Desde el barro

Hoy vivo tan muriendo en este cuerpo
que a veces me amanece solo barro.
Comparte la fatiga de la piedra,
y sufre, socavado por la luz.
Hoy vivo en mala espera, en un abismo
que encuentra redención solo de noche.

Grabada en mis pupilas va la noche,
en busca de su reino anda mi cuerpo.
Errando van mis pasos al abismo:
conocen su destino hecho de barro,
mas buscan en la noche aquella luz
que engendra ocultamente tiempo y piedra.

¿Acaso es el silencio de la piedra
el mismo que palpita en cada noche
y esculpe cada cuerpo con su luz?
¿Acaso es esa luz, mi Dios, tu cuerpo
que a mis ojos revistes hoy de barro,
jugando a perpetuarte en el abismo?

¿Existe en realidad algún abismo
distinto al de mi sangre, al de la piedra?
Reflejo inapagable sobre el barro:
una sola sustancia entraña y noche.
Mil rostros refractados, solo un Cuerpo
surgido de la nada… Mas la luz…

Mi frente es abrasada por la luz,
que es madre y es sustento del abismo,
la nada en que se afirman alma y cuerpo,
la misma del meollo de la piedra.
Se vuelve ancha mi frente ante la noche
y tiemblan las estrellas en su barro.

El vacío, presencia tras el barro.
Espacio siempre abierto hacia la luz.
La sien hecha torrente hacia la noche.
Allí descansa el ser, cesa el abismo.
Allí enmudece el llanto de la piedra.
Allí comienzo, donde acaba el cuerpo.

Soy el barro consciente de este cuerpo
(reverso de la noche y del abismo):
la luz del Dios detrás de cuerpo y piedra.

 

Despertar

Sutil, fecunda gota: luz primera.
Antigua y cada vez recién creada.
En su roce, yo, carne confirmada;
ritual que cada día en sombra espera

mi frente. Recibirte, luz certera
y sentir un instante que la nada
deja de socavar y la abrumada
sangre torna del sueño más ligera.

Pero el calor quimérico no alcanza
la oscuridad de mi raíz incierta.
Y desde el sueño de la carne implora

sedienta, al fondo, el alma. Hiere, avanza
el vértigo en la entraña: sima abierta
adentro: noche, eterna moradora.

 

Del otro

Asirme cada día en el espejo
al rostro siempre extraño que me acecha.
Entre él y yo la eterna y sutil brecha:
es otro el que se muestra en el reflejo.

La edad misma del polvo su entrecejo;
fatiga original en mí deshecha,
hastío precedente a toda fecha,
mirada en que adivino un dolor viejo.

A veces otro nombre me suplanta;
de quién este decir, no diferencio.
Habitan otras sombras en mi sombra,

hay otra voz que aguarda en mi garganta.
Palabras disfrazadas de silencio:
desde su orilla el otro, que me nombra.


Micaela Paredes (Santiago de Chile, 1993) es estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile.