Fin de semana en familia

En el comedor del balneario toman su almuerzo las pálidas familias
todavía los cuerpos ablandados de sales las cabezas peinadas
y los abuelos lucen las camisas baratas que han comprado sus yernos
y la muchacha fronteriza
sonríe bobamente mientras la madre suda
y le da con paciencia la sopa a cucharadas.
En el comedor del balneario los meseros atienden a sus clientes
con un silencio eficiente y desdeñoso
y los padres revisan los platos de los niños hasta ver que no hay nada
Hablan de tanto en tanto sobre lo placentero del lugar
mastican lentamente su comida
y miran su domingo que afuera languidece
satisfechos de sí de su alegría.

 

Un lugar para el silencio

Cada mañana
cuando las gentes de Moab abren sus puertas
ven la inmensa cadena de montañas de piedra
que ciñe su pequeña ciudad
como un rosado anillo prehistórico

y allá arriba
el cielo imperturbable
recién nacido insecto luminoso
que ignora la belleza de sus alas.

Saben los habitantes de Moab
que detrás de las rocas
más allá de sus vidas ajenas a todo sobresalto
se extiende un universo de silencio
dunas
abismos lava gris y rosa
y el viento cabeceando entre los riscos.

Cuando la carretera que atraviesa Moab queda desierta
el silencio que habita detrás de las montañas
cae sobre sus gentes como una culpa antigua.
Ellos, hombres buenos que viven tercamente sus días
levantan sus miradas hacia el cielo
y beben de su azul
beben de su remota transparencia.

 

Los que aún creen

Jerusalén, julio de 1997

Qué gesto hay en sus rostros qué palidez acaso
o qué luz misteriosa iluminando
las frentes y los ojos fervoroso
cuando entran al mercado
ciegos para la roja pulpa de las granadas
y para el brillo líquido de las cebollas rubias
en que el sol se remansa
inocente y aún tibio esta mañana.
No pueden ver no ven no quieren ver
el rostro del que pesa la col en la balanza
la espalda de la anciana señora que examina
con ademán pausado las manzanas
o la sonrisa amable del comprador que alegre
bromea y cuenta una pequeña historia
trazando blandos signos en el aire.
Los puedo imaginar mirándose a los ojos
en una eternidad ya conquistada
antes de que la furia de la pólvora arrase
con tulipanes higos habas nueces
y destroce la entraña feraz de los melones
y el cielo se derrumbe sobre un río de manos.
Qué oración poderosa se interrumpió en sus pechos
donde el odio fue amor por un instante
y ofrenda y torva ley y víscera sangrante
y puerta al cielo de los que aún creen
y al infierno sin paz que habitan los chacales.

 

Minotauro y desnudo
Pablo Picasso

Oh poderoso minotauro
la fuerza de tu amor ya anuncia la ruina el despojo las lágrimas.
No es fácil resistir la luz de tu hermosura.
Esa pequeña mujer vive su muerte entre tus brazos
y es claro que agradece al pintor
que la haya condenado por una eternidad
a ser de tus poderes poseída.
Su realidad de tinta la salva de la pena
de la ruina el despojo las lágrimas
oh brutal despiadado minotauro.

 

Diario

Cada mañana es ahora un rectángulo blanco una pulcrísima hoja
que despierta mi miedo
qué hacer con el dolor dónde ponerlo
aplicarse a la vida con método con furia con tinta ir cometiendo
el limpio asesinato
matar matar el tiempo oh dulce paradoja
acuchillar los días mientras tu vives sano como un tigre muy joven
garrapatear borrar poner las tildes
organizar sobre las horas limpias la fiebre la obsesión el desamparo
y esperar otra noche
y esperar otro día
una rayuela eterna pintada con tiza de colores
y saltar arrastrando la pizarra
domingo
lunes
martes
y al final ningún cielo.

 


Piedad Bonnett (Antioquia, Colombia, 1951) es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes, donde ejerce como profesora desde 1981. Ha publicado cuatro libros de poemas: De círculo y ceniza (Mención de honor en el Concurso Hispanoamericano de Poesía Octavio Paz, 1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (Premio Nacional de Poesía otorgado por Colcultura, 1995) y Ese animal triste (Ed. Norma, Santafé de Bogotá, 1996); y la antología No es más que la vida (Arango Editores, Bogotá, 1998). Es autora, además, de dos obras de teatro: Gato por liebre y Que muerde el aire afuera, montadas por el Teatro Libre bajo la dirección de Ricardo Camacho. Este grupo utilizó también su versión en verso de Noche de epifanía de Shaskepeare para uno de sus montajes. Ha traducido El cuervo de Edgar Allan Poe, (El Áncora Editores, 1994).