El grillo

Música porque sí, música vana
como la vana música del grillo;
mi corazón eglógico y sencillo
se ha despertado grillo esta mañana.

¿Es este cielo azul de porcelana?
¿Es una copa de oro el espinillo?
¿O es que en mi nueva condición de grillo
veo todo a lo grillo esta mañana?

¡Qué bien suena la flauta de la rama!
Pero no es son de flauta: en un platillo
de vibrante cristal de a dos desgrana

gotas de agua sonora. –¡Qué sencillo
es a quien tiene corazón de grillo
interpretar la vida esta mañana!

 

Invitación a contemplar la luna

Tú que has visto las lunas literarias
que por las hojas de los libros ruedan,
ven a ver esta luna. Es una simple
luna de la naturaleza.

No digas se parece, no hagas una
metáfora, aunque sea
la justa, la inhallable, la que nunca
visitó el corazón de los poetas.

No cuelgues de su disco claro y puro
ningún cintajo literario. Sueña
que por primera vez abres los ojos
a una noche de luna y la contemplas.

 

Lo imprevisto

Señor, nunca me des lo que te pida.
Me encanta lo imprevisto, lo que baja
de tus rubias estrellas, que la vida
me presente de golpe la baraja

contra la que he de jugar. Quiero el asombro
de ir silencioso por mi calle oscura,
sentir que me golpean en el hombro,
volverme, y ver la faz de la aventura.

Quiero ignorar en dónde y de qué modo
encontraré la muerte. Sorprendida,
sepa el alma, a la vuelta de un recodo,
que un paso atrás se le quedó la vida.

 

Meditación ante un puñal

Duro puñal, espejo de la muerte.
Puente resbaladizo del infierno.
Helado surtidor de aguda punta
hacia nubes de sangre levantada.
Tu cruz erige tumba provisoria
en que es lápida el pecho abandonado
por el alma inmortal que huyó de pronto.
Clavado estás sobre mi mesa y brillas
con reflejos de luna sobre el ébano,
como la antorcha de Caronte, pálida,
sobre las negras ondas que transcurren
entre tu gesto rojo y su castigo.

Tiene tu puño acogedora forma.
Mi mano en él tan cómoda se siente
que el espanto me sube por el brazo
como un lento veneno, y me pregunto
en la profunda noche en que te miro:

Lívido ejecutor de la venganza.
¿Tu rayo azul alumbrará la luna
de las encrucijadas temerosas
junto al negro caballo encabritado?
¿O en verde campo con monedas de oro,
oro de naipes clavarás, vibrante,
con la rápida mano del fullero?
¿Nocturno vino correrá mezclado
a la violenta sangre que derrames?
¿O el pecho del tirano, austeramente,
traspasarás en horas de justicia?

¿Qué azar sangriento moverá tus filos,
duro puñal, espejo de la muerte?

 

En la muerte de Federico García Lorca

La alta torre de Dios yace abatida.
Polvo celeste en pólvora quemado.
Río de sol y nardos apagado
bajo el puente redondo de tu herida.

El alto cielo de tu silencio mida.
Haz de flores y flechas disparado
hacia la eternidad, y enraizado
en el hondo diamante de la vida.

En los lirios de Góngora, crespones.
En las rosas de Lope, llanto y duelo.
Lágrimas de poetas y leones

acompañen tu entrada al ancho cielo,
sueño de muerte, para ti desvelo
en la luz matinal de tus canciones.

 

Hoy

Nada me preguntéis, que nada he visto.
Del pájaro no sé, ni sé del canto.
Solo en espejos de caliente llanto
la inútil sangre vi correr del Cristo.

No sé quién soy, ni sé para qué existo.
Crece ante mí la flora del espanto.
Y el temeroso paso que adelanto
las losas pisa de un dolor previsto.

Cerradas puertas, negras torres mudas.
Cadáveres de niños y campanas.
Gesticular de euménides y dudas.

Muertas bajo un laurel las nueve hermanas.
Y mis manos ardientes y desnudas
escribiendo al azar palabras vanas.

 

De otro cielo

Esta es mi copa y la rompo.
Este mi caballo y lo suelto.

