El hombre civilizado ha perdido la habilidad para manejarse en un mundo de referencias olfativas, es más, tiende a rechazar amplias zonas de este territorio. El olvido y el rechazo hacen que el olor casi carezca de taxonomía frente a la riqueza en matices que poseen las clasificaciones de colores y sonidos. Mientras que una cierta precisión comparativa hace la descripción de un color algo objetivable, inteligible universalmente, la descripción de los olores apenas sobrepasa la mayoría de las veces el ámbito de las atracciones y repulsiones personales. Cuando la definición de los olores quiere hacerse objetiva, acusa una pobreza cuyo más claro ejemplo son esas catas de perfumes que publican las revistas, y así, cualquiera de ellos puede ser «fresco», «floral», «amaderado»… todo y nada en realidad. Solo husmear su rastro en la piel, o atrapar la estela que se deshace en el aire, nos dará la justa consciencia del olor -consciencia por lo demás intransferible-, llevándonos a una exaltación o un desagrado que afectan la impotencia de los lenguajes perdidos y que, en ciertos casos, tratamos de enjoyar con metáforas tan sutiles como inútiles, hasta el punto de que en ningún campo como en este del olfato la «civilizada» riqueza descriptiva nos aleja tanto de la verdadera sensación. A cada precisión que añadimos nos adentramos más y más en una memoria sensorial y afectiva que solo nos pertenece a nosotros mismo, y solo para nosotros es comprensible; una especie de cultivado autismo que parece emparentarse con la memoria muda del animal.

Si la visión de un color poco atractivo apenas nos arranca un comentario escueto, un rechazo más o menos controlado -a no ser que poseamos una sensibilidad hipertrofiada y maniática-, ante el olor desagradable reaccionamos de una manera casi visceral, que delata la emotividad animal que este pone en funcionamiento y que queremos soslayar a toda costa, irritados por su brusca emergencia. Así, hemos llegado a determinar el peor pecado del cuerpo: su propio olor. Las reglas de urbanidad, la publicidad, los ideales pequeñoburgueses de la uniformidad y el anonimato, nos han convencido de que nuestro verdadero olor no es más que una impúdica tara de pasadas edades.

Las esencias, los perfumes, se consideraban en el pasado como una urdimbre destinada a amortiguar, pero también a enriquecer el entramado de olores del cuerpo; y como prueba nos han llegado los consejos de alcahuete que Ovidio prodiga en su Ars amandi, según el cual un amante que aspirase al éxito, debía usar, y abusar, de las más variadas esencias a un mismo tiempo, una para cada parte del cuerpo, de manera que no quedase ni un solo miembro, recoveco ni orificio de su persona sin aderezar. El olor de la amada o del amado se resolvía en una suma abigarrada y contradictoria de lujo y secreción que otorgaba a la persona una corporalidad neta, suculenta como un plato sobrecargado de especias. Ante ello, la moderna idea del perfume no parece más que el intento de crearnos a toda costa una personalidad etérea, que oculte la falta de identidad de nuestra carne inodora.

El encuentro, el reconocimiento olfativo del otro, se ha convertido en un acto clandestino, en una sorpresa de la intimidad sexual o en una fruición secreta, y las zonas del cuerpo más fuertemente marcadas por el olor, por su olor inconfundible, lastradas por el peso de un nuevo tabú, han caído en el oscuro pozo en el que se atesoran los fetiches inconfesables.


Antonio Calvo Laula (Carmona, 1960), es autor de textos de carácter ensayístico interesados principalmente en la interpretación de ciertas manifestaciones de la cultura y el arte, en especial de sus contenidos simbólicos, míticos y literarios. Ha publicado, entre otros, los siguientes trabajos: Res Naturae, Antonio Sosa S/T, Fuegos, Torre en la Torre, Nature Morte, La tierra sitiada, A vista de pájaro, El numen, el totem, la diosa; Carmona, motor de sensaciones (en coautoría con Juan Fernández Lacomba), Aeternitas, etc. Igualmente ha publicado, también en coautoría con Fernández Lacomba, el libro In Vandalia Carmona. El texto que hoy nos ofrece pertenece al libro aún inédito La destrucción del zigurat, obra que constituye su aportación al Proyecto SUR-ES (Encuentros Interdisciplinares sobre Naturaleza y Civilización), celebrados en el Parque Nacional de Doñana y en los cuales participó junto a otros artistas.