Ismael equilibrista
Vives entre líneas, Ismael,
caminas sobre ellas,
las reconoces en cada sitio.
¿Recuerdas tu niñez
jugando a la geometría
mientras el resto de los primos
jugábamos futbol?
¿Recuerdas que caminabas
con los brazos abiertos
sobre la orilla de la banqueta?
¿Recuerdas que, ya de grande,
una línea del metro
te llevaba al trabajo
y que empezaste a trazar
largas líneas de cocaína
hasta volverte polvo la nariz?
Primo,
tengo la foto del día en que recorriste
la línea de la alfombra hacia el altar.
Hermano,
tengo la carne viva si recuerdo
las veces que intentaste suicidarte.
No olvido el día en que un cuchillo
te dibujó el abdomen,
ni la soga en tu cuello
perpendicular al piso.
Ismael, equilibrista,
cuántas veces he tocado
tu cabeza azotada contra las paredes,
cuántas veces te he escuchado
pedir a gritos que se te salga el diablo,
cuántas veces has leído las líneas de mi mano
para contarme el futuro.
Me confiesas, en medio del delirio,
que ves líneas en la frente de la abuela,
que es una cuerda floja la cordura.
Ismael, ayer soñé contigo:
pude verte, recostado,
nuevamente a la orilla del abismo
mientras una entrecortada y sonora línea
era tu ritmo cardíaco
en la sala de urgencias.
José Luis Rosales Domínguez
Murió a los treinta y tres,
como Cristo,
y era en verdad
el redentor de la familia.
Un mesías con uniforme,
con sobrepeso, calvo,
siempre dispuesto a servir,
a librarnos de las multas de tránsito,
a consolarnos las lágrimas.
Malhablado y feliz.
Tierno a su manera.
Fanático del baile y de sus hijos.
Me enseñó a defenderme con los puños,
a espejear en el coche,
a no patear a los perros,
a sostener una pistola,
a perdonar.
Algo se dijo en su entierro
de su desorden moral y alimenticio,
de su trabajo de policía,
de su malestar cardíaco,
de la marihuana.
Mi madre se arrojó sobre el ataúd,
en el hueco de tierra
que terminamos de cavar
minutos antes.
Lloré junto a ella la muerte de mi tío
y me sentí como debajo de una lluvia
que adelgazaba al aire
y le quitaba peso a mis pecados.
Tía Vero
Para Christopher y José Luis
Cada vez más delgada,
con el rostro cansado y amarillo,
con sus ojos pequeños de yegua adormecida,
llegó mi tía Verónica a los treinta y nueve
con un pedazo menos de intestino
y sin ovarios.
Fue la madrina a la que perseguíamos
la tropilla de pequeños potros;
nos enseñó el camino al establo
y a cabalgar sin silla.
Le debo el agua de alfalfa,
las historias de vaqueros,
la pasta dental para librarme del acné.
Me enseñó a atarme las agujetas,
y me limpiaba el alma
frotándome con un huevo y una mezcla
de leche con albahaca, ruda y santa maría.
Esa Verónica Reyes y su cola de caballo,
esa mujer viuda que una vez
tuvo en los brazos la fuerza de la tropilla,
hoy me deja y deja huérfanos dos hijos,
a los que me pidió hablarles del cielo.
Suena en el aire
el diáfano relincho de la muerte.
Abrazado a mis primos les confieso
que su madre es eterna
y que no se necesita el cielo
cuando del caballo se heredan las alas.
Litera
Debajo del sueño de mi hermano
crecía mi sueño.
A él, por ser el mayor,
le correspondía la cama de arriba;
a mí la otra, cerca del piso,
debajo de la cual guardábamos
cajas de zapatos y fotos.
Nuestros sueños ocurrían
a distintas horas, de maneras distintas:
el suyo era más aéreo,
más cercano al techo;
el mío agazapado,
temeroso a las alturas.
Soñábamos también el mar.
Éramos la tripulación de un barco
que sólo zarpaba de noche.
Él vigilaba desde el mástil
la tiniebla y la posibilidad
de tierra a la vista.
Yo izaba las velas,
dormía sobre cubierta,
tiraba el ancla al despertar.
Hoy duermo en una cama sencilla.
Mis sueños ya no se estrellan
contra la espalda de mi hermano;
siento que han ganado espacio
y no logro contenerlos.
Me acostumbré a dormir bajo su sueño.
El techo me queda lejos
y no lo alcanzo.
Christian Peña (Ciudad de México, 1985) fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, durante los periodos 2005-2006 y 2006-2007. Es autor de Lengua paterna (Ediciones Sin Nombre, 2009) y De todos lados las voces (Premio Nacional de Poetas Jóvenes Jaime Reyes, UACM, 2009). Obtuvo en 2009 el VIII Premio Nacional de Poesía Amado Nervo por el libro El síndrome de Tourette. Sus poemas forman parte del Anuario de Poesía 2006 (Fondo de Cultura Económica), así como de La luz que va dando nombre. Veinte años de poesía última en México (Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, 2007) y de la Muestra de Literatura Joven de México (Fundación para las Letras Mexicanas, 2008).


