con la tinta de laurel que habla la muerte y los párpados de hierba de la noche

ante las negras rosas de vinilo y el acróstico que los pederastas fingen al apellidarse en los árboles

con la posesión del vacío, esas manos que han cerrado el féretro y cuentan las horas de mi corazón en el ábaco de las estrellas

ante ti, hermosa en el infinito, y los ácidos cristales de la vejez

con los pasos del muchacho que aún no ha oído el trueno y es libre en las esferas de la contemplación

ante los túneles de la desgracia donde tu sombra es un llanto perenne junto a la permanencia del ángel de las rosas

con la obsesión del atardecer y los símbolos de la ruina iluminados por el gasóleo

ante las calles bajo la nieve por las que vagan el sonámbulo y la desconocida cuando va a amanecer el olvido

con los ojos antes de la visión del fuego, con el tacto de los ojos en la celebración de la desnudez

ante los días del homicida y su tiza de silencio sobre los almanaques de la misericordia

con la herida y la memoria de la herida del habitante

ante ese y no otro lugar bajo los árboles donde los amantes se quieren

con el meteoro del rocío en el nido de la oropéndola

ante el portal de la hermosa recluida en la sombra de los negros caballos

con las piedras que arrojaste al estanque de la duda y la niebla sin sonido que fluye de las desoladas quintas del otoño

ante el viernes y el dulce pájaro de las medias de nailon y la sospecha de la oscuridad

con el adobe de las aldeas y el óleo de los bautismos, con las campanas y el eco de las campanas de San Nicolás cuyo júbilo aún escucha por las arboledas mi alma

ante el estremecimiento de los jugadores de naipes y la copa solitaria derramada en el hule

con la fragancia de los desvanes llenos de manzanilla, con el aroma de los aserraderos cuya resina es lenta en las maderas de tu corazón

ante los números de la centena y la profecía, ante el humo de la oración y la luz de la divinidad que atraviesa el crucero la tarde de difuntos,

con las plumas de oca y las vocales de la cosecha ofrecidas ante las vírgenes

ante la escuadra y los candelabros y el coro de los hebreos alrededor de los bellos animales sacrificados

con los sonidos blancos de tu boca, con las exclamaciones del pastor ante el aullido

ante el humo de las hogueras que cercan la ciudad y el padecimiento de los perros envejecidos

con el alcohol y el veneno de la luz en los moteles de la carretera

ante esa mujer y esa otra mujer en la que viví y respiramos

contigo soledad llena de voces bajo los conmovidos cementerios de la luna

ante los oratorios de la escritura y la gota de diamante que está llorando el misterio

con la persistencia y la penumbra de la persistencia y las vértebras de la fidelidad que yerguen a la melancolía

ante la amarga intuición de las extensas familias que nos preceden en el olvido de la catástrofe

ante el estremecimiento de los jugadores de naipes y la copa solitaria derramada en el hule

con la fragancia de los desvanes llenos de manzanilla, con el aroma de los aserraderos cuya resina es lenta en las maderas de tu corazón

ante los números de la centena y la profecía, ante el humo de la oración y la luz de la divinidad que atraviesa el crucero la tarde de difuntos,

con las plumas de oca y las vocales de la cosecha ofrecidas ante las vírgenes

ante la escuadra y los candelabros y el coro de los hebreos alrededor de los bellos animales sacrificados

con los sonidos blancos de tu boca, con las exclamaciones del pastor ante el aullido

ante el humo de las hogueras que cercan la ciudad y el padecimiento de los perros envejecidos

con el alcohol y el veneno de la luz en los moteles de la carretera

ante esa mujer y esa otra mujer en la que viví y respiramos

contigo soledad llena de voces bajo los conmovidos cementerios de la luna

ante los oratorios de la escritura y la gota de diamante que está llorando el misterio

con la persistencia y la penumbra de la persistencia y las vértebras de la fidelidad que yerguen a la melancolía

ante la amarga intuición de las extensas familias que nos preceden en el olvido de la catástrofe

con el tedio y la floración del tedio sobre la cal de las celdas cerradas al verano

ante el deseo cuya sombra persuade a otra sombra en el ángulo tosco de la cabaña del bosque

con la voz de los ásperos hombres azuzando al otoño con bayas oscuras, con cimbeles de viento y animales sin nombre

ante las puertas del cielo, ebrio y cansado el hombre fugitivo ante las puertas del cielo el día de la ira

con los ojos del sueño y los labios y los oídos que sintieron mis pasos sobre la hojarasca del sueño

ante la profunda hebra del río de la armonía y los silos del pensamiento

con la precariedad de la hermosura y el vértigo de la ecuyère sobre la colcha de hierba

ante las tumbas cubiertas de girasoles y la fábula del azar el día de la victoria

con las aves del mediodía y el luto de la obsidiana junto al cuenco de abejas del matarife

