Es propósito de la revista Palimpsesto, en estos últimos años, aprovechar los actos de presentación de cada número para, según nos enseñaron el espíritu romántico y, sobre todo, ciertos movimientos experimentales de comienzos del siglo XX, descubrir qué hay de poesía en otras manifestaciones artísticas y, en diálogo con ellas, prolongar la dimensión poética más allá del poema mismo.
Pocos autores más idóneos para ello que Jean Cocteau (1889-1963), cuyo inconformismo creativo lo llevó a todos los géneros literarios, al cine, a las artes plásticas e incluso al ballet, colaborando además, imbuido de las efervescencias vanguardistas de su época, con pintores, músicos y bailarines como Picasso, Stravinsky o Diáguilev. Jean Cocteau consideraba que todo su mundo estético gira en torno a su abarcadora concepción de la poesía, que irriga también La voz humana, el más conocido de sus cuatro monólogos. Escrito en 1930, ha sido llevado recurrentemente a las tablas y a la pantalla por actrices de la talla de Margarita Xirgu, Amparo Rivelles, Ana Magnani, Ingrid Bergman y Sofía Loren, dirigida a sus 78 años por su propio hijo, Edoardo Ponti.
En la obra, una mujer acaba de ser abandonada por su amante, tras cinco años de relaciones amorosas. La vemos levantarse de la cama para esperar ansiosa una llamada de teléfono de su ex pareja. Todo el acto, de casi una hora de duración, es la conversación entrecortada, compungida, que su protagonista mantiene con su hombre, aunque solo a través de lo que ella dice y hace en el escenario, los espectadores intuimos qué piensa y expresa la invisible e inaudible persona que está al otro lado del teléfono. La voz humana es un ejemplo de extrema sobriedad teatral, donde ni el decorado ni las palabras apenas subrayan nada –estas incluso contradicen por momentos los gestos del personaje–, dando pie a silencios y tonos tan significativos que, por sí solos, van mostrando, sin tapujos, toda la gama emocional del desamor, desde la repentina desesperación a la sumisión resignada, pasando por el desgarro, la angustia, la ansiedad o la conformidad momentánea, en una inestabilidad sentimental vertiginosa. En su libro misceláneo El cordón umbilical, escribe Cocteau que este monólogo tentaba a muchas actrices jóvenes y no tan jóvenes a derramar lágrimas y les advertía que «si lloráis, el público no llora». Así pues, La voz humana, por su falta de desarrollo anecdótico en favor de una creciente intensidad, puede considerarse un poema dramático de la escena, donde el despliegue de encontrados sentimientos es su verdadero argumento.
Antonio Dechent, reconocido actor trianero, de una ya dilatada carrera profesional, ha tenido el gran acierto de transformar en un hombre al único personaje de esta obra, siendo pues el abandonado por la mujer. Este cambio de papeles potencia más si cabe el dramatismo de La voz humana, ya que ni la vida ni el arte nos tienen acostumbrados a presenciar de manera tan descarnada el íntimo sufrimiento sentimental de los hombres. No olvidemos, por si alguien la considera exagerada, que la acción se desenvuelve en la estricta soledad de un dormitorio, donde nadie es testigo de los desahogos humanos y donde las composturas bajan la guardia. En este sentido, conmueve ver a Antonio Dechent dando vida a un ser derrotado, vulnerable, aferrado agónicamente al frágil cable telefónico, máxime si nos acordamos de tantos personajes marginales, duros, sin escrúpulos que ha interpretado. Ya en las modulaciones y matices de su voz –cuya inconfundible gravedad pertenece a la estirpe de Juan Diego, José Sacristán o Fernando Fernán Gómez– están contenidos todos los estados del ánimo. Con ustedes, Antonio Dechent en La voz humana de Jean Cocteau.




