“Desplazarse lenta y torpemente por el tiempo:
he ahí el secreto de la longevidad”
Luis Ignacio Helguera
Es un caviloso: no tiene los ojos abiertos de un contemplativo y cuando sale, sale buscando; pocas veces tiene la mirada desnuda, sus ojos no están en la superficie de la cara. Sabe que el alma de la especie no es vegetariana y sin embargo desearía, a veces, para el género humano, el alma horizontal de un rumiante. Admira a los escarabajos que se la pasan empujando su bolita de estiércol, mientras gira la tierra.
Le gustaría ver el mar con los ojos cercanos de un mamífero: un cachalote mordido por las orcas en la corriente de Humboldt. Le atraen también los ojos de la raya y los del pulpo, pero imagina que los de la raya planean sobre un fondo de arena y los del pulpo se aferran a las rocas: ojos territoriales, de pequeñas distancias; en cambio imagina que los del cachalote son ojos transatlánticos, si no por su alcance, por la variedad de aguas que recorren. Ignora que el cerebro y los ojos del pulpo son muy parecidos a los humanos. Prefiere divagar a construir. El mar le permite estar en los ojos.
En los atlas sigue las migraciones de las grandes ballenas, los paquidermos del mar, que se la pasan ramoneando krill por las corrientes marinas. En cambio los tiburones no le agradan. Su rapidez tiene algo de infernal, de demoníaca. En el infierno las cosas deben de ser rápidas a perpetuidad, lo cual no tiene que ver, a su juicio, con la eternidad; a la eternidad la imagina, como el viaje de un cetáceo, uniforme y serena; piensa que el infierno debe ser, en tanto fiebre, como el ataque de un escualo: vertiginoso, quebrado y repetido. Le gusta este aforismo de uno de sus amigos: “Desplazarse lenta y torpemente por el tiempo: he ahí el secreto de la longevidad”; su amigo murió joven.
Escribe desde las primeras hojas o desde las últimas de una libreta, hasta que las dos orillas se tocan: playas del sol que nace y playas del sol que muere, costas que separadas se parecen como el espejo y su enfrente. Si cosiera todos los sueños de su vida, por un lado, y todas las horas de vigilia, por el otro, se encontraría con dos mundos imposibles de coser.
Abre la libreta buscando algo que no está escrito, al no encontrarlo la cierra; tiempo después la vuelve abrir y lo vuelve a buscar y vuelve a no estar y su desilusión crece y vuelve a cerrar la libreta, pero no se da por vencido. ¿Por qué si sabe que ahí no está, lo busca en las hojas en blanco de la libreta? Porque es más probable que esté ahí que en las hojas escritas, y porque en el fondo cree que este abrir y cerrar de la libreta con el tiempo hará que lo que busca aparezca.
Hay temporadas en las que quisiera escribir algo tan absorbente como una novela, algo que otorgue olvido y consuelo, que hable como le hablaba un cuento en boca de su madre. Pero no tiene fantasía y su lengua es muda para el relato; de vez en cuando le viene un poema breve, un aforismo en los que quisiera condensar lo que le dieron las novelas y los cuentos: viajes en los que participaba más allá de sí mismo.
Quisiera tener el ojo astronómico, la oreja arbórea y pajarera. Ambos deseos se los debe a su madre: ella le dio su ambición geográfica, entendida de la forma más decimonónica: desde la astronomía y la geología hasta la biosfera y la geografía humana: de las nebulosas a la creación de la tierra; de los ríos y los mares a los puertos y al comercio; de las montañas y volcanes a las minas, a las selvas, a la industria y a la fundación de las ciudades.
Teje una red de paciencia anticipadora. Espera sentado que el silencio hable: siente que el silencio no es neutral, no es continuo, tiene dimensiones, se metamorfosea sin salir de si mismo; siente que no por estar fuera, no mira y participa; cree que tiene la inteligencia de la zorra, que ve en cada cosa cada cosa, y la autosuficiencia del erizo. Según él el silencio es un animal que deja pistas: ahora que ya no puede seguir sentado, las busca de pie inútilmente.
