Me gusta veros juntos
ese ratito
antes de que uno al otro
le arroje un grito
y estalle una tormenta
en el distrito
que se oiga más allá
del infinito.
Cómo me gusta veros
ese ratito.
Parecéis una reina
y su periquito
Subido al hombro uno,
porque es finito,
de su hermana, compacta
como el granito.
Me gusta veros juntos
mientras medito
si lo que veo puede
quedar escrito
o traer su perfume,
como un ramito,
aunque luego me parta
un meteorito.
Reinos de agua
Yo era un niño feliz y lo sabían
las llamas del verano
las nubes finas y los trenes lentos,
la explosión de los ríos en el atardecer
cuando reinaba un viento alegre
que agitaba el letargo de astros y bicicletas
mansamente apartadas. Las estrellas
me instruyeron acerca de regarles la hierba.
El frío era un asunto maternal
casi un azul riendo en la mitad del campo.
Todo una turbación que en desatadas ondas
me ponía ante el sol,
el sol de las piscinas,
y eran todos los númenes amigos
excepto algún imaginario mono
que conocía con profunda audacia
el aroma de mis debilidades.
Algo leve y piadoso me mueve a la extrañeza
al ver aquel paisaje ahora arrodillado.
Mi hijo me da la mano. Me la aprieta.
Sus ojos miran este nuevo mundo
y no se agotan nunca de mirarlo.
Súbitamente ahora
se encienden las farolas, como entonces.
Chipirón en el aire
Apareces flotando
por la cocina, esbelta,
con tus alas postizas
y los patines nuevos.
Coges una galleta,
me saludas, te vas.
Oigo cómo regañas
a tus muñecos, niños
imaginarios, vagos,
de los que eres maestra.
La bronca dura un siglo.
—pero ¿no veis? -les dices-
que os puedo hacer magia
y sacaros volando
por la ventana?…
Vuelves a la cocina
dices algo
del Espíritu Santo
y en inspirado gesto
al fin desapareces
a dieciséis kilómetros por hora.
Gafas rojas redondas
Ya te quedan pequeñas esas gafas
redondas de juguete, y sin embargo
de vez en cuando te las pones
volviendo a ser la mágica doctora
que me receta aceites y bacterias.
Durante unos minutos dura el juego.
Después, abandonadas
las gafas en el frío de las horas,
se abre ante nosotros
como una flor furtiva,
una suerte de enigma melancólico:
-¿Hasta cuándo querrás ser la doctora?-
Guardo en el maletín algunos trastos
pero dejo a tu alcance, contrariado
por el raro acertijo, tus gafitas.
Porque sólo son gafas ahora mismo,
pero puede que un día pongan brillo
en la callada luz de un dulce sueño tuyo
y decoren el trono donde siempre reinaste.
La araña que se cuelga
Cuando vamos andando en bicicleta
por las calles del barrio, por el parque
que arrastra con nosotros unas hojas
jocosas, cuando cantas las canciones
que el otoño te inspira y que las profes
adoran en tu voz,
cuando indolente buscas un refugio
en mis brazos, cuando por la mañana
abrazado a tu hermana te despiertas
y eres como una estrella que riente luce,
con esa mezcla de alicate y liebre
de mantequilla y zumo de aguacate,
cuando ríes y a veces cuando lloras
por extraños motivos, cuando pones
en tu cabeza el gorro de elefante
y ofreces a tus locos amigos gominolas
desbordando su cándida usura,
inauguras a cada paso un lento
pero hermoso camino.
Y en él descubres el recuerdo entonces,
y asimismo demandas que las cosas
sucedan como fueron en su primera vez,
con la misma alegría,
pero es difícil recrear su luz.
Los niños sois, por eso, melancólicos.
Y sin embargo hay otros milagros
que celebrar, no los juzgues pequeños.
Los coches, los camiones,
llenan tu corazón de poesía.
¡Las palabrotas! ¡son eternas! tienen
un aroma y un jugo que siempre se revive
¿te das cuenta?
Tus luces de neón, los sacapuntas,
todo contiene un canto y hay que darle sus notas,
pues el mismo misterio que te hace reír ahora,
se hace más hondo aún y permanece
si tú sabes buscarle las cosquillas
cuando te haces mayor.
Pero hijo mío, ven,
siéntate aquí a mi lado, quiero decirte algo:
Cuando limpian las pistas de tenis…
Paulino Lorenzo (Logroño, 1975) profesionalmente se dedica a la producción musical. Durante seis años ha dirigido las Jornadas de Poesía en Español, ciclo poético de carácter no académico que se celebra en Logroño anualmente y donde son invitados relevantes poetas de todo el ámbito hispano.
Ha publicado los libros de poemas Ganas de hablar (AMG, Logroño, 1997), Devoción privada (Hiperión, Madrid 1999), y Monedas en el agua (Pre-Textos, Valencia, 2007).
Los poemas incluidos en esta serie forman parte de la plaquette Las manzanas de oro de próxima publicación en la editorial Fulgencio Pimentel.


