Departamento

A veces leo un libro sabiendo que sus ojos lo leyeron
y trato de vislumbrar qué es lo que sentía,
de qué fracaso lo curaban sus páginas, qué alegría buscaba.
Otras lo leo con los ojos limpios de su recuerdo.
Ahora apoyo el codo en esta mesa
y sé que fue la primera que compraron en México:
¿fue o es? No lo sé, la recuerdo en el comedor de otra casa.
Vivo en un departamento en el que vivieron los míos;
todo está tocado aquí, incluso lo nuevo,
todo me recuerda que es hábito del tiempo la muerte:
por su larguísimo pasillo pasan, como por un puente,
su inexistencia y mi vida enlazadas.
No se llevaron mis mayores su tiempo;
sin que nadie le haya dado cuerda el reloj
se ha puesto otra vez a sonar.

 

Caligrafías

En este papel, hoy viernes,
escribo estas líneas con mi mano
y me parece que las traza la mano de mi padre:
no por su espíritu, por su caligrafía.
Antes estas apariciones me daban miedo;
si descubría su letra me detenía asustado;
ahora vuelvo de su letra a la mía
y guardo estos manuscritos:
en sus trazos está él incorporándome
a sus paseos y a sus lecturas,
a su elegancia y a sus fracasos,
a su exilio y a su guerra civil.
La caligrafía de mi madre, en cambio, se inclina
como un patinador de velocidad en el hielo
y surge de la mía como esos gestos
que en el rostro o en la mano de un niño
nos hacen vivir la juventud de sus abuelos.
La caligrafía de mi madre ama la rapidez, la eficacia
y el relámpago de la zarpa que sorprende a su presa,
en ella no está su ternura sino el traje sastre
y los tacones bajos de una muchacha epigramática
de los años treinta.

 

Libro de segunda mano

Las huellas de sus ojos que miraron estas líneas,
son como los ojos que el espejo recuerda:
algo me dice que existen invisibles, secretas.
Leer este libro es compartir un espejo,
trasmutarse en arqueólogo:
cada lectura se ha quedado en sus tapas
y hay unos tímidos puntos de tinta
de vez en cuando en sus márgenes.
Bajo la luz de esta lámpara
siento que alguien está leyendo conmigo:
algo me obliga a paladear frases
que si las pienso me parecen anodinas;
algo les da una profundidad temporal y física.
Debajo de la voz abstracta
con la que leo en silencio
hay una punta de una emoción desconocida.

 

Dos mujeres

1

No termina la noche
y sueña que languidecen las estrellas;
le gustan las estrellas
pero siente crecer su vocación con el día.
Todavía de noche matutina
abre los ojos de la piel,
adelantada de la luz,
para sentir los pájaros y el alba.

2

Tocar la presencia o la ausencia
de la luz es imposible.
No se pisa la sombra,
y a la sombra de un árbol
tomaba entre sus dedos una manzana,
no como una fruta
sino como una sombra
y la mordía como el que muerde
un ser en la penumbra,
aliada de la tarde,
como el que muerde
un fruto envenenado por el tiempo.

 

La sombra rápida y la sombra lenta

La sombra de un salto
no es la sombra fértil del umbral.
En la sombra de un salto
no cabe el crecimiento de los hongos,
entre el salto y su sombra,
el vacío, la bóveda, la catedral fugaz,
la extensión del espacio y el zarpazo del tiempo.
La sombra del salto y la sombra del caminar,
la sombra rápida y la sombra lenta.
Entre el pie izquierdo y el derecho
y entre el caminar y su sombra,
un espacio interior no pisado,
virgen, pero cubierto:
una bóveda alta y un tiempo lento.


Antonio Deltoro nació en 1947 en la ciudad de México. Después de una estan- cia en España, de 1965 a 1968, regresó a México y estudió Economía en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Ha publicado los siguientes libros de poesía: Algarabía inorgánica (La Máquina de Escribir, 1979), Donde conversan los amigos (UNAM, 1984), ¿Hacia dónde es aquí? (Penélope, 1984), La plaza (CIDLI y CONACULTA, 1990) y Los días descalzos (Vuelta 1992). Es miembro del Consejo de Colaboradores de la Revista Vuelta; recibió la Beca de Poesía del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, 1992-1993. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 1993.