La palabra del hombre tiende en secreto a una extensión máxima de dos sílabas, aunque su ideal expresivo sea siempre la unidad monosilábica. Una sola sílaba traduce cabalmente el esfuerzo de un paso sobre la tierra. Se corresponde con la distancia imaginaria a que nos situamos de todo objeto, hecho o acción. Pero debemos conceder que se juzgue más natural servirse no sólo de un pie, sino de ambos, es decir, que se procure emplear el mayor movimiento posible sin repetición: sístole y diástole del corazón humano. Al nombrar una cosa con tres sílabas ya estamos añadiendo un paso de más que fatiga a la imaginación.
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No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino un sueño. Así también: un miro (por una mirada), un sufro (por un sufrimiento), etcétera.
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La lengua es la verdadera piel del hombre. Y más que su piel, sin duda, porque no hay en ella zonas menos sensibles, menos perceptoras que otras, sino que toda la trama de su red hace vibrar al hablante con igual intensidad.
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…Muchos soles soporté oyendo el viento entre las piedras, el chasquido del agua en los acantilados. Fijaba, antes de irme, un cartel a la puerta de mi tipografía: “Volveré tarde. Salí a buscar una vocal”. De noche, entre las lluvias torrenciales, prestaba toda la atención posible a los diferentes timbres de las gotas en las hojas, y así por años, sin avanzar un palmo en mi propósito. Fue en el crujido de una palma desolada donde por primera vez la advertí. Me hizo el efecto de la cuerda de un violín sumergido que se rompe. La anoté al instante con gran contento de mi hallazgo y la repetí durante varios años hasta hacerla mía del todo…
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Muchos se proclaman ateos ahora que Dios ha dejado de ser una moda. Nadie teme, a estas alturas del mundo, ser acusado de hereje, a no ser que se trate de las nuevas religiones políticas, sobre las cuales nada diremos por ahora. Y sin embargo, si lo miro despacio, creo que el único hereje verdadero de estos tiempos soy yo. Al anunciar una lengua nueva, anuncio también, y todos lo saben, dioses inéditos.
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La contemplación es el abandono de las imágenes lingüísticas por las más inmediatas de las cosas en sí mismas. El río que contemplamos no cabe en sus tres letras, la mente cesa de percibirlo como nombre o máscara y se funde en su fluir maravillosamente. En la contemplación no hay abreviación. Y el tiempo que sentimos que se detiene es el otro, el verbal y cotidiano, tan viejo en nosotros y tan extraño. El verdadero tiempo, bajo otras leyes, sigue su curso y nos llena los sentidos.
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Los refranes y decires, hermosos y sintéticos, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo.
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La conjugación ha de estar implícita en el ordenamiento de la frase, con lo cual nos ahorraríamos el añadido de los sufijos. Una frase que exprese acciones del pasado debería diferir totalmente de otra que se refiera al futuro: el orden de presentación de los elementos puede suplantar con ventaja las desinencias verbales.
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Y llegado el día, que todo puede llegar, en que nos toque enseñar nuestra lengua a los animales, las que más cabalmente lograrían dominarla han de ser, sin duda alguna, las jirafas. Su alto cuello las predispone naturalmente a la predilección de las voces más alargadas. En cuanto a los perros, como se sabe por experiencia, basta con un solo vocablo tetrasilábico para espantarlos.
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El verdadero crítico literario es aquel que aprende con los años a leer la mano a los libros. Porque un libro es siempre una mano abierta, y la crítica, vista desde la perspectiva del futuro, de poco nos sirve si no tiene su pizca de quiromancia.
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El día que nieve en Puerto Malo, esta lengua de palabras tan largas podrá servirnos a todos, bien lo sabemos, para calentarnos con ella. Nadie desconoce el poder que sus erres y sus jotas tienen contra el frío. Los adverbios terminados en mente, por su parte, constituyen casi una frazada. Pero mientras aguardamos ese momento, sufriendo la reverberación de la tórrida resolana, no veo nada más práctico que aceptar la poda idiomática que propongo.
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El soneto, la máquina lírica inventada por los italianos, nos anuncia con la anticipación de varios siglos la creación del coche de cuatro ruedas, sólo que coloca adelante las dos mayores y reserva las pequeñas para la retaguardia. Por su parte, la rima, entretejida y monótona, reproduce el ruido que hoy nos acompaña por las calles y caminos de los pueblos del mundo. Andamos, pues, en retardo cuando optamos por esta envejecida fórmula clásica, ya que el verdadero acento coloquial depende en nuestro tiempo del ritmo ferroviario, del popular ferrocarril, que quién sabe cuándo veremos llegar a esta ribera.
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También los tres grandes reinos naturales se corresponden con el modo como percibimos el tiempo: el pasado es mineral, el presente es vegetal, y misteriosamente animal el futuro.


