«…el amor es un árbol que da frutos
dorados solo cuando duerme».
                           EDUARDO LIZALDE

 

Árbol

que nace
de su propio sueño.
Frutos
que toman el sabor
de las cosas
que suceden: los días,
las fatigas,
lo que ocurre
y circula,
lo que asoma
y no llega.

El árbol se hincha,
escala,
hunde raíces,
dispone la espesura
de su sombra.

Ni el viento
que lo agita
consigue perturbarlo.

Que dure lo que es,
que no despierte.

El que te ve nacer

por las mañanas, al llamado
imperioso
del reloj
y entre bostezos;

el que distingue
la rara beatitud de tu rostro
desnudo
de cosméticos,
la excitante
humildad de tus pies
con curitas
y en sandalias;

el que colmado
de ternura
te ve orinar todas las noches
y te descubre estática, frágil
y absorta
como animal
en descampado;

devoto de tu piel
sin lociones ni adornos,
de tu olor comedido,

de tus mañas
más íntimas,
soy
el que ha soñado
en despertar
contigo
hasta el día del horno
y las cenizas.

Que nada cambie.

Ayúdame a seguir
en donde estoy
sin renunciar al viaje.
Huye de mí
conmigo. Andemos
a los rumbos
que te gustan:
al desierto con mar,
al filo de esas playas
donde van a olvidar
los memoriosos.
Adonde vas,
iremos;
a esos lugares
que persisten fieles
a lo que son
y al apetito nuestro
de poblarlos un día.
Que nada cambie,
ni las ganas
de errar
cuando nos gana
el tedio. Mientras,
enséñame a entrever
lo que persigues
quieta en la silla
donde te busco siempre.

 

El amor nunca está

donde se dijo.
Incierto,
itinerante,
pretende andar ahí
cuando lo llaman,
y aunque no llega
siempre aspira a volver
adonde cree que estuvo.

Con nosotros viajó
como un escurridizo
polizón.
Soñaba en persistir
junto a los cuerpos
que le dieron sustancia,
pero al menor descuido
tomaba tierra
en busca del amor
que él mismo fue
algún día.

Y sin embargo
siempre dejó su insignia
momentánea
en nuestros cuerpos
enlazados.

Entonces
qué perdimos,
si el susodicho
jamás se estuvo quieto.

No tuvimos amor:
fue amor el que nos tuvo
a fuerza de acudir, saltar,
irse de bruces, perderse,
hacer la luz,
mudar de nuevo.

 

No sé ni lo que digo

en estos versos
que principian en ti
y a ti regresan.

Hay un raro sigilo
en todo esto que nace
en la garganta,
se enreda
en la membrana finísima
del tímpano
—y cae sobre la hoja,
en forma de palabras
que quieren desmentir
a las palabras.

Limón
ya no es limón
como en las plazas
sino el dejo agridulce
de tus pechos, el ápice
fragante
del pezón.

No es claro lo que escribo,
lo que me dictas hoy
mientras padezco
de anticipar tu sombra
y combatirla
con baladas anómalas.

Yo no he sabido nunca
contar lo que me pasa
al distinguir
las ondas delgadas
de tu voz, o al apretar
tus manos
y percibir sus huesos,
tan livianos.

Estas
y tantas cosas
que a diario
se reponen
yo no las sé decir;
por eso espero
a que tu voz
y la lengua
cifrada de tus gestos
me asistan
cada vez. Y ellos
responden
con señales confusas,
abundantes de enigmas.
Con esto escribo.

 

Tú, hoguera

y ráfaga, umbral
y vocación
de estos poemas,
sabes muy bien
que ninguno entre todos
me devolvió tu amor.
No sirve la poesía
para eso
y en general
no sirve para nada.

Y sin embargo
cada una de estas líneas,
escritas con la sal
sobre la herida,
se empeña en registrar
la ruta imaginaria
hacia el preciso día
en que,
de acuerdo
con las leyes
del azar,
nos congregó la luz
por un instante.

Ese instante
cruzó las ciudades
del sueño, el caudal
de la sombra.
Y el tramo que vivimos
raudamente
pasó,
y pasaron los días
de tenernos,
hechos de tiempo
y combustión.

Ahora
para mí
no quedas tú.
Están la calle, la antigua
soledad,
el aguacero, el café
que bebimos,
el parque
que cruzamos.

Está mi yo sin ti,
y tú sin mí
te estás,
sola de mí,
sola
de ayer,
de los hallazgos nuestros.

Casi adivino:
ya no querrás
oír estos versos remisos.
Casi también te pido
entonces,
desde algún fondo
de silencio:
acoge
de algún modo
las horas
que nos viven,
atiende,
traga el aire,
asiste a respirar
la misma historia
que ocurre
todavía.

 


Eduardo Hurtado (México, 1950) estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaboró en diversas editoriales de poesía, entre las que destacan La Máquina de Escribir, Ediciones Toledo y la colección Tristán Lecoq de Editorial Trilce. Fue jefe de producción de la revista Vuelta y editor en jefe de La Jornada Semanal, (suplemento de cultura del periódico La Jornada). De 1996 a 2000 diseñó y coordinó las actividades culturales de la Casa del Poeta Ramón López Velarde. De 2003 a 2006 fue tutor de poesía en el Programa Nacional de Jóvenes Creadores del FONCA.

Es autor de los siguientes libros de poesía: La gran trampa del tiempo (1973), Ludibrios y nostalgias (1977), Donde conversan los amigos (1981), Rastro del desmemoriado (1986), Ciudad sin puertas (1991), Puntos de mira (1997). Todos ellos recogidos en Sol de nadie (UNAM, México, 2001). A este volumen le siguen Las diez mil cosas (Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer, 2005) y Bagatelas (2008). Ha escrito también el conjunto de ensayos Este decir y no decir (Aldus, 2004).
Es autor de varias compilaciones como Otromundo de Juan Gelman (FCE, 2008) y Todo poema está empezando de Eduardo Lizalde (Ediciones La Otra, 2010). Los poemas que aquí aparecen forman parte del libro inédito Ocurre todavía.