Conjuro contra el mal de las profundidades
Yo quería viajar en su mirada
-él, mientras tanto, había contratado
un viaje organizado por mis arrecifes.
Quería sumergirme en el misterio
de sus aguas profundas
-él había alquilado, por tiempo indefinido,
un fuera borda que alcanzaba
la costa en tres caricias.
Quise cazar su espíritu
por las sendas salvajes de su boca
-me ofreció una biznaga y unas horas
en un hotel de tres estrellas.
Bien entrada la noche, me di cuenta
que bajo la almohada escondía
el último estribillo del verano.
Yo no tenía bolsa ni maletas,
no me costó despedirme. De vuelta
a casa le envié, sin remitente,
una vista parcial de mis encantos.
Ya nunca viajo en carne ajena,
los caminos que exploro son de tierra,
de agua el océano que surco,
ciertos los bosques que atravieso.
Cuando de amor se trata, me basta con algunas
excursiones sencillas, sin riesgo aunque perversas,
me mantienen en forma, no malgastan
las fuerzas que reservo a los abismos.
Al fin y al cabo un hombre
es un poco de arena entre los dientes,
en el mejor de los casos, a veces,
una mota de polvo en una lágrima.
Conjuro contra el mal del altura
No podían culparme si llegaba
un poco tarde a alguna cita,
era sabido que siempre escogía
el camino más largo,
aquel que atravesaba una montaña
pasando por la cumbre,
aunque la cita fuese dos calles más abajo.
Quise poner remedio a tanta incorrección:
me aficioné a los vuelos interiores.
Para facilitar
me los desplazamientos
compré un apartamento junto al aeropuerto.
Claro que mis amigos continuaban
citándome en el centro, y yo
tenía que explicarles mi retraso amparada
en la saturación del tráfico aéreo.
Eran muy comprensivos y, por mi cumpleaños, me ofrecieron
un ala delta. Me mudé
a un vigésimo quinto, un sueño V.P.O.,
esquina de la calle Alta.
Pero el problema, entonces, fue
la dirección del viento.
A la cita llegaba arrastrando mi traje de polivinilo
cuando todos se habían retirado.
Pero, al fin, descubrí los viajes astrales y pensé
que todo cambiaría.
En cuestión de segundos alcanzaba la altura
de los cometas. Antes de pensarlo
me hallaba a diez mil metros por encima
de mí misma.
Hubo un inconveniente: me olvidé de las citas.
Mis amigos me hacían señales con las manos
y agitaban pañuelos como de despedida.
Por fortuna volví, vomité mil estrellas
y los nombres de todos los dioses celestiales.
Desde entonces procuro calzar botas de plomo,
me sumerjo en un baño de arena cada día
y acostumbro a comer los frutos más pesados.
No llego tarde, ya, a las citas,
mas procuro evitar que sean
en parques con palomas o gorriones.
o testigos de algún impostor de altos vuelos.
Conjuro para un baile de medusas
Noté un silencio parecido a la circunferencia de una cúpula.
Me levanté perpleja
y asomé la cabeza entre las dunas:
el mar había desaparecido.
En su lugar quedaba algo así como un hueco esponjoso
y una enorme hendidura -estremecidos labios
sangrantes y apretados- hacía de horizonte.
Por jugar a la nada con tanta desmesura,
me tenía que dar por satisfecha:
ni queriéndolo hubiese conseguido
resultados tan densos, tan perfectos.
Me quedé estremecida al borde de aquel ser:
era la negación suprema de las aguas,
el triunfo del No.
Erguida dentro de mis ojos, exultaba.
No obstante, algún error, algún lastre numérico
debió introducirse en aquella ecuación:
bajo mis pies surtía un extraño bullicio,
un exceso de vida salada y rumorosa;
caracolas, galápagos, cangrejos y peces plateados,
atunes y percebes surgían de la arena
y asaltaban mi cuerpo como la última roca.
Yo fui fiel a mí misma: probé la transparencia
de las medusas en mi carne
y, mientras me desvanecía,
gelatinosa y digna,
oí cómo subía la marea imposible de la nada
y arreciaba el no-viento de poniente.
Conjuro contra el mal de ojo
Es cierto que las cosas se amasan con el tiempo,
que acceden poco a poco a coincidir con sus nombres
y a veces amamantan un deseo de cuerpo
que inunda nuestros ojos para que ellos oficien
la vieja ceremonia de los límites.
