Oscuridades
Uno se aísla con la edad, propende
a ciertos lugares de dudoso crédito
donde las verdades se han oscurecido
con el paso del tiempo y de las lluvias,
donde la escritura olvida sus afanes
literarios y se deja llevar por un impulso
leve hacia las cosas desfavorecidas
por la belleza, las ideas más sencillas
de describir, las palabras menos duras,
y todo ello sin apenas darnos cuenta.
Digamos que el triunfo inmerecido
de la juventud y su simbología,
su prestigio un tanto trasnochado,
su limpia expresión en los cuerpos
y la riqueza adquirida con retórica
se ven con otros ojos y se catan
sin dogmas, como si raspáramos
sobre la superficie percatándonos
de que debajo hay una consistencia
relativa que no necesita de alharacas.
Pues es tiempo, después de la cosecha,
de recoger los frutos y de saborearlos
como quien ya no espera un paraíso
y vive solo pendiente de las nubes
o al acecho de un pájaro en la nieve,
mientras los objetos siguen en su sitio,
discretos, taciturnos, esperando manos
que los agarren, ojos que los contemplen,
y la brisa mueve el cabello de las ramas
en esta tierra seca donde falta el mar.
Pero esto no supone que la escritura
ceda bajo el peso de un discurso tosco
ni que se descuiden todos sus recursos.
La tensión continúa siendo una aliada
tanto de la poesía como de la vida,
sin la cual los conceptos se diluyen
y los sentimientos pierden entereza.
La densidad asimismo pule la forma,
concreta un camino válido que surge
del desconcierto y llega hasta la sombra.
Pues tenemos tendencia a la tiniebla
de las habitaciones, a pinares umbrosos
donde nos defendemos del espanto
y aprendemos a vivir sin mucho ruido,
al margen de la vida, arrepintiéndonos
de delitos que nunca cometimos,
de palabras que no correspondían
al contexto, vaciando en las sombras
nuestros bolsillos desgastados como
quien atesora unas pocas monedas.
Por eso envidio a los poetas oscuros
y los leo con el ansia del embelesado,
y a veces los traduzco imaginándome
que yo también transgredo la tiniebla.
Porque queremos conocer atravesando
para ello capas de misterios y palabras,
participando de una oscuridad impuesta,
pues la luz perfila un mundo inagotable
al que solo podemos acceder sesgando
la mirada, con las manos tensas y vacías.
La primavera
La primavera no tiene tanta consideración
con las personas como con las aves. Surge
sin avisarlo. Su rechazo a todo lo perdido
es incompatible con nosotros que nos damos
a la nostalgia a fuerza de ir abandonando todo
por el camino para al final quedarnos solos.
Las aves, en cambio, proliferan como nubes
y se entregan al viento limpias de destino.
De su paso fugaz apenas si nos queda nada,
salvo una sensación de libertad que solo
sentimos cuando volvemos a casa a media tarde
y nos quedamos mirando a través de la ventana.
Los niños lo comprenden antes de salir deprisa
hacia el colegio cargados de grandes ilusiones.
Las cornisas suspiran de emoción cuando los rayos
asoman por el horizonte. Algunas nubes se acicalan
antes de que la oscuridad toque a retirada, y las lluvias
comienzan a agitarse, intranquilas ante tanta belleza.
Y los hombres y las mujeres que van hacia un trabajo
de sombras bajan la cabeza para no ver esa mañana
que les insinúa una perfección que nunca podrá ser suya
por los medios habituales a menos que se embarquen
en una aventura demasiado peligrosa para sus familias
que les restituya la presencia de un simbolismo perdido.
La primavera, azul, verde y amarilla, nos desconoce.
Es hermosa y terca, y eso le basta a su imperio de luces.
La entrega
Tú que estás enfrente de mi sombra,
¿sabes quién soy? Tú que te inclinas
a cortar una flor, ¿sabes quién eres?
Tú, poseedora de una identidad
que desconozco, vas entre las cosas
acaparando con ella la belleza.
Eres lo que me desconoce, lo que
me desconcierta, lo que ignoro,
y apenas puedo rebasar los límites.
Pero ahora mismo que te inclinas
a cortar una flor y me la ofreces,
todo lo desconocido sabe a poco.
Porque tu gesto colma las alturas
y empapa la tierra de oro verdadero
que otros persiguen sin descanso.
Solo en este instante, en esta entrega
se resume la herencia de los hombres
bajo la adversidad de los amaneceres.
De la felicidad
De la felicidad recuerdo que era pobre,
que vivía sola en medio de su paraíso
y que cuando accedía a nuestro mundo,
la maltrataban por igual los afligidos
y los opulentos, y tenía un nombre largo.
Se dejaba observar de lejos un instante,
y la veíamos en sueños y en fotografías
con forma de mujer o de paisaje. Era
en el tiempo en que todo parecía nuevo,
en la edad en que tiemblan las rodillas.
Luego, le perdimos la pista y el respeto
mientras luchábamos contra fantasmas.
Algunos dicen haberla conocido. Otros
que la tuvieron en la punta de los dedos.
Y ahora la añoramos al caer de la tarde.
Nací en Badajoz en 1959. En 1972 me trasladé a Madrid con mi familia. Aquí realicé los estudios de Filología Inglesa y actualmente imparto clases de inglés en un instituto de Collado Villalba. Mi trabajo literario se centra en la escritura de poesía y en la traducción.
Mi último libro de poemas publicado es Contra Rilke y otros poemas (Hiperión, 1998), para cuya elaboración recibí en 1995 una Ayuda a la Creación del Ministerio de Cultura. En 1997 aparecieron algunos poemas míos en la antología Norte y sur de la poesía iberoamericana (Verbum). También en 1997 publiqué El rey Tarugo (Hiperión, 1997), libro que incluye tres cuentos en verso para niños. Mi primer libro de poemas publicado fue Enfrentamientos (Diputación Provincial de Badajoz, 1993). Anteriormente publiqué poemas en las revistas El Urogallo, Revista de Occidente y Cuadernos Hispanoamericanos. Mis primeros poemas aparecieron en una antología universitaria: Abacanto (Grupodis S.A., Madrid, 1984). Como traductor, he realizado versiones de libros de los siguientes poetas: John Ashbery y Joseph Brodsky, en Cátedra; Charles Tomlinson (antología de varios traductores), en Visor; y John Keats y P. B. Shelley en Hiperión. También he traducido prosa de Dickens, Steinbeck, Poe, en Acento, y Jaime de Angulo en Hiperión.