Le obsesiona lo que suena en su oído que no está en la lengua de los hombres, sino en los elementos, en los ruidos de los pájaros, en los de los élitros; en un idioma cuya gramática ignora y cuyos sonidos son irrepetibles para su lengua y su lápiz.
Se pregunta: ¿Cómo expresarse sin hacer acopio de lo que no entra enteramente en el lenguaje? ¿Cómo hablar de uno mismo con uno mismo sin usar el lenguaje de todos? ¿Cómo entenderse y extenderse, sin hacerse entender por el lenguaje? Porque expresarse es salir del dibujo, de los márgenes, tiene algo de explosión o de extravío, y entender es dibujar, fundar formas recorribles por el prójimo. Escribir, sí, pero ¿de qué manera?
En la calle su ambición sería escribir con un estilo seco, amargo, visceral y al cerebro, ser su cronista, registrar la crudeza; en su casa su deseo sería hacer buenos poemas desde las raíces hasta la copa y las ramas. Cree en las raíces que se olvidan, que no están destinadas al ojo pero que trabajan para el árbol desde el silencio obscuro, país donde se mueven haciendo ruido entre las piedras, guiadas por la necesidad, evitando y buscando, deformándose siempre, hacia el tronco y el fruto: piensa que danzar por la copa y no por las raíces es el arte del árbol pero que su ciencia está debajo de la tierra.
Cree que al hablar de un río conviene ignorar que es una metáfora para que el poema lleve agua por un cauce no genérico. Van sus ojos al agua a nadar con los peces. El agua, para él, está también en la ducha, en la alberca, en la natación, en la cama equilibrando con su placer el transcurrir del tiempo.
A veces le exigen que salga, aunque su salida aporte únicamente un gesto, aunque sólo resulte añadir ruido al ruido. Leer es su manera de salir con las puertas cerradas. Es un autodidacta condenado a ser un eterno estudiante: se la pasa leyendo, piensa que algún día podrá sentarse a escribir, a coser lo leído a sus ojos. Pero no es un enclaustrado: se pasea, trabaja, baja a la ciudad, vence su reticencia a dejar sus lecturas y sus plantas, sale y mira a criaturas de su especie, a contemporáneos, que jamás tocarían sus puertas, ni entrarían a las páginas de un libro. Pero, a la postre, aunque está convencido que en cien metros de calle hay más complejidad que en cualquier tratado, defiende su silencio: le gusta vivir al margen, en el reducto del lector, en el beato sillón de Guillén, confiado a la intimidad de las bardas.
Su mujer esta dedicada a recibir la lluvia del cielo, a dotar a la casa de abundancia de techos y cisternas; combina la magia con la agudeza de observación de un arqueólogo, sin salir, sabe que pasa en la ciudad por mil indicios. En su casa él oye la lluvia de propietario: aquella que toca percusiones en un suelo conocido, sembrado; humedeciéndolo, deslavándolo: la lluvia benéfica y nocturna, la que nos da sueño y la que nos desvela, la que engorda la cosecha en la milpa y la que nos quita de la mano la cosecha. Antes de cambiarse a esta barranca era sordo a tales lluvias; mientras ahora: qué maravilla la lluvia en los helechos: los dos dormidos, uno soñando, los dos despiertos.
La sobrevivencia en las selvas tropicales del perezoso es para él pasmo y misterio. Anota en el transcurso de un documental televisivo cosas como éstas: “La higuera necesita al calao como el calao a la higuera” o “Las cabras de las nubes: los heraldos del monzón” y se va satisfecho a la cama como el que ha salvado el día.
Se daría por satisfecho con que las cosas no se agravaran tan de prisa. Lee únicamente tres o cuatro novelas nuevas cada año. Hace mucho que no lee una de una sola sentada, tiene que levantarse a pasear a cada párrafo; antes la corriente de la novela lo arrastraba, ahora no quiere saber: teme no sólo por los personajes sino por su autor, teme tanto por sus vicisitudes como porque no den con sus vidas. No puede ver películas en televisión sin huir por la casa, en cambio puede ver operaciones a corazón abierto. Las catástrofes en los noticieros le producen un malestar insoportable. Meses después las puede ver con cierto interés documental. Hace tiempo que no disfruta de la obscuridad de un cine: la cambió por un jardín; vive en los suburbios y no se desplaza demasiado.