ante el dolor y la soga oculta de la palidez en la que se hace avara la muerte

con la estéril mano de la vergüenza en los telares nocturnos del pudor

ante el abatido cuerno de los bárbaros y la espiral de silencio de la que no habló sin auxilio el rostro vendado de las víctimas

con los labios que silban en la alameda, con el canto de las mujeres junto al arroyo de los astros de junio

con el tedio y la floración del tedio sobre la cal de las celdas cerradas al verano

ante el deseo cuya sombra persuade a otra sombra en el ángulo tosco de la cabaña del bosque

con la voz de los ásperos hombres azuzando al otoño con bayas oscuras, con cimbeles de viento y animales sin nombre

ante las puertas del cielo, ebrio y cansado el hombre fugitivo ante las puertas del cielo el día de la ira

con los ojos del sueño y los labios y los oídos que sintieron mis pasos sobre la hojarasca del sueño

ante la profunda hebra del río de la armonía y los silos del pensamiento

con la precariedad de la hermosura y el vértigo de la ecuyère sobre la colcha de hierba

ante las tumbas cubiertas de girasoles y la fábula del azar el día de la victoria

con las aves del mediodía y el luto de la obsidiana junto al cuenco de abejas del matarife

ante el dolor y la soga oculta de la palidez en la que se hace avara la muerte

con la estéril mano de la vergüenza en los telares nocturnos del pudor

ante el abatido cuerno de los bárbaros y la espiral de silencio de la que no habló sin auxilio el rostro vendado de las víctimas

con los labios que silban en la alameda, con el canto de las mujeres junto al arroyo de los astros de junio

ante los cabellos blancos de la pobreza y los lánguidos retratos de porcelana que estará mirando el invierno

con las palabras de todos los hombres, con los nidos de todos los pájaros, con el sueño de todos los insomnes

ante el ángel y la lámpara que sostiene la mano del ángel sobre las lápidas de esta escritura

con la voz y el eco de tu voz eternamente en el aire, eternamente en el vuelo como las cometas de lino que arrastra el monzón sobre las deltas del índico

ante los balcones que abrió la tormenta, ante el espejo de la revelación de la luz, solo ante el relámpago

con la estela de los perseguidos por la tinta de la imaginación y el tizne de la quimera al contemplar las llamas

ante la multitud que celebra el día de la luna mientras crece la hierba en el estadio de Maracaná y la noche entra en los ojos de Martin Luther King

con los solitarios bajo la marquesina de las estaciones, con las manos de los mendigos alrededor del brasero frío de la muerte

ante los libros donde están escritas las constelaciones y las láminas cuya belleza es el alimento de la carcoma

con los pies del viajero cerca de la frontera, con la voluntad de los jóvenes más allá del destino de las piedras que brillan

ante las hojas y la sublime tormenta de las hojas que cae de las estrellas

con el agua de todas las iglesias, con los dedos de todas las beatas que se santiguan en la noche al oír la milicia

ante la puerta de las viejas pensiones y los bares cerrados, ante la puerta de vidrio de los tanatorios que empujan los nuevos amantes de la muerte

con la nocturna tristeza de los parques al terminar la verbena, los farolillos rojos mojados por la lluvia y la dulce voz del viento en los papelillos de seda

ante el álbum que contemplan los enfermos la víspera de la transparencia

con la memoria de las horas pasadas junto a ti a la orilla del mar, a la orilla del mundo y cuyas naves no han vuelto

ante el oráculo y el canto de los gallos en el testamento de dios

con las llaves del carcelero al abrir por última vez la jaula de los días, la última cancela que conduce a la nada

ante los símbolos de la resistencia y los elocuentes instantes de la vida

con la ciudad que cruza el manso río del recuerdo, el banco del jardín donde permanecerá bajó la sombra de los sueños aquel mismo muchacho para siempre

ante los lentos años fugitivos y el ruido que queda en las palabras después del laberinto, después de los relojes de madera y el péndulo de un tiempo que no existe

Madrid, junio 1993


Juan Carlos Mestre nació en Villafranca del Bierzo (León) en 1957. Es autor de los siguientes libros de poesía: Siete poemas escritos junto a la lluvia (Barcelona, Colección Amarilis, 1982), La Vvisita de Safo (León, Col. Provincia, 1983), Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (Madrid, RIALP, Col. Adonais, 1986, Premio Adonais 1985), Las páginas del fuego (Concepción, Letra Nueva, Col. Cuadernos de Movilización Literaria, 1987), El arca de los dones (Málaga, Edición de Rafael Pérez Estrada, 1992), Los cuerpos del Paraíso (Barcelona, Llibres de Phalarthao, 1992, edición de Alain Moreau, con grabados de Víctor Ramírez) y La poesía ha caído en desgracia (Madrid, Visor, 1992, Premio Jaime Gil de Biedma 1992).

Como artista visual ha realizado varias instalaciones poéticas y expuesto su obra gráfica en galerías de España, Francia, Suiza, EE.UU. y Chile.