En la Playa

Son èpoques, supòs, de lucidesa,
de crisi personal que veim el món
com un teatre d’esgavell i absurd.

                                          Ponç Pons

Sigo mi propio ritmo, aun sabiendo
que me alejo más y más de los otros.
Atrás quedaron aguas turbulentas,
sangre roja sofocada,
días de vino y rosas. Hoy prefiero
tranquilas horas frente al mar,
dormitando en la toalla azul
de un verano largo, inmenso,
ajeno a la pasión, a la memoria.

Lejos de las modas, mis poemas
son cadáveres hermosos, conscientes
de su belleza efímera e inútil.
Acá y allá descubro el torpe hilván,
los hilos rebeldes que escaparon
al control, los retales sobrantes
de un traje demasiado serio.
Rotas las costuras, el poema
se libera de mí y se hace dueño
de su propia muerte, tan pequeña.

Frente al mar misterioso
descubro un mundo ridículo y banal,
poblado de sombrillas y cuerpos fláccidos
expuestos al sol. El dios los unge con sus rayos
y ellos creen en un mundo feliz, con orillas.
Necesito no pensar en nada,
mirar hacia el mar y ver sólo agua.

El poema ha comenzado a nadar sin permiso.
Lo veo adentrarse mar adentro, efervescente,
dejándose arrastrar por las olas
como un cuerpo sin peso. Va aprendiendo
a nadar sin metáforas, desnudo.
Sus piernas infantiles
se han convertido en aletas. Todo él
flexible, ondulante, alborozado.

Mientras regresa me fumo un cigarrillo,
tal vez por no sentirme tan a solas.

 

Añicos

Alguien escribirá algún día
que fui un impostor, que no supe
conciliar realidades y sueños, que tuve
miedo a la acción y preferí la calma.
“Toda construcción está hecha de añicos”,
decía Marcel Schwob. Lentamente
uno va construyendo su vida con retazos
insignificantes, días hechos de añicos,
piezas que no encajan.
La taza preferida cayó al suelo
y hemos ido pegando con torpeza
los fragmentos. Así ocurre a diario,
vamos ensamblando las piezas mayores
pero cientos de esquirlas se pierden
arrastradas por la escoba hacia la nada.
Alguien contará algún día
que fui cobarde, soñador, miedoso,
un hombre triste construyéndose una casa
con fragmentos diversos y extravagantes.
Lo cotidiano es un cúmulo de añicos,
una estructura débil, aparentemente,
que aguanta bien el peso del absurdo.

 

Mujer con bata

Sorprende en las mañanas de domingo
la lentitud exasperante de los cuerpos,
un cúmulo de arrugas en los párpados,
el olor a rancio que adquieren los pliegues.

Preparar un café.
Tostar el pan y echar aceite
manteniendo el pulso.

¡Ah! Si un solo gesto diera sentido al día.
Si alguien agitara la rutina
y despegara su poso.
Si a los labios volvieran los besos
como tentadoras manzanas.

La pereza es animal doméstico
los domingos.
Bajo la pálida bata de rizo
una mujer esconde
vértigos, lunas, derrotas.
Bajo el rizo, ternura y pechos gemelos.

Ronronea
igual que un gato arisco
y se lima las uñas en el sofá,
ovillándose en busca de su sexo,
más hermosa cuanto más otoño.

 

Las cartas marcadas

El yo que observo desde hace años
me decepciona tanto
que he optado por camuflarlo
entre cientos de folios
y hacer sutil un yo que me era incómodo.
Un escritor
puede matar con premeditación
a sus personajes, matar incluso
su deseo más íntimo de escribir,
adelgazar su yo escribiente
hasta convertirlo en papel en blanco,
puro proyecto
o una falta total de apetito.

El yo que observo desde hace años
ha dejado de tener consistencia.
He olvidado cómo debe responder,
qué debe pensar mi verdadero yo
–el que se oculta– .
A fuerza de omitirlo, he olvidado su nombre.
A fuerza de estrangularlo, ha perdido el aliento.

El que observa,
el que escribe estos versos,
el impostor, hace tiempo
que ha marcado las cartas y juega con ventaja.
Le gusta controlar todos los movimientos.
Pero a veces perder es lo más sensato:
lo sabe quien ha cambiado oros por copas
en el último instante, por evitar sospechas.

Jugar sucio tiene sus límites.
Hay que disimular
y perder algunas manos
antes de arañar el tapete
con un buen poema.

 


Mercedes Escolano (Cádiz, 1964) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz. Prosiguió estudios de Doctorado en la de Sevilla y, desde 1990 es profesora de Lengua y Literatura Castellana en Enseñanzas Medias.

Ha publicado Las bacantes (Madrid, Catoblepas, 1984), Felina calma y oleaje (Córdoba, Diputación Provincial, 1986), Estelas (Madrid, Torremozas, 1991; 2ª edición, Cuenca, El Toro de Barro, 2005), Malos tiempos (Cádiz, Quórum Ediciones, 1997; 2ª edición, Cuenca, El Toro de Barro, 2001), No amarás (Cádiz, Diputación Provincial, 2001), Islas (Madrid, Ediciones La Palma, 2002), la antología Juegos reunidos. Poesía 1984-2004 (Málaga, Ayuntamiento, 2006) y Fascinación del Atlántico (Cádiz, Diputación Provincial, 2007).

Ha sido becada por la Fundación Calouste Gulbenkian (Lisboa, Portugal), el Instituto Camoens (Lisboa, Portugal), la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, la Universidad de Sevilla y la Universidad de Cádiz.

Ha codirigido la revista de poesía Octaviana junto a Rafael Ramírez Escoto. En la actualidad dirige la colección de pliegos Siete Mares, publicados por la Diputación Provincial de Cádiz.