Le angustian la multitud de rostros, de rastros, de datos, de seres, cada uno formado por millones de momentos, miles de recuerdos, cientos de estados de ánimo y todos, no obstante, finitos, limitados tristemente por la muerte. Le entristece que ya no estén sus padres, algunos amigos e, incluso, más allá de la historia humana, le fastidia que el sistema solar acabe revuelto con otros sistemas y galaxias. Cree que vivir es una aventura inútil (de ahí su afición a la novela), y que morir es, meramente, una consecuencia (de ahí su miedo y deseos de simplicidad y estoicismo). Por eso observa tanto a los animales: ellos nos dan lecciones de bien morir. Él espera, cuando llegue el momento, estar a su altura.
Le atrae el pulpo, un ser blando que vence a la dureza. ¿Cómo están distribuidos los tres corazones de un pulpo?, ¿están dispuestos para hacer llegar la sangre a sus ocho tentáculos?, ¿equivalen con su potencia conjunta al corazón gigante de una jirafa bombeando sangre a su cabeza más allá de las ramas?: cuestiones que le obsesionan, cuestiones que saltan de lo normal al caso. Le fascina la ola fantasma de 30 metros de altura, compacta y escarpada como un acantilado en movimiento que le roba la energía a otras olas, o nace del encuentro de corrientes submarinas con los vientos de la atmósfera. Intuye que las olas más asesinas son las que surgen de acuerdo a las leyes de lo inesperado y extraordinario y no obedecen las leyes de las olas normales. La revolución y la normalidad, el genio y el hombre normal, ¿tienen también leyes diferentes?, se pregunta del lado de las olas que azotan la playa.
Piensa que frente a un leopardo o un tigre todos somos inquilinos o inválidos. Dios expulsó del Edén a los hombres, no a los animales. Eva y Adán se creían los dueños de él y eran tan sólo dos inquilinos. Siente por eso que no hay que presumir ni avergonzarse, vive con curiosidad y placer este modesto privilegio que se nos va con el tiempo. Los contornos, el perfil y el volumen, son nuestras limitaciones, nuestras fronteras, lo que nos hace diferentes, vivos en la noción exacta: seres particulares, seres que nacen y mueren, pues, intuye, por otra parte, que ser pequeño es la única forma de ser y que también son pequeños tigres y leopardos.
Pertenece a un grupo de personas que les interesa el paso del no ser al ser, más que el paso del ser al no ser, pero no de la forma de un físico o un astrónomo, sino de la forma más pasmada y modesta de un entomólogo que dudara de la vida eterna y se enfrentara a ella, como se enfrenta un ateo a la nada: como un trapecista en el circo, sin redes teológicas.
Es un supersticioso de los pronombres: no habla consigo mismo en segunda persona, tuteándose; ni de nadie en tercera, nunca utiliza ese pronombre (Juan, María, sí, sí la tierra firme del nombre, pero no él o ella), porque la tercera persona es para él fantasmal, independiente, nebulosa y piensa que nadie puede ser en tercera persona. Todo cambia en plural: la tercera persona se acomoda perfectamente a los muertos, la primera, a los vivos (ellos los muertos, nosotros los vivos), pero ¿dónde la segunda persona?
En su casa a ciertas horas, se siente el capitán Nemo en su biblioteca frente al órgano, mientras en la ventana un paisaje submarino se despliega y los tentáculos del pulpo amenazan el concierto de Bach. Al mismo tiempo le rodean los ausentes: su padre y su madre (si se encontrara a sus padres en el más allá ¿A qué edad de ellos, a qué edad suya?); están sus muebles, sus libros y un deber hacia ellos que no adivina y que busca.
Le dieron poco a poco el alcohol y la palabra. De niño le gustaba escuchar a los amigos de sus padres, lo dejaban estar en las reuniones a condición que no interviniera, aunque debía de dar signos de inteligencia: podía reírse y deslizar de cuando en cuando algún comentario que lo distinguiera de los muebles. Iba por las cubas o por los whiskys y luego de cenar a la cama, en el fondo a sus padres les gustaba que aprendiera: si un carpintero, un electricista o un plomero trabajaban en la casa lo obligaban a que observara su trabajo y que les ayudara pasándoles las herramientas, pero él prefería el aprendizaje nocturno: el de la conversación y las copas.
