Las contadas páginas escritas por Rogelio Echavarría antes de 1948, reunidas en Edad sin tiempo constituyen una introducción, un indispensable taller de información poética, antes de dar a luz su propuesta fundamental: El transeúnte, libro escrito entre 1948 y 1952 y publicado en 1964. La brevedad de su obra lo aproxima a Aurelio Arturo y a Fernando Charry Lara. Por su título, este libro pareciera volcarse solo en lo urbano; sin embargo, la ciudad es ahí menos protagónica de lo que supusieron algunos de sus reseñadores. En realidad hay un ámbito citadino colmado de resonancias campesinas. La vida urbana, con sus degradaciones actuales, es una necesidad, un pretexto y un recurso de contrapunteo para introducir la nostalgia rural y su repertorio: árbol, hierba, aroma, sol, ave, silencio, misterio… Los vientos que en El transeúnte se nombran no son ráfagas reales, sino “soplos interiores”. En la ciudad que habita el transeúnte hay un tácito paisaje, que por momentos se muestra de cuerpo entero. El campo desempeña importante papel simbólico como medio de reencuentro con la infancia, etapa en la que el poeta vivía en su pueblo natal, Santa Rosa de Osos. El virtual poeta urbano tiene mucho de aldeano idílico, dotado de recia pureza sentimental y de una ternura metafísica que se niega a adaptarse a la jungla moderna. Se trata de un trasplantado, la ciudad se convierte en ese espacio interior, el perímetro de la nostalgia materna, que concentra a la vez aldea natal y subyacente paraíso cristiano. Y como se trata de una poesía esencialmente lírica, la dualidad campo-mujer es también la mujer que lo acompaña o lo espera. Sin embargo, todo ello no impide que el poema recoja señas de las urbanas dolencias. En verdad hay dos ciudades: una subjetiva y otra objetiva: el período del recuerdo y la convocación crítica de esas calles reales, cruzadas de buses, obreros, hollín y vendedores que hacen de su autor uno de los iniciadores de la poesía urbana en Colombia. Echavarría ingresa en su adolescencia justamente cuando se inicia el proceso de modernización y urbanización del país. Si el poeta busca el campo en la ciudad es porque esta no logra convencerlo, aunque la soledad que nombra en sus versos es más la del inmigrante que llega de la provincia con su equipaje de ensueños, antes que la del citadino arraigado y aislado por la deshumanización y la impersonalidad de la urbe. No estamos ante un observador de temperamento cívico, pero en páginas como “La libertad”, se evidencia una preocupación justiciera que en algo nos recuerda la entonación de Paul Eluard.
Después de su primer libro, Rogelio Echavarría sobrevivió veintiún años sin escribir un solo verso. Este dilatado silencio forma parte de su creación. Ese silencio, avalado por la concisión escrita, nos arroja diversos sentidos al relacionar vida y obra: en este caso concreto tal vez obedeciera a su cautividad en el trabajo periodístico (“Aparta, aparta del quicio las grandes letras del periódico…“; el respeto a la propia poesía lograda, aún en su brevedad; el desestímulo del medio para asumir una sostenida actitud creadora y la dificultad para enfrentarse al papel luego de haber escrito un libro cuyos contenidos esenciales, en los cuales desde el comienzo se reconoce un acento nuevo, él mismo ya no se atrevía a sobrepasar.
* Texto extraído de la revista Golpe de dados, 50 años de poesía de Rogelio Echavarría (Bogotá, mayo-junio 1998).


