Traducción e introducción de Joaquín Negrón
Que me dejen a solas llorar con mis recuerdos.
Aprovechando la momentánea ausencia de su propietaria –¿otra botella de absenta, quizás?–, penetremos en el 23 de la Avenue du Blois, hogar de Renée Vivien, poeta, o eso dicen de ella quienes la conocen mejor que yo. Nada de forzar el adusto portalón. Sé que guarda una copia oculta al pie de uno de los cedros en miniatura que con meticulosidad japonesa cultiva en el pequeño jardín, y a cuya sombra acuden a solazarse las tortugas cuando Lorenzo aprieta. Voilà. Dos chirriantes vueltas, y hecho. No toquen nada, por favor, y sobre todo no me pierdan de vista, por si fuera preciso escabullirse por la puerta de servicio.
Antes de que nuestras pupilas puedan acomodarse al brusco cambio de luz, un denso, insidioso aroma a incienso nos abisma en su dulzor picante, tan distante de la frescura del muguet que impregna las bulliciosas calles, proclamando que el verano parisino anda cerca. En vano busco casi a tientas la llave del conmutador: sólo una multitud de minúsculas velas encendidas –habrá que apresurarse– de sombríos tonos permiten iluminar tenuemente la estancia. Las rendijas de los postigos cerrados, día y noche según cuentan, apenas dejan paso a un resquicio demudado de luz del mediodía, al que las vidrieras de tonos verdes y violáceos terminan de conferir un viso mortecino. El rojo sangre, casi negro, de los pesados cortinajes y sedas que tapizan por entero la sala, inclusive el techo, y la profusión
de pequeños budas y curiosidades orientales que saturan las estanterías completan el atrezzo. Abandonamos la pieza principal con la sensación de dejar atrás un oscuro santuario pagano, a diez mil kilómetros de París. Un somero vistazo al resto, pues el tiempo apremia: salas atestadas de libros raros lujosamente encuadernados, pesados muebles de caoba, ébano o teca, colecciones de insectos, de instrumentos musicales antiguos –chsss, no nos delate, por favor; dije sólo mirar– y, por encima de todo, presidiendo la alcoba, la magnificencia extravagante del enorme lecho chino en forma de barca, más propicio para el abandono al letargo del opio o la inmolación que para el reposo. Respiramos hondo, aliviados, al ganar de nuevo la calle, agradecidos a la luz que nos hiere. Nos despedimos sin mediar palabra. Dicen que una nueva fantasía barroca de Méliès está causando furor en el RobertHoudin, pero habrá de esperar a mejor ocasión. Se impone pasear.
Valga esta breve digresión para poner de manifiesto el contraste entre la efervescencia del París de los albores del siglo xx, ombligo cultural del mundo, con la fe en el progreso y la innovación como divisas, y la intimidad claustral, refinada y exquisita a lo Des Esseintes –pero también plomiza y asfixiante como corresponde al imaginario decadentista que encarna el héroe de Huysmans– de la casa de Renée Vivien. El rechazo de la banalidad del presente, el refugio en un pasado siempre más dichoso, el gusto por lo preciado y exótico, la fascinación por la muerte, por el ocaso, por todo cuanto languidece y declina, la dolorosa confrontación entre realidad e idealidad, todas esas claves que laten en su obra podemos intuirlas ya en cierta medida violando la privacidad de su torre de marfil. Y de torremarfileños vocacionales, es decir, de la generación de poetas parnasianos, con Gautier, Leconte de Lisle y Heredia a la cabeza, adoptará Vivien su predilección por el verso marmóreo, cincelado y pulido, sin aristas, y la inclinación a volver la vista atrás, a tiempos menos impuros. El ideal lésbico helénico, que ya abordó su amigo Pierre Louÿs en 1894 en sus célebres Canciones de Bilitis, encajaba a la perfección con su personalidad y sus ansias de absoluto. La sugerente y enigmática Safo se convertiría
en su referente, más en lo personal aún que en lo poético. Aparte de traducir –y reinventar– sus fragmentos, a tal grado de identificación con la figura de la poetisa griega llegaría Vivien que recibiría por ello el apelativo de “Safo 1900”.