Están los otros fantasmas que por más que les cierre las puertas entran por el teléfono: amigos y amigas a los que no quisiera ver y al mismo tiempo quisiera dedicarles la vida. Tiende a darles explicaciones incluso a sus gatos. Su estudio tiene algo de capilla: santos en las paredes, máscaras, cuadros: entrar en él y sentarse supone discutir mucho con los ausentes: es un ser que cultiva la culpa y se entrega a ella como un campesino a la milpa (La culpa es una obsesión autónoma: el exterior es su abono, pero no su terreno). Intenta que no lo censuren los seres que habitan en los libreros, cada libro escogido por sus padres, el dibujo de su madre, el retrato de su padre leyendo; intenta dejarse llevar por la luz que se mueve, cada instante más roja y que hace que los lomos de los libros le recuerden tardes en que los fantasmas estaban vivos en otra biblioteca.
Se encierra con los retratos de los muertos para que lo lleven a cuando los retratados estaban vivos. A menudo recuerda a su padre leyendo pero ahora lo recuerda a su lado, es decir, se recuerda a su lado mirando un libro de pintura. Lo recuerda leyendo y aislándose a tal punto que nadie se acercaba a su concentración parte por miedo, parte por respeto al silencio. Pero de pronto y, si sabía aproximarse, era un festín colocarse a su lado, él, que podía soltar un manotazo si leía por encima de su hombro, entonces se volvía hospitalario y le leía un verso o le dejaba que viera un libro de pintura con él. Su padre no se juntaba con tontos, en ello era un experto, podía estar con cualquiera, con tal que fuera inteligente y se pudiera conversar con él. Tenía ojos particularmente orientados a lo bello y una eficacia de lengua para darse cuenta de los defectos del prójimo, defectos que le divertían a veces, pero que a veces le desesperaban hasta llegar a la frialdad o la tormenta, esto lo experimentó más de una vez él en carne propia. Su torpeza verbal lo indignaba hasta llegar a compararlo con una conocida que cometía al hablar faltas de ortografía. De pronto le decía: cierra las cortinas y él las abría y se enfurecía porque pensaba que no se fijaba por simple negligencia, la negligencia lo sacaba de sus casillas. Le preocupaba su naturaleza profunda de mendigo y trataba por todos los medios de combatirla: hablándole del lumpen con desprecio o mostrándole los placeres desde su punto de vista de sibarita moderado pero agudo. Una vez frente a un escaparate de una librería cerrada, después de cenar, después de una película, hablándole de mujeres, cosa muy excepcional, le dijo con gracia y crueldad, refiriéndose a la comida, al cine, a los libros y a las mujeres, sobre todo: ¿te gustan?, eso cuesta dinero y para tenerlo hay que trabajar. Ahora le agradece que lo haya librado de sus dobles: Rasputín y San Francisco.
Más que la eficacia del zurdo pretende las simpatías de la orilla izquierda, los dones de la autonomía. No contar es su lujo, no suma ni resta, vive de no hacer cuentas. Sospecha que las vidas de zurdos y derechos son como las aguas de los dos hemisferios cayendo en sentido contrario en dos lavabos: simétricas, una de derecha a izquierda, otra de izquierda a derecha. En el fondo es una especie de mendigo demasiado cobarde para serlo, un mendigo inseguro de su capacidad de sobrevivencia en la calle, no apto para vivir el ascetismo epicúreo del que vive más allá del esfuerzo y la norma.
A veces llega a su casa de noche alumbrado por el alcohol y se encuentra en el jardín con los gatos indiferentes y bendice no tener perros ladradores e irse a la cama en silencio, con el alcohol, el cansancio y sus obsesiones.
Fuera de casa, además de la playa, los sitios en que se encuentra más a gusto son las casas de amigos muy cercanos. Entonces recuerda sin querer otras reuniones hasta llegar a las primeras: se juntan potenciando o matizando a la presente, como potencian o matizan a su jardín parques y jardines pasados.
