Algo ocultas
Algo ocultas muy adentro, algo
que has ido creando con el tiempo
y enmascarando con las sombras.
Lo tienes escondido tan al fondo
que ni siquiera tú lo vislumbras
entre la maraña de simulaciones.
Es una semilla casi inexistente
que pugna en el seno de la nada;
un deseo, quizá, que te atraviesa
de arriba abajo y que aún no tiene
objeto ni entidad; un sentimiento
sin motivo aparente, despreciado
por su escasa magnitud, que teje
poco a poco una red de vínculos
cifrados; o una idea imprecisa
forjada lentamente en la penumbra,
donde a veces irrumpe un ínfimo
fulgor. Mientras tanto, fructifica
dentro de ti la herida que supura
la presencia de algo inconcebible
bajo la sospecha de lo inesperado,
que busca en el latido de la sangre
y en la complicidad de las palabras
la inexplicable forma del poema.
La soledad
La soledad a veces nos embauca
con sus gestos de niña cansada
de vivir, con sus intimidades
más o menos grotescas, con su
aparente ingenuidad. La vemos
ceñirse a nuestro cuerpo como
si fuera una serpiente astuta
que suave y sigilosamente nos
inmovilizara poco a poco. Así
vamos cediendo terreno al
tiempo y aceptando un juego
sin reglas que se nos impone
con la anuencia de la noche,
mientras nos despojamos de
la ropa y de todos los enseres
hasta quedarnos solos con
lo que nos queda: el cuerpo
y este territorio insomne. La
soledad engaña con su música
insinuante, nos promete un sitio
sin afecciones, despojado, propio.
Y después de madurado el daño,
cuando su presencia se hace
imprescindible, nos abandona
donde se le antoja, heridos
en la piel, adormecida el alma,
palpando su ausencia y el vacío.
El invierno
Se acabaron el viento y la melancolía.
Ahora toca la aridez de este horizonte
que nos transforma en objetos del frío.
Enmudecieron los cuerpos desnudos
ante la sobriedad de la desesperanza.
Y la liviana felicidad de los incautos
se convirtió en remordimiento. Todo
como estaba previsto en el calendario.
El invierno se muestra en todo su rigor
cuando cae la noche y nada nos espera.
La tierra dormita sobre los despojos
de la pasión como un perro malherido.
Sólo se oye el rumor de la conciencia
y un ligero goteo en el sótano del alma
que ponen en entredicho la serenidad
del reposo y el beneficio de los sueños.
Y la nieve nos sorprende algunos días.
De su llegada queda amplia constancia
sobre la piel de la tierra y de los árboles,
y nos imaginamos un dios benevolente
que derramara señales desde un cielo.
Algo tiene la nieve que nos reconforta,
pero el secreto se pierde cuando el sol
la despedaza y la expone a las alimañas.
Después, el invierno cede a su agonía,
acentuada por el regreso de las aves
y la lenta y dispersa floración del mundo.
Así se perpetúan el ciclo del desconcierto,
la inestabilidad de los deseos, la precaria
solidez de los argumentos y las palabras.
Y el invierno finalmente se desploma
sobre la inconsistencia de la primavera.
Alejandro Valero nació en Badajoz en 1959 y vive en la Sierra de Madrid.
Su trabajo literario se ha centrado en la poesía y en la traducción. Ha publicado dos libros de poemas: Enfrentamientos (Diputación provincial de Badajoz, 1993) y Contra Rilke y otros poemas (Ediciones Hiperión, 1998). Ha traducido novelas de Dickens, Oscar Wilde, Walpole, Poe y Steinbeck, y poemas de Keats, Shelley, Thomlinson, Ashbery y Brodsky. Estos poemas pertenecen a su libro inédito Oscuridades.


