Madrid ahora es una ciudad enferma pero real, no el paraíso sumamente accesible que soñábamos entonces. Ahora nada está cerca. Todo resulta cada vez más impenetrable, y yo necesito, creo, para estar seguro de mí, que Fernando se convenza de que nunca seré suyo -¡qué melodramático!-, para que también yo -me encuentro a gusto con él, solo con él me atrevo a hablar de lo que me duele, solo con él sé hablar horas y horas sin desear que termine- acabe de estar convencido de ello. Me dejó en la mesa de la Sala de Comunidad una cuartilla con quince preguntas, creo recordar, quince preguntas que yo jamás me hubiera atrevido a hacer, y en el patio, luego, se quedó mirándome con una gran ternura y empezamos a hablar de todo: de cómo nos rehuíamos durante los últimos años, como si tuviéramos miedo de ser amables el uno con el otro -yo sé que nunca volveremos a sentir, con nadie, aquel hervor de cuando nos espiábamos, nos zaheríamos incluso bajo una máscara de cura de humildad: un trazo imborrable, irrepetible-, de cómo aquella aspereza del uno con el otro -estaba muy reciente el bochornoso espectáculo que ambos dimos en el comedor el día de Año Nuevo, él llamándome a mí cerdo y yo a él señorita (fue sin duda el tema de la semana)- no era sino la deformación de un afecto que nos resistíamos a admitir, como si nos mancillara -¿acaso nos mancillaba?-, de cómo dos personas pueden llegar a declarar ferozmente que se odian por no declarar que se aman -y nosotros nos amábamos: durante el Noviciado Menor, en el Noviciado, ahora, ya profesados los primeros votos de Pobreza, Castidad y Obediencia, fidelidad al Sumo Pontífice y Enseñar gratuitamente a los pobres, el Escolasticado-; confesiones cada vez más francas y desesperadas -trazos imborrables-, el primer abrazo, que pretendimos de reconciliación, pero que rebosaba sensualidad -un arañazo irrepetible: todavía puedo estremecerme recordándolo- y aquella tarde los novicios menores representaban en el Salón de Actos una obrita sentimental mientras nosotros, en la última fila -instintivamente, como las clásicas parejas que van al cine con el pretexto de la película para meterse mano- nos relatábamos con emoción, y no sin cierta procacidad aún balbuceante, nuestra infancia; de forma que al caer el telón hubiéramos sido incapaces de decir una sola palabra consecuente sobre lo que aquellos chicos voluntariosos y torpes acababan de representar -todo eso irrepetible, viciado, tendrá que asomarse algún día a mi piel, tal vez ahora, inmóvil, cuando no siento mi cuerpo, como si me lo hubieran arrancado violentamente, pero no voy a moverme, tal vez no lo consiguiera, no voy a incorporarme, ya es demasiado tarde para intentar una traición liberadora y todo lo que ahora haga de espaldas a mis propósitos no hará sino volverse contra mí-, y ya no nos separamos -la misa, las oraciones, la lectura, el trabajo manual, tal vez las clases, y nos buscábamos el uno al otro con el menor pretexto, para sentirnos próximos y tristes-, imborrable, irrepetible, posiblemente definitivo, y nos juramos -¡qué maravillosa estupidez!- vivir siempre juntos, hasta finales de junio… Fernando recordará la fecha exacta. Quizás el tiempo haya cambiado bruscamente. Puede que en estos instantes Madrid haya recuperado de pronto su desgarro entre pueblerino y cosmopolita, su desparpajo campechano y generoso pero descastado, esa altivez barata de todo el que asegura haberse hecho a sí mismo: su desfachatez de ciudad primitiva e híbrida, primitivamente dichosa. No lo puedo comprobar, pero me encuentro cansado y algo perdido, pese a no haberme movido de aquí, pero como si me hubieran trasladado, sin yo darme cuenta hasta ahora, a una altura inusitada. Solo puedo ver la cal amarillenta del techo, y no quiero forzar los ojos, alejar la vista es una forma como cualquier otra -mucho más definitiva que la mayoría- de movimiento; uno tiene la impresión de hallarse flotando en un espacio sin límites. No siento -he vuelto a intentarlo, me encuentro en mis sentidos- las sábanas arrugadas -estaban arrugadas, de cualquier forma, y las mantas, tal vez, caídas a un lado, mi cuerpo completamente desnudo- , no podría asegurar que me encuentro donde antes, una cama deshecha, de forma que ya todo es recuerdo. Todo resurrección.


Fragmento de la novela Tatuaje, que obtuvo el premio Sésamo 1973 y permanece rigurosamente inédita. El 21 de diciembre de ese año, fecha en que el almirante Carrero Blanco subió vigorosamente a los cielos, un jurado compuesto, entre otros, por Juan García Hortelano, Alfonso Grosso y Ramón Nieto, decidió conceder el premio a este libro, a pesar de su contenido previsiblemente inaceptable para la censura de la época. «Desaconsejada», en efecto -según la fórmula utilizada para la prohibición de libros- su publicación total por los censores, Tatuaje quedó marginada, primero, y, después, ajena a las sucesivas modas por las que ha ido pasando la narrativa española contemporánea. Su autor le tiene la ley reservada a los protomártires.

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Eduardo Mendicutti nació en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), en 1948. En 1972 se traslada a Madrid, donde obtiene el título de periodismo y empieza a colaborar con artículos y críticas literarias en diversos periódicos y revistas. Gana, entre otros, el Premio Sésamo y el Café Gijón. En 1974 publica su primera novela, Cenizas, a la que siguen Una mala noche la tiene cualquiera (1982, Tusquets, Barcelona, 1988) Última conversación (1984,Tusquets, Barcelona, 1991), El salto del Ángel (Premio Ciudad Alcalá de Henares de narrativa 1984, ed. Fundación Colegio del Rey, Alcalá de Henares, 1985), Siete contra Georgia (finalista del IX Premio La sonrisa vertical, Tusquets, Barcelona, 1987), Tiempos mejores (Tusquets, Barcelona, 1989), El palomo cojo (Tusquets, Barcelona, 1991) y Los novios búlgaros (Tusquets, Barcelona, 1993). Actualmente, es director de Estudios de TECNIBERIA, asociación española de empresas de ingeniería y consultoras.