En un submarino se imagina un gato contento y un perro estresado. Se creía destinado a los perros, terminó con los gatos. No es lo mismo el abrir el corazón, el ponerlo como blanco de un perro, que el donjuanismo y el zigzagueo del corazón de un gato. En su juventud se sentía como un perro en la manada de solteros recorriendo la ciudad en busca de mujer, nunca sintió la autosuficiencia del gato, pero ahora no soportaría otro compromiso, ahora que intenta librarse de compromisos y culpas. Tiene un refrán: como amigos, los perros; como amantes, los gatos.
Hace ya mucho tiempo es fundamentalmente el mismo pero con más años, con los mismos miedos e inocencias, en el mismo cuerpo, en la misma ciudad, hijo de padres ya muertos, con la misma base de recuerdos, con amigos ya muertos, con los mismos amigos, vivos y muertos, con alguno vivo pero lejano, viudo de muchos momentos, huérfano a cada instante y para siempre. Piensa que a los muertos no les afectan nuestros sueños, como a nosotros, por cierto, tampoco nos afecta que nos sueñen; que los muertos están muertos por más vivos que vivan en nosotros y sin embargo habla con ellos y en la noche los sueña.
Para él el sueño es el alivio del sol, la pesadilla, su potencia que atraviesa la noche. La noche con los ojos cerrados tiene colores; los colores que los ojos recogen en el día. La noche pasa por fuera de los párpados, la muerte por dentro vaciándonos mientras los ojos sueñan colores de recuerdos.
Las películas de terror son un aprendizaje brusco. Le tuvieron que sacar del cine una vez en una película (Abot y Costelo contra el hombre lobo) y otra (Alicia en el país de las maravillas) lo dejó al borde de un infarto de silencio, porque, para que lo llevaran, tuvo que prometer que no lloraría. En su infancia un cuarto obscuro era el castigo y la noche era un cuarto obscuro toda la noche. Ahora desea el cuarto obscuro, no sólo para dormir, sino para escuchar, casi olvidado del miedo, los sonidos nocturnos, la lluvia, los perros, los vecinos, los transeúntes…antes de hundirse, en las pesadillas y los sueños, donde muertos y vivos se reúnen.
“Todos los que vamos por esta calle llevamos nuestro propio camino.”, leyó en una barda. Siempre ha sido más amigo de sus amigos que de la verdad; sus amigos son su realidad palpable, amable, tumultuosa y diversa, nunca ha dudado de su existencia; de la verdad, en cambio, no ha tenido tales certezas. Desmemoriado, para no irse en la amnesia, se junta con memoriosos, los mismos toda la vida, que le recuerdan su cauce. Pero no es un hombre de grupo sino de amigos: nada le obliga a seguir su camino (sus lealtades no coinciden con las de ellos) y, sin embargo, algo que no entiende por completo le hace seguir frecuentando sus vidas. Sus amigos hacen lo mismo: lo quieren más allá de aciertos y desaciertos. Piensa que la amistad es una conversación entre aprendices que pasmosamente se repite: una predilección recurrente y azarosa. Por eso cuando abre un libro busca, más que a la verdad, a un amigo: se la pasa leyendo a unos cuantos autores, pocas veces se aventura: a sus padres les alarmaba que ya grandecito siguiera repitiendo “Los tres mosqueteros”, “Veinte años después” y “El vizconde de Brachelone” y festejaban su temprana devoción a los “Episodios Nacionales”.
No tuvo hijos: le interesan los jóvenes de frente, sin la ventaja histórica de la edad, sino sólo como momentos que coinciden en el tiempo con él, como luces de estrellas distantes que se encuentran. Le gusta participar con los oídos de sus correrías nocturnas sin la responsabilidad admonitoria del viejo. Casi todos los días se va a la cama a disfrutar la obscuridad, una costumbre que comenzó a cultivar después de una juventud agitada. No sólo su vida ha sido mejor que la que temía sino azarosa, ya que sin haberlo leído practicó como pudo el aforismo de SainteBeauve: “Nada me importa, mientras haga algo por la mañana y me encuentre en alguna parte por la noche”.