Pero si Safo encarna para Renée Vivien el arquetipo evanescente de mujer, amante y poeta, es Baudelaire, poeta bisagra por excelencia, híbrido de parnasiano y simbolista, de quien más hondas huellas reales encontramos en el hacer poético de Vivien. Aun disfrutando de la lectura de Verlaine, Mallarmé o Rimbaud, la sobriedad y la búsqueda de la perfección formal de Baudelaire se acomodaban mejor a la grave solemnidad de su poesía que el acento en la evocación sonora y el fluir musical del verso de las posteriores generaciones simbolistas. Y no sólo eso, porque en Baudelaire, en sus dudas, sus obsesiones, su hosquedad, su imaginario oscuro y morboso, su permanente desgarro entre spleen e ideal, hallaba Vivien un trasunto de sus propias vivencias, una suerte de alma gemela.
Renée Vivien no innova. No arriesga. No quiebra el verso ni gusta de audacias léxicas o rítmicas. Sin embargo, su poesía dista mucho de ser fría o encorsetada. Suaves colinas y valles van sucediéndose en un constante fluir, al ritmo de una respiración sosegada o una lenta –y por qué no decirlo, tan femenina– marea. Esta sensación de densidad fluctuante, de acompasada salmodia, se debe en gran medida a la minuciosa selección y disposición de las palabras, carnosas, suaves, especiadas…
Pero quizás lo más fascinante de acercarse a la poesía de Vivien resulte descubrir que, en esa atmósfera
opresiva de incertidumbre y sombra, sin asideros, donde la sugerencia es ley y lo revelado, derrota, no es un teatro de títeres lo que se lleva a escena, sino el drama real de la autora. No hay truco, ni se trata de un juego de manos. Víctima quizás de su propio personaje, pero víctima al fin y al cabo, sin impostura. Hija de su siglo aun a su pesar, a poco que rasquemos en el sinuoso oropel modernista daremos con la carne viva, la profunda llaga abierta, llámese desamor, imcomprensión, quimera u olvido.
Consumida por la anorexia y el alcohol, Renée Vivien muere en 1909, con apenas treinta y dos años. Una novela, un par de libros de relatos, un par de poemarios en prosa y sobre todo una docena de poemarios en verso componen el legado de quien es sin duda una de las voces femeninas más singulares e interesantes de la poesía francesa del siglo xx.
Los ojos grises
La magia de tus ojos sin color y sin luz
sutilmente me hechiza; desfallece la tarde,
y tu mirada oculta bajo pálidos párpados
se adormece a la sombra de tus densas pestañas.
Escruto la quietud del agua en tus pupilas:
yace en ellas la nada del invierno y la noche,
del helado sepulcro y los limbos eternos,
la infinitud amarga y sombría del mar.
Nada te sobrevive, ni aun un cándido sueño.
Todo muere en tus ojos opacos y sin alma
que el existir reducen a silencio y ceniza…
Va desgranando el tiempo su rosario de hastío,
y entre la abrumadora tristeza del paisaje
crece en mí el desdén hacia los vivos y los fuertes…
En tus ojos he hallado la paz siniestra y sabia
que sólo se respira soñando entre los muertos.
Estudios y preludios (1901)
Los esbozos
Me fascina la gracia punzante del esbozo
como flor delicada que un suave soplo tronza,
porque en él la belleza que antaño vislumbramos
vuelve armoniosamente a insinuar su sonrisa.
Esos rostros huidizos, esos contornos frágiles
que desdibuja el lienzo irreal de los sueños,
nos permiten apenas una breve mirada
cuya divinidad siempre nos es esquiva.
El esbozo es el frágil hermano de esas ruinas
que acrecen su tristeza y su embrujo al ocaso,
ecos del esplendor antiguo de un poder
sepulto en un palacio velado por las lluvias.
El lastre de amargura de la voluntad presa
se adivina en la mórbida tenuidad de un boceto,
cuya gracia furtiva teñida de nostalgia
posee la infinitud de un sueño inacabado.
Evocaciones (1903)
Las emparedadas
La sombra ahoga la risa de las Emparedadas.
Su llamamiento estéril se disuelve en la noche,
su frente implora en vano las brisas que se alejan
hacia mares que duermen largos sueños azules.
Su ceguera absoluta ignora las mareas
de colores, los ciclos de la flor y del fruto.
Sus oídos no guardan memoria de rumores
y ennegreció la sed sus labios estragados.
El ámbar de los soles ya no dora sus cuerpos
graves como la piedra en su eterno reposo
que consuela la nieve y acarician las brisas.
