Rodrigo Caro nació en Utrera en 1573. Estudió en Osuna y en Sevilla, ciudad en la que ejerció como abogado y donde residió la mayor parte de su vida. En su calidad de sacerdote, desempeñó altos cargos en la Archidiócesis. Murió en 1647. Caro fue ante todo un gran erudito y un eminente arqueólogo. Apasionado bibliófilo. poseía una escogida biblioteca y un museo de hallazgos arqueológicos.

Entre sus obras de investigación destacan: Antigüedades de Sevilla y Chorografia de su convento jurídico, Días geniales o lúdricos, obra capital del folclore en lengua española; Varones insignes en letras de Sevilla, apuntes biográficos que abarcan desde San Isidoro a sus contemporáneos; Memorial de Utrera y la Relación de las inscripciones y antigüedades, asimismo de su ciudad natal.

Su fama como poeta la debe a las estancias que conforman a un solo poema: la Canción a las ruinas de Itálica, composición que sitúa a su autor entre los más estimados poetas de los Siglos de Oro. Descubierta por Juan José López de Sedano, quien la publicó en su Parnaso Español (1768-1778), fue atribuida en un primer momento a Francisco de Rioja, llegándose más tarde a la suposición de que el poeta de las flores no habría sido sino su corrector.

En 1870, Aureliano Fernández Guerra demostró documentalmente que tanto la primera versión como las cuatro restantes no se debían a otra mano distinta a la de Rodrigo Caro.

Las cinco versiones existentes oscilan en un arco temporal que se abre en 1595 y concluye con posterioridad a 1618. Constituyen un ejemplo perfecto de cómo, en manos de determinados poetas, la labor de cincel y pulimento, las constantes correcciones, pueden llevar a cimas de perfección a un poema que, por otra parte, pertenece al ámbito de una temática harto transitada. La pasión del arqueólogo, los vocativos ecos vitales que en Caro despierta la contemplación de las ruinas, el desmoronamiento de las voces prisioneras en las selvas de vano azogue del espejo, permiten que la emoción verdadera triunfe sobre la retórica.

Rodrigo Caro fue, asimismo, autor de varios sonetos y de dos composiciones hoy olvidadas y de difícil acceso, las silvas A Sevilla antigua y moderna y A la villa de Carmona, poema este último que recogen las páginas de nuestra revista y que no llega a alcanzar el grado de perfección de la Canción a las ruinas de Itálica. En la silva se aprecia el inevitable y, tal vez, excesivo tributo que Caro rinde tanto a la retórica propia de la época como a la visión de los hechos históricos característica de la Contrarreforma. Afloran, no obstante, algunos versos donde se alía el magistral hallazgo sintáctico latinizante con la majestuosidad, a la vez ágil y marmórea, de un grave ritmo acentual, elementos que incluso alcanzan a verse enriquecidos por puntuales aciertos metafóricos.

 

Salve, alcázar sagrado,
salve una y otra vez, antiguo muro,
de mí por patria cara venerado;
aunque del tiempo vives mal seguro,
y del mismo te veo
ya casi en tus ruinas sepultado,
no sé qué de valor y de grandeza
a mis ojos ofreces,
con qué respeto y afición mereces.

Cuán bien te puso nombre de alegría
¡oh ínclita Carmona!
quien tu primero pueblo disponía;
pues con mural corona
sales festiva a recibir el día,
y con la fértil copia de tus bienes
alegre lo festejas y entretienes.

Prevínote la mano artificiosa,
sobre altos pedernales arriscada,
para que, de altos fines
émula, a las estrellas te avecines;
y tú, a grandes hazañas ardidosa,
les hurtaste no menos que un lucero,
que resplandece, empresa gloriosa,
en el escudo de tu limpio acero;
de tu ilustre trofeo
las dos Hesperias envidiosas veo,
pues usurpas su honor a Leurotea,
y el espejo luciente a Citerea.

Para ser como reina respetada
te dio naturaleza
la majestad y alteza;
y así, en hombros de montes levantada,
presides al gran llano,
que enriquece de espigas el verano.

¡Cuánto es mejor tu vega
que la que, en varias flores deleitosa,
Darro barre con oro y Genil riega!
¡Cuánto te debe Palas belicosa
de olivas siempre verdes!
¡Cuánto licor sagrado,
pródiga, en aras de Dionisio pierdes!

Mas ¿para qué tu generoso aliento
desacredito en lo caduco y vano,
y arrastro por el suelo el pensamiento?
Voces me da en su templo soberano
la fama de tus hijos inmortales,
cuyo nombre la aurora en sus umbrales
oyó admirada, y su valor pregona
el indio mar en la tostada zona.

Aquí y allí corrieron orgullosos,
el renombre español acreditando
y dando a Marte ejemplos gloriosos,
que está la fiera invidia murmurando;
pues vio cuánto esta gloria tuya abona,
que para el César invencible fuese
flaco el poder romano,
y al mismo pareciese
(quizá temió) fortísima Carmona.

De la bárbara gente descreída,
del feroz africano
tanto fuiste temida,
que acometer no osó tu muro fuerte,
y así pudo engañarte, no vencerte.

¡Ay, cuánto precio diste
de noble sangre al fiero alfanje moro,
a la vida de cruz anteponiendo
la lealtad al tesoro!

Dígalo el cuello santo
de uno solo jy cuán grande! Teodomiro,
admiración de Córdoba y espanto
del bruto Abderramen enfurecido;
y ¿qué retorno diste a su venganza?
Mil te pagó por uno.

Tú fuiste de Fernando la esperanza,
que, con solo a aquistar tu alcázar fuerte,
adelantó su intento glorioso
sobre el oscuro reino de la muerte;
lloró su fatal suerte
el bárbaro en Sevilla delicioso,
arrastró negro luto, entristecido,
el gran Califa, en África temido.

¿Qué reñidas batallas, qué escuadrones
no honraron tus pendones?
Ilustres hijos tuyos
dan ser al promontorio militeo
desde el mar gaditano al turbio Egeo.

¿Quién el genio no admira
de los que con benigno aspecto mira
erudita Minerva?
Mas su decoro a sí sola reserva
su debida alabanza;
que aunque se esfuerce osado el pensamiento,
el decir no lo alcanza.

Vive siempre segura, vive ufana,
no temas de tu luz sombra enemiga;
tu gloria soberana
vivirá eternamente,
que es mayor que el olvido tu alta frente.