La siesta

La gaviota busca rumbo, elige itinerario, y se pierde sobre el mar con ritmo lógico.
El caballo muerto se hamaca en la rompiente: carne buena para la fauna acuática.
Las constelaciones se amontonan dando cara a la ventilación universal, sin otro sentido a la vista que el de crear intemperie, sin confiar en la casualidad; la casualidad solo existe aquí abajo, entre criaturas paradojales, mientras arriba gobierna la lenta prepotencia del que sabe a dónde va, o no le importa ignorarlo.
La gaviota reaparece y seguimos sin saber qué procura, quć opinión le merecemos, qué idioma prefiere de esta vasta incomunicación; y el caballo flota y se hunde en la marea con la importancia desmesurada de cualquier comida.

Todo esto tiene seguramente un motivo
de reunión, una armonía
menos obvia que la necesidad;
pero es domingo, la siesta
impone su ley abúlica
y el sol crepita sobre nosotros sin tomarse un descanso.
Cualquier idea argumental ha sido excluida,
el futuro es una amenaza indiscriminada
que hemos borrado con cerveza, viento del mar
y pistas falsas.

 

El circo

El payaso reitera su momento célebre.
El trapecista arrebata, una vez más, su doble salto a la muerte.
El malabarista: una broma de la exactitud.
La ecuyère tiende un arco panteísta y cae de pie sobre el caballo.
El mago inventa una coincidencia de ventanas por donde asomó mi expectación.
La bailarina tiene algo de campana rural, como un sonido que piensa en otra cosa.
Y yo, el público secreto, compenso el apogeo de todos con juicio que, a mi pesar, me engloba.

Nada ocurre fuera de órbita;
y si soy el que mira, el que se ríe,
también soy el trapecista, el domador, la ecuyère flotante;
una coincidencia sin estrépito
en la que cada uno es un fragmento de los otros,
mundo reflejo, noción independiente
compelida a la solidaridad.

Cuando cierro los ojos,
desaparecen todos;
pero yo también: un precio
que está incluido en el espectáculo.
Intercalado en esta legendaria estridencia,
abro los ojos y me reconozco.

 

El cartero

Con pasos medidos: como si eludiera un peligro del que nada sabe.
Con pie ligero: como si lo apremiara la lluvia o la decisión fanática de no dejar a nadie sin su merecido.
Una visión fugaz: apenas un reflejo en el marco de la puerta, deja la carta en el buzón y pasa.
Camina a sol y sombra, saluda a los vecinos, llega por mí a donde yo no estoy (por ejemplo, a donde el sol se arropa sobre el cerro San Bernardo), y entrega su equipaje que no acepta fronteras: saludos, reclamos velados, diálogos de sordos.

Palabras impacientes que le dan sentido:
sin esta ayuda no existe, es eco sin provecho,
brújula desnortada que no concierne a nadie.
Por eso, cuando llega,
sentimos la alarma de saber
que esta tarea la hacemos entre todos:
prueba absoluta de que estamos solos.

 


Santiago Sylvester nació en Salta, Argentina, en 1942 y vive en Madrid desde hace trece años. Ha publicado los siguientes libros de poesía: En estos días (1963), El aire y su camino (1966), Esa frágil corona (1971), Palabra intencional (1974), La realidad provisoria (1977), Libro de viaje (1982) y Perro de laboratorio (1987). En prosa ha publicado La prima carnal, un libro de cuentos, en 1986.

En su país ha recibido el premio Sixto Pondal Ríos, el de la Dirección de Cultura de Salta y, en dos oportunidades, el del Fondo Nacional de las Artes. En España le fue otorgado el premio de cuentos Ignacio Aldecoa.