Sucumben al olvido, tácito vencedor,
su muerte en vida tizna de gris sus ademanes,
el verdín de los líquenes les royó el corazón.
La Venus de los ciegos (1904)
Llorando hacia el ocaso
El jardín sosegado y la luz que se templa
y todos mis recuerdos llorando hacia el ocaso,
la dulzura de estar sola y triste, y sentarme
serena en la penumbra, sin disfrazar mi hastío.
Laten en la espesura suspiros del pasado,
temblorosos e inciertos como la propia dicha.
Recluida en mí misma voy enhebrando el hilo
de mis recuerdos, mis recuerdos, mis recuerdos.
Se deslizan silentes como sombras furtivas,
con las manos vacías y vidriados los ojos,
por prados sin aroma que no saben de abriles.
Sus pisadas no dejan huellas en las riberas.
Ya no silencian sus sollozos ahogados:
Unos, con ojos mates como viejas cuchillas,
lloran como mujeres, velándose el semblante,
y otros, igual que niños, gimen abiertamente.
Sola estoy, y ahora sé que el amor no me ciega;
ya no me postro ante una sonrisa entronizada
por la luz del ocaso: me busco en el pasado
y rememoro aquellos tiempos menos dichosos.
… Quebradizos juguetes, livianos como alondras,
regresan los recuerdos lejanos de mi infancia,
con sus cintas al viento de color esperanza
y sus faldas henchidas de aromas de alhucema.
Les sucede el cortejo de los recuerdos fúnebres;
van desfilando ajenos a deseos y afanes,
tocados con coronas de violetas mortuorias.
El luto de sus mantos se funde en la tiniebla.
Sueño sin esperanza, como sueñan los presos…
Aquella Loreley a la que amé cruelmente
se desvanece como una rubia neblina
y el corazón me dice que he dejado de amarla.
Un recuerdo alza una carcajada convulsa
–¡risa rancia y senil, cariada de alegría!–…
Sobre el jardín se cierne un sombrío silencio
que ahonda negras grutas entre la fronda verde.
Vacía de ilusiones y yerma de deseos,
sólo busco la paz del jardín en penumbra
y ese ayer en que fui tal vez algo mejor…
Que me dejen a solas llorar con mis recuerdos.
Cuando las manos se enlazan (1906)
Al dios pobre
Yo te adoro, Dios pobre entre los Inmortales,
y en tu honor he trenzado estas rosas purpúreas,
porque tú no posees basílicas ni altares
y ningún tibio incienso acaricia tu olfato.
Nadie te teme y nadie implora tu bondad…
Míseros son tus fieles, pues sólo les ofreces
abriéndoles tus manos vacías, la miseria,
y tu aliento es más frío que el viento del otoño.
Yo que sufrí el escarnio y la ira de los fuertes,
te traigo, Dios pobre y triste, estas ofrendas:
unas mustias violetas que arrebaté a los muertos
y flores de tabaco ebrias de lozanía.
En una urna de jade con cierres de cristal
te entrego humildemente mi corazón llagado,
porque sólo sé amar a quienes me desgarran,
prendada de un espectro, de una sombra entre sombras.
Nada espero obtener de tu misericordia,
triste Dios sin perfumes, dogmas ni sacerdotes.
Jamás monarca alguno temió encender tu ira
ni lloró en tu santuario desamparado y frío.
Mas yo, que odio la plebe que infesta las iglesias
y execro la codicia que anida en las plegarias,
te dedico, al más dulce de entre los Inmortales,
este salmo que brota de mis labios amargos.
Cuando las manos se enlazan (1906)
El violín
Contempla el viejo músico su semblante abatido
y sus ojos que antaño brillaron con el triunfo.
Cae la noche, lastrada de hastío y pesadumbre,
y la voz del anciano murmura: Se hace tarde.
Puede olvidar quien ama las divinas miradas,
los acentos de la voz más embriagadora,
mas no existe consuelo, nada cierra la herida
del artista que asiste a la muerte de su arte.
Yace mudo el violín. Como una burla cruel,
conserva el instrumento su inmortal armonía:
triunfo de la materia donde el alma sucumbe.
Aguarda a un Elegido, que en una edad futura,
vendrá, ajeno a aquel viejo Maestro olvidado,
a recibir de nuevo la herencia de los dioses.
Poemas recuperados y otros poemas (c. 1899-1900)


