No hay palabras que desdigan

la rueda de los astros.
No hay luz que nos obligue
a inventar un pájaro.

¿Por qué no callar, entonces, y rehuir
la tierra que, tan avara, nos tiene atado?

Se canta porque el silencio se destejería
si no lo hiláramos con nuestro canto.

 

Como el pájaro que se posa en el árbol,

subo, subo de repente, subo, sin nombre,
a luz, desde todas las presiones.
Abro el aire (que es hecho de muchos pájaros)
para que entre un praderío de fuegos
y, por la ráfaga fría de todas las semejanzas,
advierto que algo vive de no estar presente nunca
y que todas las empresas de altura
caminan de la vegetación al árbol.

Preso del fondo del aire, soy en la pista única
de la más clara presencia: ¿pájaro o árbol?
La pregunta se pierde, es cierto, en el jamás,
en la escala toda, relativa, del silencio.

 

Vamos a curvas con las palabras:

indicando la ternura inocente,
la insuficiencia del testimonio.
Con todo, las palabras tienen
una porción de hendiduras
que no acabamos lo suficiente
de entender: sobre su sangre destilamos
sed de armonía, vértigo de nieve.

No. No están de más las palabras.
Suben, bajan, giran, infatigablemente.
Nos arrojan sus feroces espadas
para después mejor desvanecerse,
para ahogarnos en el ritmo del mundo,
en lo inesperado resplandeciente.
Nos alzan diques contra la noche,
contra el sueño donde se espeja la muerte.

Hicimos las palabras así: callando
tanta memoria de tierra caliente.

 

Aún no vagaba yo en el mundo,

ni figuraba el tono de mi voz entre las voces alineadas:
el mundo llenaba de más distancia las cosas:
la noche acometía las lámparas de siempre
de una habitación a otra, la noche llegaba a todos.
En el mundo no había ningún sitio apto
para la sed correspondida: las cosas cambiaban
de un montón a otro montón como zarpas.
No había guía de pájaros que rondara diciendo
sus alfabetos, ni tenía vigencia aún
la música extrema de los sentidos.
Ahora lo ordinario se aproxima, lleno de gloria,
traspasando la cal de todos los dominios,
y todavía uno se inclina a delirar por el olor de tierra.
Ahora rindo culto al sol y busco constantemente
indicios que me hagan saber qué voz hace cruces
de otras voces, qué ciegas identidades se necesitan
para sugerir que un cuerpo está lleno de sorpresas,
qué polvo incendiado hay entre dos distancias.
Ahora paso mis dedos sobre los sencillos
objetos cotidianos hasta sellar las cláusulas
de un vacío redondo, imprescindible,
y no liquido mi ración de sueño
por caminar hacia un vaso de alcohol navegable,
porque para inundar el rescoldo de mi voz
no necesito fabricarme un infierno,
sino encontrarme el sitio hondo, el lugar exacto
donde construir la luz, donde agolpar en todos
los momentos del silencio oscuras furias.

En aquel tiempo la noche era la noche en el mundo:
y yo tenía sed y paciencias de animal profundo.

 


Antonio José Trigo nació en Lora del Río, Sevilla, en 1961. Ha colaborado en numerosas publicaciones de España y América Latina y dirige la revista La Cuerda del Arco y  la colección de poesía del mismo nombre.

Es autor de los siguientes volúmenes: Rapsodia de lo oscuro ofreciente (Málaga, Aquilea, 1989), Otra manera de reír (Cádiz, Torre Tavira, 1989), Estancia de los detenimientos (Madrid, Playor, 1990) y Esquemas para una decoración del agua (Sevilla, La Cuerda del Arco, 1990).