A una partera le debe la vida, no al médico. Del lado derecho un aniñado es lo que ha sido toda la vida, un aniñado con muchos años desde el principio, con mucha muerte, que goza esporádicos oasis de inconciencia y olvido, del lado izquierdo todos los días intenta tener su edad. De un lado es un desmemoriado; el que tiene que repetir, el olvidadizo, el amnésico a ratos, el que acaba no sabiendo dónde está, quién es: un ciclista por una pendiente de memoria; del otro, un memorioso.
Desde el principio su madre trató de una manera diferente a sus dos lados: a su mano derecha la mimó y la consintió; se la llevaba al regazo o la acariciaba mientras él escuchaba sus canciones o sus cuentos; con la izquierda era amorosa de una manera más puritana y más recta: desde la infancia le exigió fuerza y derechura adulta: honestidad. Cuando se despertaba en la noche acosado por las pesadillas, desafiaba el largísimo pasillo que separaba su cuarto del de sus padres; agitado e intentando el silencio, para no despertar a su padre, se metía a la cama materna: si su madre lo aceptaba, era por su mano derecha, si lo rechazaba era porque quería forjarlo a imagen y semejanza de su mano izquierda y de su padre. Él lo supo desde pequeño, y en su relación con ella siempre respondió a este contraste de ternura y rigor.
Su cuerpo habita dos países de usos horarios lejanos: el lado izquierdo tiene las habilidades de un carterista en el metro; el lado derecho es un campechano de hamaca. Una mano al lado de la otra, un pie al lado del otro, pueden ser dos individuos compartiendo el espejo. Su cuerpo pertenece, simultáneamente, al bando terso y astuto y al bando cansado. Su cerebro reproduce en múltiplos de dos las diferencias: a veces navega en el país donde duermen sus sueños la tortuga y la piedra, otras se retuerce.
No se imagina un tiburón con una sola aleta. Conoció un gato sin una pata, era patético y al mismo tiempo ágil; en cambio, en una playa, trató de salvar a una gaviota a la que seguramente el mar le había lastimado un ala: sufrió la desesperación y la angustia hasta desear su muerte: por eso cree que la superficie de la tierra es más generosa que el aire.
Tiene al tiempo los síndromes de la mano mansa y de la mano anárquica, de pronto se vuelve bovina y de pronto se quiere ir, incontrolable y eléctrica. La otra mano aparenta no enterarse, pero no puede más que tratar de controlarla. Además tiene el problema de la pierna, la derecha, que de pronto comienza sus rachas. Afortunadamente todos estos incontrolables no suelen presentarse juntos: hay temporadas enteras que sólo tiene el tic de la boca y puede salir de sí y dedicarse a contemplar las bellezas del aire, de la tierra y del agua.
Antonio Deltoro lee su poema «Zurdo» en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (26-oct-2006)
Antonio Deltoro (Ciudad de México, 1947) ha publicado los siguientes libros de poesía: Algarabía inorgánica (La Máquina de Escribir, 1979), ¿Hacia dónde es aquí? (Penélope, 1984), Los días descalzos (Vuelta, 1992), Balanza de sombras (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, Joaquín Mortiz, 1996), Poesía Reunida (UNAM, 1999). En España ha publicado Poemas en una balanza (selección y entrevista de Francisco José Cruz, col. Palimpsesto, 1998).
Ha escrito ensayos sobre distintos aspectos de las obras de Ramón López Velarde, Josep Pla, Luis de Góngora, Antonio Machado, Eliseo Diego, Jaime Sabines, Eugenio Montejo, Oliverio Girondo, Gonzalo Rojas, Jorge Guillén, Jorge Luis Borges…
Ha impartido cursos y talleres de poesía, en la Fundación Octavio Paz, Casa del Poeta Ramón López Velarde y La Casa del Refugio en la ciudad de México, así como en numerosas casas de cultura en provincia.
Fue jefe de redacción de la revista Iztapalapa (1979-1983), miembro del consejo de colaboradores de la revista Vuelta (desde 1990 hasta su último número), del consejo editorial de la revista Paréntesis y, actualmente, del consejo de colaboradores de Letras Libres.
Desde el mes de febrero de 2001 es coordinador cultural de la Casa del Poeta Ramón López Velarde.


