El 18 de enero de 1993 se cumplen diez años de la muerte de Raúl Gustavo Aguirre. Rememoro la fecha ahora que la revista Palimpsesto publica una muestra de su obra, así como algunos testimonios y cartas que constituyen, hasta donde sé, el primer homenaje de una publicación española al querido amigo y notable poeta. Aguirre fue un creador admirable, un incesante difusor de los poemas y proposiciones teóricas de otros poetas de nuestra lengua y de lenguas extranjeras; fue también un crítico lúcido y perspicaz, un traductor reconocido, en fin, un corazón axial de la poesía argentina contemporánea cuya acción tuvo por especial ámbito las páginas de Poesía Buenos Aires, la revista que fundara en compañía de Edgar Bayley, Rodolfo Alonso, Jorge Enrique Móbili, Nicolás Espiro y otros. La bienhechora labor cumplida por el movimiento creado alrededor de esta revista durante la década de los cincuenta y parte de los sesenta ya forma parte de la historia literaria argentina.
Conocí personalmente a Raúl Gustavo Aguirre en Caracas, cuando asistió a un encuentro literario en 1976, y lo traté de cerca durante mi permanencia en Buenos Aires en 1978, si bien desde muchos años antes nos carteábamos y me eran familiares sus libros. Guardo un entrañable recuerdo de su presencia, del contagioso entusiasmo que su amistad comunicaba, de ese transparente deseo, siempre tan nítido en él, de verificar todos los actos de la vida a la luz de la poesía. No le arredraba la comprobación de que en nuestra época la estrella de la poesía atraviesa una fase de eclipse, un cono de sombra donde se oculta no sabemos por cuánto tiempo; guardaba bastante esperanza para llegar a arredrarse por ello, la esperanza de quienes saben ver bien y ver lejos.
Diez años después de su muerte su nombre es justicieramente reivindicado por los jóvenes creadores argentinos como el de un hermano mayor y un maestro. La cabal valoración de su obra, no obstante, dista de haberse cumplido. Entre las tendencias poéticas que han prosperado en Argentina se cuenta el auge de cierto radical intelectualismo. Quizá tenga su origen, aparte de las determinaciones que obran como ineludibles rasgos de nuestro tiempo, en la necesidad de contrarrestar el desenfreno emotivo, pero no ha atinado a conjurar los perjuicios opuestos, tales como la excesiva frialdad o la carencia de esa naturalidad que solo la emoción logra transmitirnos. Aguirre supo cuidar su palabra de tales desequilibrios y deslindó su propia senda, una senda donde se presta atención preferente a la vida, a la experiencia existencial. Se trata de una poesía hondamente humana en la que un hombre de nuestros días puede reconocerse a sí mismo, y de modo especial, del modo especial en que una ciudad habla a través de sus habitantes, el hombre de Buenos Aires.
En 1978 la editorial Monte Ávila publicó una Antología de sus poemas que él mismo preparó y cuidó, pues fue impresa en Buenos Aires. Años más tarde, en 1984, se imprimieron sus poemas póstumos bajo el título de La estrella fugaz. A una década de su muerte se echa en falta, sin embargo, no solo la publicación de importantes títulos inéditos como la voluminosa compilación de aforismos a la que puso por título Asteroides, sino una representativa selección de sus poemas que haga accesible su lectura en el ámbito de nuestra lengua.
Aguirre, amigo luminoso, poeta de la lúcida fraternidad y la cordial esperanza, vio siempre en la poesía una realidad prometeica cuyo fuego de verso en verso se propaga, alumbrando y dándole sentido al vasto mundo que circunda nuestra morada terrestre:
En las hermosas constelaciones reside la justicia.
La tierra sangra y miente, pero en vano:
pacientemente la rodean los astros
que solo se interesan en poesía.


