y los cuchillos brillan como Dios
sobre la mesa, cuando cae sombra
y a paso tardo, el comedor avanza
como abuela hacia nieto ¡Y no lo alcanza!.

 

La queja

¡Mala cosa, Señor, mala cosecha!

Los bueyes aran, pero no relinchan.
Cantan los gallos, pero no rebuznan.
Las vacas mugen, sí, pero no graznan.
El sol alumbra, pero no da trigo.
Da la fuente su agua, pero el agua
no cría los corderos.
El perro ladra, sí, pero no mucho.
¡Da la abeja la miel, pero la miel
no alcanza para el potro!
Si llamo al lobo, el lobo viene pronto
El cardo se me allega si lo llamo.
Pero si llamo al buey, el buey no acude
ni apresura a la tierra su pezuña
y la hierba no asoma, aunque le grazne.
¡Zumba el moscón, pero no alumbra mucho!
La oveja trisca, no se zarandea.
Pica el zancudo, pero no hace llaga.
Sufre el hambriento, pero no se muere
Pero si dios no truena, el rayo muge
si el cielo no relincha, grazna el trueno.
Si no rebuzna el gallo, alumbra el ciervo
La muerte es loba, pero apenas muerde.
La vida es dura, pero dura poco.
¡Y el cielo muge, el trueno grazna! ¡el aire!

Mala madre es la tierra, pero es madre.

 

La necesidad

No hay nada más blasfemo que la sed.
Ni la lengua del fuego, ni el caballo
viudo de luz. ¿La yegua roja? ¿El rayo?
¿Es más de Dios el hambre que la sed?

¡Mirad la yegua roja en llamas! Ved
la luz en que se quemaría el gallo:
¡Ni el potro truena tanto, ni el caballo
relincha tanto cuando tiene sed!

La yegua es sed, vasija el potro, cuando
el padre no aguijó ninguna fuente.
¿De dónde bebe el potro, atrabacando

si ya la fuente es sed y la vertiente
le niega cierva al ciervo, ojo al enjambre?
¡Si Dios es potro, yegua será el hambre!

 

El consuelo

No para mí la miel de las abejas
ni el sol de las colmenas (mas los zánganos
habrán de gozar todos los racimos

de la corte

dispuestos para mostos prolongados
a la hora feliz de la codicia).
Ni zumba el sol, ni alumbra el ala riente

ni tampoco

el gozo del estambre ni las lumbres
me harán ala la sangre cuando zumbe
codiciosa la abeja sobre el cáliz

provechoso

(mas los zánganos gozan, las golosas
moscas rondan racimos regocijos)
¡Por mi madurarán los frutos vastos

de la envidia!

 

Cortejo

¡La luz aguda azuzará las yeguas
que sostienen el cielo con las ancas!
¡Se ayuntará a su potro la potranca
allá en el aire y no le dará tregua!
¡A rienda suelta, esbelta hacia otras leguas
la yegua, vuelta luz, se nos arranca
por donde el sol -caballo del estero-
con rayos le abre paso hacia el potrero.

 

Escena familiar II

En el abismo cruel del comedor
-conmovedora escena familiar
El almuerzo rencor. El pan: ¡mendrugo
Sobre la mesa muda de sentar!.
(Hermelinda, trae el jugo
Ay trae el jugo Hermelinda. Que está amarga
la sopa). ¡Y qué huevean!
Recóndita la hermana -oh Dios- alarga
la mano hacia el salero, lo voltea
de furia en el mantel! La madre larga
una mirada atroz.

Y cabecea

la tarde sobre las verduras. ¡Tarde
fue a parar la amargura del almuerzo!
Que ya no habrá -¡carajo!- quien nos guarde
el mendrugo infinito de perverso.
La hermana -bullanguera de orfanato-
hace sonar la sopa, con inverso
clarín ¡del hambre! ¿borbotón? Y al rato
la torcida moral de la cuchara
toca el abismo funeral del plato.
¿Y a persignarse, madre?. ¡Con qué cara!
Tiembla de furia la febril vajilla
en la cocina infame: ¡ruido agudo
que hace temblar el alma de las sillas!

¿Falta Alguien, mamá, en la mesa?: un nudo
infinito de nervios, tembladera.
¿Quién nos falta? –mi dios– Y un estornudo
se larga sobre la bandeja, etcétera.

Sobre el plato fulgente, merodea
una mosca acrobática. La hermana
la espanta y por los aires la voltea
con una servilleta franciscana.

¡Mamá por dios!. ¿No ves cómo nos zumba?
¿No ves cómo nos zumba, mamacita
esta mosca blasfemia de infinita?

¡Y al fin la mesa se nos vuelve tumba!.


Rafael Rubio (Santiago de Chile, 1975), hijo y nieto de poetas –Armando y Alberto–, es doctor en literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Ha publicado los libros de poemas: Arbolando (Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago 1998), Madrugador tardío (Ediciones del Temple, 2000) y Luz rabiosa (Camino del ciego Ediciones, 2007).
Obtuvo el Premio de Poesía Joven Armando Rubio (2001), mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (1996) y el Premio de Poesía Pablo Neruda (2008). Recibió las becas de la Fundación Pablo Neruda para integrar el taller de poesía dirigido por los poetas Floridor Pérez y Jaime Quezada en 1994 y de los talleres literarios de la Biblioteca Nacional de Chile, en 1997, dirigido por los poetas Raúl Zurita y Teresa Calderón.
Poemas suyos han sido incluidos en algunas antologías: 22 voces de la novísima poesía chilena (1994), 25 poetas, 25 años. Poesía para el siglo XXI (1996), Antología de la joven poesía chilena (1999) y Cantares (2004).
Actualmente trabaja como profesor de literatura en la Universidad Católica de
Chile y la Universidad Diego Portales.