Decid a mis amigos que he muerto.

Que el vino derramado de mi copa
lo beban mi enemigo y mi perro,
y sobre las cenizas de mi casa
dancen ebrios.

Yo con mi propia sed quiero embriagarme
hasta ser una estatua de fuego.

Decid a mis amigos que he muerto.

Que mi caballo pase
bajo el arco de rosas y laureles
con otro caballero.

Decid a mis amigos que he muerto,
que he muerto y soy dichoso
de otra dicha que baja de otro cielo.

 

Elegía

Suavísimos cabellos que amé un día
y en sombra yacen hoy desparramados,
por ébanos y plata custodiados
bajo la piedra que la cruz enfría.

Boca que en la sonrisa le entreabría
paso a frutos de amor más regalados,
cenizas de altos fuegos reavivados
por lo que dure la palabra mía.

Por lo que dure la palabra triste,
por el amor y el arte poderosa
para teñir la sombra que te viste

con otra sombra de color de rosa,
la sombra que me diste
cuando me amaste, cuando fuiste hermosa.

 

Misterio del poeta

Arrojadlo del baile
por la ventana abierta,
que el viento de la noche
lo lleve a su ribera.
Borrad su nombre falso
del libro de la fiesta,
romped sobre una tumba
la copa en que bebiera,
y prended sobre el pecho
de todas las doncellas
con que bailó una rama
de mandrágora seca,
y esa que lo ha besado
que nunca a bailar vuelva.

No estaba con nosotros
e igual que si estuviera
flotaba en nuestra música
y en la espuma ligera
del vino se mecía
su forma vaga y ebria.

Enamoró a las hijas
reales de la tierra
llenándoles los ojos
de soledad y niebla.

¡Arrojadlo, arrojadlo
antes de que convierta
la vida en un recuerdo
y en lágrimas las perlas!

¡Oh, no cumpláis, hermanos,
la bárbara sentencia,
dejad que a una cortina
me acerque y me sostenga!
Cubrid mis pies con barro;
dejadme echar en esta
alfombra de colores
una raíz de vida
oscura y verdadera.

Los hombres se reían
y alegres las doncellas
con aire de abanicos
cumplieron la sentencia,
aventando su sombra
dorada y ya imprecisa
por la ventana abierta.

Mas algo de él quedaba
flotando en los violines,
mas algo de él volvía,
después, con la tristeza.

 

Yo quisiera una sombra

Yo quisiera una sombra que no fuera la mía,
la de una antigua espada, la de un fino cristal,
la del pájaro en vuelo o la nube borrosa.
Una sombra, otra sombra, para verla pasar.

Otra voz que no fuera esta voz que traduce
hace más de treinta años el rumor de mi mar,
una voz de campanas o de ríos llorosos.
Otra voz de otro acento para oírla cantar.

Y quisiera los sueños que no soñaré nunca,
la angustia que mi alma no sentirá jamás,
el terror de las fieras en la selva sombría,
la alegría radiosa de la alondra solar.

De ese desconocido que ha cruzado la plaza
los recuerdos más tristes quisiera recordar.
Llenarme de otras vidas, otra luz, otras muertes.
¡No ser este hombre solo frente a la eternidad!

 

Prólogo inútil

Estoy cansado de andar
con los versos bien peinados
y quiero hoy alborotarlos
al viento verlos flotar.

Fuerte viento impresionista
que en la torre del poeta
ha clavado la veleta
en dirección imprevista.

Viento que sopló este día
y tal vez no sople más;
vuelo alocado y fugaz
hacia la barroquería.

El alma la dejo en casa
y vengo a hacer el payaso
con mi vestido de raso
y mis volados de gasa.

Bajo mi sombrilla roja,
entre luces y oropeles,
al son de mis cascabeles
danzaré en la cuerda floja.

 

El muro

Pongo la mano sobre el blanco muro,
pongo la mano sobre el muro helado,
y siento que en la noche, al otro lado,
pesa otra mano sobre el muro oscuro.

Hay un silencio inquieto, un inseguro
silencio de paraje despoblado.
Y mi alma es un pájaro clavado
por mi amarilla mano al muro duro.