Es esta arquitectura el sabor de los mundos,
el arte imprescindible de las correlaciones,
pero es también la antigua cadena que nos fuerza
a vivir encogidos bajo nuestra mirada,
salmodiando los nombres que inventamos un día
-aquel día en que aún éramos libres.
Mirad como esta duna se parece a otra duna,
ved el escarabajo y su rastro en la arena,
y la arena no es duna, ni mi mano es la pinza
que aprisiona mi dedo, ni mi dedo es la arena
que se escurre a mi paso, mirad cómo las cosas
disponen nuestro mundo de tal modo que sea
fácil reconocerlo en las frases que dicen
tan solo lo que nombran.
Pero si de mis ojos se desprenden
los brillos y las sombras, los contornos,
y el azogue se licua
y aprende el recorrido de las lágrimas,
entonces, sí, entonces es mi dedo la arena
que se filtra en la siesta de los pájaros
para abrir el rastro de una huella
que a mi paso se escurre en la pinza que suelta
la duna de mis labios.
Entonces, abro la boca y sumerjo
mi ser de escarabajo
en la fragilidad caótica del universo.
Conjuro contra la nefasta costumbre de perseguir fantasmas
Se generan despacio, acompasando el pulso, vienen
del borde de los sueños, de lo no acontecido,
de los surcos abiertos por las lágrimas,
de esos días que aciertan a caminar de espaldas;
crecen en el contorno de una frase inconclusa,
en la sombra de un gesto que no llegó a cumplirse
o el mapa de un lugar que no pudo habitarse;
se alimentan del tiempo y los deseos
que duermen en el vientre y despiertan subiendo la garganta,
los roban cuando afloran en la lengua,
los succionan y luego se aletargan un poco más arriba, tras la córnea.
No tardan en lograr componer su figura; esta dependerá
del calor del deseo, la calidad de la memoria
y lo experta que sea la mente en que se hospedan
en combinar lo incierto y lo posible.
La mayor amenaza del fantasma es el olvido,
ese anhelo de ser una vez más desde un principio,
ese amor a la ausencia, a la página en blanco,
al reto que supone el empezar de nuevo.
El olvido es la puerta del futuro.
No hay fantasma capaz de ofrecer resistencia y conservarse íntegro
si la mirada en la que halló cobijo,
a pesar de sus trampas, se tensa y acaricia el horizonte:
desorientado y sin aliento,
se contrae, pierde pie y se transparenta.
Luego se desvanece.
En ocasiones puede verse
cómo un fantasma intrigante y altivo
en el umbral de un párpado se asoma
y con una ligera mueca de desdén
gira sobre sí mismo, se precipita y cae
envuelto en la neblina acuosa de su ser
imaginado.
Conjuro contra el enamoramiento
ADVERTENCIA
No efectuar conjuro alguno contra el enamoramiento
mientras se esté enamorado:
la imagen del estímulo agravaría el mal
y la mente, ofuscada, no hallaría descanso.
I
En tiempos de sosiego, comprobar las compuertas con frecuencia,
verificar los cierres uno a uno, cuidar las cerraduras,
asegurar los muros, reforzar los enganches
sin olvidar las palancas de cierre
y el mecanismo de los corredores.
Todo debe estar listo para recibir al intruso y actuar
con la mayor celeridad.
La mente es un castillo,
el que conoce los planos secretos
es su dueño.
II
El caballero que atraviese el puente deslumbrándonos
y sin dificultad penetre en la antesala
neutralizando las defensas con solo su presencia
debe ser apresado.
El mago elegirá el color de la estancia y su compuerta.
Tras ella permanecerá hasta que su armadura halla perdido el brillo.
Chantal Maillard es titular de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Málaga. Se especializó en Filosofía India en la Universidad de Benarés (India). Actualmente enseña Filosofía Oriental y Estética. Entre sus obras destacan Hainuwele (Premio Ricardo Molina, Ayuntamiento de Córdoba, 1990), La otra orilla (Quasieditorial, Sevilia 1990), Poemas a mi muerte (Premio Santa Cruz de la Palma, Ed. La Palma, Madrid, 1994), Jaisalmer, (Árbol de Poe, Málaga, 1996) y los ensayos El monte Lu en lluvia y niebla. María Zambrano y lo divino (Diputación Provincial, Málaga, 1991), La creación por la metáfora. Introducción a la razón-poética (Anthropos, Barcelona, 1992), El crimen perfecto. Aproximación a la estética india (Tecnos, Madrid, 1993), La sabiduría como estética. Confucionismo, taoismo y budismo (Madrid, Akal, 1995).


