Si algo resulta difícil a la hora de entender la literatura suiza, y en especial la poesía. es su problema de identidad unitaria, su carácter nacional. Mucho más práctico resulta decir poesía en Suiza que poesía suiza, como recalca muy bien Bernd Jentzsch, poeta y critico literario de la Alemania del Este y refugiado en la Confederación Helvética.

Este problema se basa especialmente en la diversidad de lenguas (alemán, francés, italiano y romanche), en la inseguridad de la conciencia aglutinadora de su cultura, motivada por la presión constante -más o menos patente- de las culturas afines y vecinas, y la búsqueda de la identidad idiomática a través de la potenciación de los dialectos. De hecho la poesía dialectal es tan importante como la escrita en la lengua normativa. En diferentes ocasiones he oido comentar a la hispanista Erna Brandenberger que el poeta suizo busca su identidad sentimental y nacionalista en el uso poético del dialecto.

Puede parecer que la poesía suiza carece de historia, o si la tiene, está oscurecida por la colonización lingüística y editorial de los países vecinos. No es extraño que Philippe Jaccottet sea considerado un poeta «francés», Giorgio Orelli un poeta «italiano» y Rainer Brambach un poeta «alemán». Los tres, incluidos en las más prestigiosas antologías francesas, alemanas o italianas respectivamente.

Peter Hamm en el hamburgués periódico Der Zeit decía recientemente: «De Rainer Brambach hay un puñado de poemas que para mí ya hoy pertenecen, con duración imperecedera, a la lírica de lengua alemana».

Sin embargo, en las cuatro primeras décadas de este siglo, por motivos artísticos unas veces o por motivos políticos otras, Zurich se convirtió en la capital europea de la poesía. No en vano, en los primeros años del siglo, el propio Tristan Tzara dictaba sus lecciones prácticas en su refugio del Café Odeón, a orillas del río Limmat, cerca del lago de los Cuatro Cantones, y durante el periodo nazi, el eje Zurich-Basilea-Ginebra se convirtió en un triángulo de exiliados intelectuales de la Europa ocupada. Artistas alemanes. checos, polacos, austriacos y húngaros encontraron el respetuoso asilo y la comprensión y admiración artística. Los dos poetas que hoy ofrecemos son, sin duda, claves a la hora de entender esta generación que heredaba la inquietud de Robert Walser o Blaise Cendrars como máximos representantes de la vanguardia poética suiza. La importancia de esta generación está en su proyección interior, más que en su repercusión europea. Los poetas de esta década pusieron en circulación la moneda del surrealismo entre los poetas de las distintas zonas lingüísticas, sin conformarse solo con ser fieles discípulos de los maestros que habían tenido como huéspedes honoríficos durante varias décadas. El gusto por la imagen visual en una literatura eminentemente pobre en este tipo de experiencias supuso un hallazgo que explotaron con acierto, aunándolo al sincretismo expresivo y al objetivismo.