Tierra y cal nos separan, tierra escasa
y fría cal. Y hay noche por afuera
hasta el fin de la vida. Ya traspasa

la mano el muro como blanda cera.
Estalla el miedo en la desierta casa,
y asido a un grito vuelvo a mi ribera.

 

El árbol de la ciencia

Yo vivía en el vago
país de la leyenda,
entre dorados héroes
y diáfanas doncellas.

De una verdad celeste
mi alma estaba llena,
como un prado de aromas
cuando es la primavera.

Pero una mala noche
traspuse las fronteras,
buscando las oscuras
verdades de la tierra.

Al ángel de la guarda
que me siguió en la senda,
lo ahuyenté con mis dudas
como a un perro con piedras.

Las ramas sin aromas
del árbol de la ciencia
hoy en mi frente triste
ponen su sombra negra.

Y fatigo mis manos
partiendo nueces huecas.

 

Búsqueda

Aquí perdió el caballo la herradura.
Aquí el camino de la muerte empieza.
Pocos árboles grises. Y la hondura
de la tarde, y el viento, y la tristeza.

Después hallaron el puñal caído
en el polvo amarillo, el cabo roto.
Después leguas sin nada. Y el remoto
viento moviendo el pajonal sin ruido.

Por fin el cuerpo helado
–pobre relieve gris en verde suelo–,
el renegrido pelo
a la frente pegado.

Y sobre el campo la quietud del cielo.
Y el viento que pasaba… y el pasado.

 

Estela

No pongáis en mi estela funeraria
mi nombre ni las fechas de mi vida,
ni la piadosa frase dirigida
a salvar mi memoria literaria.

Que en la palabra ajena no se agrave
la confusión creada por la mía,
que el mundo incierto que en mi voz vivía
el tiempo borre y el silencio lave.

Si hay un Dios que me quiere como espero,
yo que por no saber tanto he mentido,
quiero aguardar mi eternidad dormido
bajo un mármol por mudo verdadero.

 

La sirena

Va la sirena muerta por el río
con una flecha al corazón clavada
y desde la ribera desolada
mis lágrimas la siguen por el río.

Mía no fue, pero fue un sueño mío.
¿Quién la devuelve al mar, asesinada?
¿Por qué pasa ante mí, muerta y dorada?
¿Dónde perdió su corazón y el mío?

¿En qué arrecife de coral distante
irá a encallar su frágil hermosura?
Con ella encallará mi sueño amante.

Y del dardo mortal la pluma obscura
anunciará en la tarde al navegante
que allí tiene la mar más amargura.

 

A un lejano grillo

Ya no entiendo tu voz, músico de oro
que fue en mi corazón joya del día
hoy que es corona de mi frente fría
de aves nocturnas el doliente coro.

Otros dicen que aún oyen tu sonoro
alegro juvenil, como solía,
en la hoja verde en que la mano mía
te colocó con natural decoro.

Obra es del tiempo y del amor perdido,
y de la vida que se puso grave.
Veo el milagro, ignoro su sentido.

Soy el que ayer sabía y ya no sabe.
Devuélveme, oh amor, la rota clave
de mi voz, de mi vista, de mi oído.

 

La balada de doña rata

Doña Rata salió de paseo
por los prados que esmalta el estío;
son sus ojos tan viejos, tan viejos
que no puede encontrar el camino.

Demendóle a una flor de los campos:
–guíame hasta el lugar en que vivo.
Mas la flor no podía guiarla
con los pies en la tierra cautivos.

Sola va por los campos, perdida;
ya la noche la envuelve en su frío,
ya se moja su traje de lana
con las gotas del fresco rocío.
A las ranas que halló en una charca
Doña Rata pregunta el camino,
mas las ranas no saben que exista
nada más que su canto y su limo.

A buscarla salieron los gnomos,
que los gnomos son buenos amigos.
En la mano luciérnagas llevan
para ver en la noche el camino.

Doña Rata regresa trotando
entre luces y barbas de lino.
¡Qué feliz dormirá cuando llegue
a las pajas doradas del nido!