Cada cuerpo que vaga es mi enemigo,
una sombra que araña las paredes
del alma.
Cada cuerpo que huye
es el pretil del pozo y su amenaza,
la tapia de la huerta,
los ojos de mi padre en el cristal
frente a la mar en calma,
una página rota,
un rasgo atroz bajo el velo de la lluvia,
un delirio,
el vértigo y la huella del origen,
una barca varada a la orilla del agua
y un muchacho que llora bajo la luna llena.
Cada cuerpo que emigra de mi cuerpo es un enigma,
me recuerda mi huida, me persigue,
es un reloj parado en el largo pasillo,
la mano del abuelo contando las monedas,
un nombre falso en la memoria,
un miedo sin edad,
una manzana que no recoge nadie,
la lentitud de un péndulo que evoca
los ojos apagados
de una mujer que se pierde en la noche
con perseverancia
al salir de mi pecho como un pájaro herido.

 

Han pasado los años y el dolor es un cuento.
Algo ebrio, solemne, aquel hombre se agita
frente a la turbia amenaza del acantilado.
Pronuncia su discurso pulcramente anodino
contra las olas mudas. Nadie sabe si llora.
Arrastra los pies como una sombra hasta el garito
del puerto donde bebió el alcohol de su palabra.
Pero no encuentra el rostro de la mujer del sueño.

 

Viene desde mi infancia como el primer insomnio,
husmea el velo de la niebla que abraza la ciudad
y se detiene a atarse los zapatos
bajo la luz de humo de los bares,
reaparece en mis sueños con frecuencia de nube,
habla solo y se ríe contra el plomo del cielo,
murmura sin rencor su cantinela
en esa orilla oscura del recuerdo,
me acompaña y me nombra,
se esconde como un perro
en la oscuridad de los portales
cuando imagina las pisadas de los perseguidores,
desconfiado,
triste,
criatura de lágrimas,
pupila violada por el musgo del tiempo,
nieve náufraga y sola entre los cuerpos fríos,
desamparada ola.

Regresa cada noche al calor de mis sábanas
sin haber encontrado la vereda perdida,
el rastro de sí mismo, las palabras aquellas.
Gime sobre mis hombros como un niño sin nadie.
Le hago sitio en mi catre hasta la madrugada.

 

Cada paso que doy hacia la noche
ansía el lodo de un encuentro furtivo
y sin futuro
en la barra de un bar,
a esa hora mugrienta en que cualquier mirada,
furtiva de sí misma,
parece la mirada que anunciaba el deseo.

 


Alfredo Buxán nació en La Estrada (Pontevedra), en 1950. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Acumulada, numerosa herrumbre (Irún, 1979), El telar de la nostalgia (León, 1982), Legado de ternura (Madrid, 1989), Cantar de ciego (Montevideo, 1991) y Liturgia de la heredad (Madrid, 1991).

En la actualidad, forma parte del consejo editor de la colección Cuadernos de Cantiga, que se publica en Madrid.